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24 de Nov de 2020

Mónica Miguel Franco

Columnistas

Pulcros sepulcros

Sigo sin entender cuál es la necesidad de ser tan melindrosos con la apariencia externa, si luego, por dentro, son ustedes un saco de porquería, igual que todos

Los que siguen mi rastro se habrán percatado de que el título de este aullido es muy similar a otro publicado hace años. Y les doy mi palabra que he estado tratando de buscar otro lema que se ajuste bien a lo que quiero decir hoy y que no esté repetido, pero qué va. Este es el que es porque seguimos viviendo en un país de farisaicos mojigatos y eso no es novedad para nadie. Que los beatos farsantes se llenan la boca pregonando a troche y moche su santurronería solapada tampoco es nada nuevo, y que se dicen buenos apóstoles de la buena nueva mientras su gazmoñería convierte la vida de sus conciudadanos en un infierno, tampoco.

Sigo sin entender cual es la necesidad de ser tan melindrosos con la apariencia externa, si luego, por dentro, son ustedes un saco de porquería, igual que todos.

¿Será que no son capaces de ver las contradicciones en las que caen? Los niños en las escuelas han de ir con el pelo corto y bien atusado, las niñas tienen que sufrir desde su más tierna infancia la exposición química en su cuero cabelludo para llevar su cabello lacio. Y luego hablan ustedes de que deben imitar a Jesús y proclaman un mes para enaltecer la etnia negra.

Señores, ¿son ustedes gilipollas? Los judíos ortodoxos, en la época en la que el galileo (que, por cierto, siendo judío y en su época, era renegrido como el sobaco de un grillo) murió por alborotador, llevaban el pelo largo (¡y faldas!), y hay numerosas referencias a ello en la Biblia que ustedes tanto dicen leer, a ver, que les refresco un poquito la memoria: las guedejas del amado de Sulamita, eran negras como ‘las alas de un cuervo', y rizadas en bucles. En el Deuteronomio prohíben cortarse el cabello. En el Levítico reiteran, ‘No afeitaréis vuestras cabezas ni recortaréis las puntas de vuestra barba' (¡punto para los hipsters!).

Entonces, ¿¡se puede saber porqué carajo utilizan la excusa pendeja de que son católicos o cristianos para no aceptar en las escuelas la matrícula de un niño con el pelo largo!? ¿Cómo coño pretenden ustedes educar en igualdad si son ustedes los primeros en segregar, arrinconar y repudiar a los que no son como ustedes? O a los que no son como ustedes creen que se debe aparentar ser.

Vivimos en una sociedad de camastrones, rodeados de leyes pendejas sobre pudor en el vestir y buenas costumbres. No podemos entrar en las oficinas públicas con chancletas o con blusas de tirantes, ni con pantalones cortos. Los niños no pueden llevar melena y las niñas no pueden enseñar las rodillas. Pero esa fachada de corrección se descascarilla rápidamente permitiéndonos ver la mierda que permea desde adentro, sinvergüenzas y lagartos que cumplen a rajatabla el juegavivo, que enseñan a sus hijos a vestirse con comedimiento mientras ellos roban y engañan. Judas manteniendo las apariencias. Tartufos zaínos peleando para que todas las ovejas del redil, sumisas y bien portadas, pasen por el esquileo, de esa manera ellos, los lobos, pueden disfrazarse con el resto de las lanas para engañar a los ingenuos.

Pulcros sepulcros de los que no veremos la putrefacción hasta no encontrar el fulcro para poder levantar la lápida. Pero ¡ay de nosotros! ¿Nos extraña la pequeñez mental de esta sociedad? No debería, porque bajo ese peinado de salón de belleza, bajo esa nuca perfectamente apurada, bajo esa corbata convencional y ese vestido feo pero decentísimo, pululan los vermes y alimañas del fanatismo. Laten en oleadas los gusanos del odio y la frustración. Habitamos un pudridero.

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