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23 de Nov de 2020

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Rafael Carles

Columnistas

Sistema político en caos

Lo que observamos es la incapacidad de los gobernantes de desprenderse de las mieles del poder

S e ha repetido hasta la saciedad que el país está inmerso en una crisis política en que la gravedad de la misma se ha degenerado en una frase trillada y, como todo lo que se repite constantemente, ha quedado vacía de significado. Lo cierto es que sin un adecuado sistema político, ninguna sociedad puede escapar del caos y esto es lo que está ocurriendo en nuestro país.

Lo que observamos es la incapacidad de los gobernantes de desprenderse de las mieles del poder. La ignorancia, el egoísmo, la corrupción, la intolerancia y la ineptitud se han combinado perversamente para auspiciar los últimos fracasos. La gran esperanza que teníamos terminó frustrada en la reciente ley electoral.

A diferencia de otros países donde aplican políticas de Estado y llevan a cabo agendas de largo metraje, nosotros, al no tener una clase política a la altura de las circunstancias, terminamos la experiencia sumidos en una crisis total y de alcances todavía desconocidos. Hasta que no haya una clase política con verdadera vocación transformadora, solidaria, honesta y eficaz, el destino de nuestro país va a ser de esperanzas y desilusiones permanentes. Pero políticos con estas características no surgen espontáneamente: es necesaria una sociedad que defienda esos valores y un sistema político que seleccione a los mejores.

Estamos convencidos de que en nuestro pueblo predominan estos valores, pero los partidos políticos tienen un establishment que bloquea y desalienta el acceso de los jóvenes y de los nuevos participantes a la política, constituyendo un sistema cerrado donde siempre están los mismos actores. Los partidos políticos se transformaron en un sistema de selección donde los principios, la honestidad y la preparación no tienen valor, y se premian la picardía, el servilismo y la falta de escrúpulos.

Es fundamental una reforma política que ponga fin a esta situación y permita que surjan dirigentes representativos de lo mejor de la sociedad, y no de sus márgenes más oscuros. Lamentablemente, nuestros dirigentes pretenden seducir a la ciudadanía con cambios grandilocuentes que solo aspiran a perpetuar el sistema que ellos crearon. Con la reciente ley electoral, los diputados no solo se aseguraron el pastel sino que blindaron el sistema para seguir gozando de los beneficios de la politiquería.

Una transformación real de la política debería incluir la elección de diputados por provincias en vez de circuitos y eliminar de forma definitiva el maléfico voto plancha, que no es más que un sistema nefasto de selección de diputados donde la ciudadanía puede votar por personajes escondidos en una nómina plurinominal. Por otra parte, se debiera permitir el concurso de candidatos externos a las estructuras partidarias, para tornar aún más grande la base de representatividad de nuestra democracia. Esto obligará a los partidos a modernizar sus estructuras y métodos de selección de sus dirigentes y candidatos y promover un fuerte recambio generacional.

También hay que asegurar la democracia interna en los partidos políticos, transformando las actuales estructuras clientelistas, financiadas en la mayoría de los casos con mecanismos ilegales, en plataformas horizontales menos costosas y descentralizadas, con financiación transparente y representación real de los sectores tradicionalmente postergados en la política criolla de los últimos años. Para tal efecto, es vital la creación de institutos de profesionales y especialistas orientados a producir verdaderas propuestas partidarias de políticas públicas, con el sello de los valores propios de cada partido.

El Gobierno perdió una gran oportunidad de consagrarse con la Patria al olvidar durante estos tres primeros años la importancia de procurar las condiciones para una discusión real de la reforma electoral y garantizar así el comienzo de una profunda renovación política, pero prefirió el juego fácil y dedicó mayor atención a ejecutar medidas populistas que acentúan aún más la politiquería y el clientelismo.

Por eso, y de cara a las próximas elecciones de mayo 2019, o nos ponemos del lado del pueblo y reaccionamos contra un sistema político decadente, vacío de contenido y que solo lucha para perpetuarse en el poder, o seguimos defendiendo lo indefendible y dando la vida por un cargo en el Gobierno de cualquiera para cualquiera. Como en la Revolución francesa, no puede haber paños tibios: o se está del lado de las justas demandas del pueblo o se intentan defender los cortesanos de Versalles. Porque de lo contrario, el ‘ancienne regime ' deberá dar un paso al costado antes de que el pueblo tome la Bastilla.

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