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08 de Apr de 2020

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Enrique Jaramillo Levi

Columnistas

El posible cierre de La Estrella de Panamá

Sin duda, matar al mensajero sólo será prueba de que una vez más el poder se ensaña con los más débiles.

Es una verdadero absurdo lo que la Oficina de Control de Activos en el Extranjero (OFAC, por sus siglas en inglés), del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos, haya decidido no renovar la licencia a favor de los periódicos nacionales La Estrella de Panamá y El Siglo , cuando se sabe claramente que estos medios impresos nada tienen que ver con el lavado de dinero y el narcotráfico del que se acusa, sin pruebas hasta el momento, a su dueño, el empresario panameño-libanés Abdul Waked.

Así lo ha dicho reiteradamente el Embajador de ese país en Panamá, John Feeley, quien en la práctica no parece haber hecho nada significativo para convencer a su gobierno de su aberrante injusticia y torpeza (y si acaso lo ha hecho, nada se sabe al respecto y, además, evidentemente no ha tenido éxito).

El 5 de mayo de 2016 se supo que estos dos medios impresos, al igual que otras empresas panameñas de Waked, habían sido incluidas en la llamada lista Clinton, y que por tanto los ciudadanos y las empresas norteamericanas tienen prohibido tener relaciones comerciales con las empresas listadas. La más reciente licencia otorgada meses atrás venció el pasado 13 de julio. Es decir, sujetos a una ominosa e inapelable sentencia de muerte —o de lenta agonía— que, a menos que ocurra un milagro, habrá de cercenar la existencia del más antiguo periódico panameño: La Estrella de Panamá , fiel testigo de gran parte de nuestra historia nacional.

Lo ideal, en aras a especular un poco, lo cual es una actividad intelectual legítima mientras no encubra trampas ni sofismas ni ofensas inadmisibles, sería que un conjunto de empresas panameños —uno o varios bancos quizá—, que no estén ligados al actual gobierno, se aliaran para comprarle a Waked los periódicos, cosa a la que según se ha dicho éste no ha querido acceder ni siquiera en teoría. Pero ya con la soga al cuello (tanto Waked como ambos medios escritos), es razonable pensar que algo podría estarse cocinando tras bambalinas, ojalá que para bien, siempre y cuando no se trate de empresas serviles del gobierno o que de alguna sutil manera controlan a éste.

Si bien el prestigio de La Estrella de Panamá ha tenido a lo largo de su historia sus altas y sus bajas de acuerdo a los vaivenes políticos de sus anteriores dueños -lo cual suele ocurrir en todos los medios de información por más objetividad que argumenten-, el hecho es que no ha dejado de ser un periódico importante, mediática y estilísticamente altivo, indagador de la realidad cotidiana del país, además de muy bien informado en cuanto a noticias internacionales, y por ende muy apreciado por los lectores.

Sin duda, matar al mensajero sólo será prueba de que una vez más el poder se ensaña con los más débiles. Y en este caso aludimos, por supuesto, al poder no siempre ecuánime ni mucho menos esclarecido de los norteamericanos, quienes como nación imperial, ya se sabe, no tienen amigos sino intereses. Una y otra vez se ha demostrado este siniestro apotegma. Aparte de que, para ellos, al igual que ocurre con sus más radicales enemigos ideológicos de la izquierda mundial, el fin siempre habrá de justificar los medios, por más que estos riñan con la más elemental ética, para no hablar de lógica ni de coherencia, y mucho menos de valores.

Para andar sin rodeos, lo que la OFAC gringa le está haciendo al Grupo GESE , y por extensión a Panamá, es una auténtica canallada, indigna incluso de un país tradicionalmente acomodaticio y endémicamente desleal, según se muevan o se arrastren tras bambalinas sus más sórdidos intereses.

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