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12 de Aug de 2020

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Rafael Carles

Columnistas

El valor de un mercado de productores

En cierta medida, ¡se obtiene lo que se paga!

Para la mayoría de nosotros, no existe un mejor lugar para comprar frutas y vegetales que un mercado de productores. Es indiscutible que allí se ofrecen alimentos de calidad superior, a pesar de la falta de reconocimiento y la ausencia de apoyo gubernamental.

Cuando se compra directamente a un agricultor, se garantiza mayor frescura que los productos que se venden en otros establecimientos. Además, se apoya a un productor local que perfectamente puede ser un vecino. Y también se tiene la oportunidad de preguntar "¿cómo se están sembrando y cosechando los productos?". Cada agricultor con los que hablamos dice, no siempre en un tono emocionado, que las preguntas de los compradores son bienvenidas, pero que prefiere que no se centren tanto en el precio sino más en la naturaleza y características del producto. Porque incluso si un vegetal no es "certificado orgánico", puede ser que cumpla con estándares que lo hacen mejor que cualquier otro producto importado que viajó tres mil millas y está lleno de parafina para reflejar frescura.

Los mercados de productores no son solo mercados. También son sistemas educativos que enseñan cómo se producen los alimentos y qué factores inciden en su comercialización. Desde cualquier perspectiva, resultan convenientes y necesarios para promover la economía rural. Por un lado, las organizaciones que los dirigen tienden a ser sin fines de lucro y con frecuencia utilizan a voluntarios para seguir adelante. Y por otro, son los mismos campesinos los que cuidan sus módulos y tratan de asegurar que sus pequeñas cosechas encuentren salida.

La calidad de los productos en estos mercados es fenomenal. Si usted va a quejarse del porqué la libra de tomates cuestan $3, también debe observar que suelen ser tomates reales, a veces riquísimos en sabor, mientras que los de $1 que se compran en los supermercados son producidos en agua, en condiciones menos sostenibles y definitivamente son menos sabrosos que incluso el tomate enlatado. En cierta medida, ¡se obtiene lo que se paga!

Por otra parte, a menudo hay gangas de increíble calidad. La semana pasada, en el mercado abierto de El Valle de Antón, compré minúsculas hojas de albahacas de color morado que sabían delicioso. Y después encontré en el mercado de Boquete un mazo de berro orgánico por $5 la libra, que puede sonar caro, pero si quieres un berro libre de E. coli, esta es la única manera de obtenerlo. Y en el pequeño mercado de pescadores de Farallón, usualmente, los domingos se obtiene la libra de corvina por 40 % menos de lo que cuesta en los supermercados de la ciudad. ¡Y fresca!, acabadita de salir del agua. Iguales ofertas se consiguen en la playa de San Carlos, donde el pargo rojo lo rematan antes que salga el sol todos los días a $2 por libra.

Con más de 30 mercados de este tipo en todo el país, algo así como 800 productores y potencialmente más de medio millón de consumidores se benefician de experiencias similares. Eso es bueno para todos, pero las cosas podrían ser mejores si el Gobierno nacional y las alcaldías del país hicieran más para incentivar a los productores a presentar sus productos y para facilitar a los consumidores comprarlos. Los mercados de productores son un motor económico que mantiene a los agricultores en marcha y pueden, con el oportuno apoyo de las autoridades, convertirse en plataforma de lanzamiento para el desarrollo de la actividad agropecuaria en el país. Pero antes, los mercados necesitan infraestructura -espacio permanente, agua, electricidad y estacionamientos.

Los productores que participan en un mercado de esta naturaleza pueden laborar allí hasta 15 horas o más por día, dependiendo de dónde vienen o el tiempo que requieren para vender sus mercancías. Además, para manejar las ventas al por menor, es imprescindible procesar una variedad de formas de pago, no solo en dinero en efectivo sino también tarjetas de crédito.

De verdad que, a pesar del potencial que significan los mercados de productores, no reciben el apoyo necesario en comparación con el enorme aporte que reciben los industriales de cultivos subsidiados. Los políticos y las autoridades debieran tomar nota de los beneficios que se obtienen cuando se ayuda al agricultor local y del largo camino que todavía tenemos antes de poder aseverar que existe igualdad de condiciones entre el campesino panameño y los grandes importadores.

EL AUTOR ES EMPRESARIO, CONSULTOR EN NUTRICIÓN Y ASESOR EN SALUD PÚBLICA.