Temas Especiales

16 de Jan de 2021

Berna D. Calvit

Columnistas

Mundo con viruela moral

La palabra ‘corrupción', hoy de uso diario y frecuente, compite con ‘vaina', bastón útil para la pereza lingüística.

La palabra ‘corrupción', hoy de uso diario y frecuente, compite con ‘vaina', bastón útil para la pereza lingüística. La obsesión por tener más dinero sin que los escrúpulos estorben es peste mundial; en un mapamundi que vi en Internet los puntitos señalan países del mundo donde en estos últimos años se han destapado grandes escándalos con el dinero como motivación. ¡Un mundo con viruela moral! La ambición sana que provee lo que se gana con trabajo honesto no es pariente de la codicia que devora en procura de dinero y riqueza material. Creo que los valores, mejor dicho los antivalores que promueven el estilo de vida materialista, ‘cuánto tienes, cuánto vales', es una de las razones que lleva al delito que, dependiendo del nivel social, va desde robar ropa en un almacén, asaltar taxistas, o desvalijar al Estado por medio de licitaciones, compras, viajes, programas sociales (como el de comida deshidratada para escolares, uno de los más infames negocios en el PAN).

¿Qué es la codicia, a dónde nos lleva? La codicia es deseo excesivo, insaciable, barril sin fondo; corrompe el alma y causa la ceguera que impide reconocer límites; los codiciosos se van en audacia desbocada porque se creen intocables. Es una enfermedad que mata los buenos sentimientos y puede llevar hasta a corromper el entorno familiar. Un caso famoso en el que aparecen todas estas lacras es el de Bernard Madoff, responsable de la mayor estafa financiera en la historia de los Estados Unidos (¡donde son tan estrictos con nosotros!) calculada en $64.8 billones; en sus fraudes arrastró a dos hijos, su hermano y una sobrina. Su estilo de vida era grotescamente lujoso y en medio de aquella riqueza en la que se regodeaba mientras se burlaba de ingenuos y avariciosos, jamás pensó que lo alcanzaría la justicia que lo condenó a 150 años en prisión. Aquí, en nuestro pequeño patio, tenemos el mayor de los escándalos en la historia del país: los sobornos de Odebrecht. El gigante brasileño repartía coimas como confeti en más de 12 países gracias a los sobrecostos en las obras. Al destaparse en Brasil la corrupción en Petrobras ‘se llevó en los cachos' a Odebrecht, pero esto no preocupaba a Ricardo Martinelli, expresidente. Sus vínculos con Odebrecht estaban bajo control, pero, tal como a Madoff, la fiesta le llegó a su fin. La primera teja le cayó por cortesía de los Estados Unidos, y el techo completo le acaba de caer a sus hijos desde Suiza. Ya no valen acusaciones de persecución política. Los casos que lo mantienen fuera de Panamá ‘temporalmente' hace dos años son harina de otro costal.

No obstante, de nada servirá mostrar toda esta inmundicia, si no nos ponemos ante el espejo de nuestra realidad. ¿No es preocupante que algunos justifiquen los delitos de Martinelli diciendo: ‘Robó pero hizo'? Esa deformación de valores ha permeado a todos los sectores de la sociedad; creó tolerancia e indiferencia ante delitos que les robó a los niños más pobres; que los privó de mejores escuelas y alimentación sana; y a todos nosotros, de una mejor calidad de vida. Durante largos años los malos políticos nos han ido convirtiendo en ciudadanos dóciles; satisfacen a medias nuestras necesidades y lo agradecemos porque perdimos la capacidad de exigir lo justo, lo que merecemos, aquello por lo que pagamos con nuestros impuestos. Ese conformismo impide romper el círculo vicioso del que nace, entre otros errores, una Asamblea Legislativa que es foco infeccioso gracias a la elección de una mayoría de diputados sin nada bueno que mostrar, pero duchos en engavetar leyes que no les convienen, en ‘meter camarones' y asignarse inmerecidos privilegios. Como si estuviera refiriéndose a Panamá, el historiador español José Luis Rodríguez Jiménez dice que ‘El poder legislativo de las democracias occidentales no legisla para mejorar la convivencia social y adaptar la estructura legal a los nuevos retos y necesidades sociales, sino para defender y perpetuar el sistema político'.

Al confirmar los EE.UU. los sobornos de Odebrecht a funcionarios panameños dejaron de ser ‘bochinche‘; ‘eran un secreto a voces', dijo la vicepresidenta St. Malo de Alvarado. Inexplicablemente, en Panamá fue secreto bien guardado por meses, a pesar de que en otros países se divulgaron nombres y se ejecutaban sanciones. Los $59 millones en coimas que indica la fiscalía norteamericana se quedan cortos por lo que, si el Ministerio Público hace bien su tarea (como debe), veremos aumentar esa cifra y el número de coimeados. ¿Cómo terminará este capítulo de corrupción? Es buena noticia que gremios empresariales y cívicos (que habían estado ‘pasando agachados') y otras asociaciones, se pronunciaran contra la corrupción y para exigir investigaciones sin contemplaciones. El eslogan ‘Caiga quien caiga' no debe ser pasajero ni ‘llamarada de capullo'. Somos pueblo propenso al alboroto pasajero; soltamos uno y pasamos a otro y así vamos. Después del carnaval y la Semana Santa ¿se habrán olvidado los sobornos de Odebrecht?

Estamos viviendo momentos cruciales para sacudir la mugre de la corrupción; la presión sobre las autoridades debe mantenerse como deber ciudadano, sin banderas políticas. Si dejamos perder esta oportunidad, será, como dice la cantante Joan Báez de mis años juveniles: ‘Si no peleas para acabar con la corrupción y la podredumbre, acabarás formando parte de ella'.

COMUNICADORA SOCIAL.