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14 de Jul de 2020

Andrés L. Guillén

Columnistas

Lenguaje: magia y poder

Si bien la gramática es posterior a la lengua que trata de regular, el lenguaje humano, en cambio, es una abstracción de sonidos

Si bien la gramática es posterior a la lengua que trata de regular, el lenguaje humano, en cambio, es una abstracción de sonidos que suponen un razonamiento para hablar.

Existen otros lenguajes en la naturaleza, como el relinchar de los caballos, el ladrido de los perros o la comunicación inaudible de abejas y hormigas, pero la facultad humana de hablar, a través de palabras sonoras, con su estructura interna de fonemas y monemas, también implica una aporía o paradoja de su origen.

¿Qué vino primero, su razón de ser (porque es necesario un lenguaje para razonar) o su realización como una lengua concreta, de las muchas que existen?

La comunicación lingüística proviene de los gestos, mímicas y gritos de nuestros antepasados (que igualmente se pueden ver en los animales), resultado de un proceso histórico que confirma, además, la inteligencia innata de todo recién nacido. Así, esas unidades sonoras mínimas (los fonemas) se convierten en unidades mínimas de significación (los monemas) para darnos eventualmente el milagro del lenguaje, con todas sus palabras pronunciadas y pronunciables, para expresar ideas y sentimientos.

En virtud de sonidos simples se puede expresar algo mucho más complejo, como ‘justicia, libertad, verdad, mentira, castigo', etcétera, palabras que suman o restan a la experiencia humana, de acuerdo a su contenido. Pero aquí vuelve a surgir, metafísicamente, la antedicha aporía de su esencia comunicativa, ahora refiriéndose paradójicamente a la soledad humana.

Cada palabra señala la tristeza de la vida, como don del alma humana, que surge de la necesidad de compañía, pues todos nacemos y morimos solos. La convivencia es un huir de la soledad, por eso se hace necesario el lenguaje. Esto da al lenguaje su valor intrínseco contra la soledad, pues las palabras, aun cuando guardan silencio, afianzan la presencia del otro, con esa compañía afable e imprescindible que exige la convivencia, sin necesidad de hablar, pues expresa la solidaridad del individuo con su grupo.

El lenguaje tiene el fin adicional de la perduración de toda obra humana superior, por eso es motor importante del perfeccionamiento de esa obra, al hacerla mejorable, tanto en su forma escrita como hablada, noble yugo de creatividad. En todo caso, la lengua es un residuo del alma primitiva de nuestros antepasados, con la fuerza heredada de milenios de uso, que se va afinando, nazca de un estado salvaje o de una culta sensibilidad, independiente de su uso.

Por ejemplo, en la mayéutica de Sócrates se usó el poder de las palabras cultas, para descubrir y definir la realidad a través de la duda. El lenguaje del diálogo socrático solo aportó el medio, no hizo dicho método verdadero o falso, pero sí proporcionó una filosofía motivadora.

Entonces, la incertidumbre del lenguaje requiere una disciplina que va más allá de las palabras, que justifique y explique cualquier ambigüedad expresada por ellas, para no perder la fe en su significado y veracidad, casi como un misterio de la genialidad humana.

¿Qué esconden las palabras? Magia y poder.

EXDIPLOMÁTICO