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18 de Oct de 2019

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Ernesto A. Holder

Columnistas

Hacia un régimen general de depuración

Nos toca martillar y martillar sobre el tema. No darles descanso ni espacio

Hacia un régimen general de depuración

Este tiempo de fin de año siempre juega a favor de los que quieren que desviemos la mirada. Que no esculquemos entre la bruma que producen para señalarlos. Que no insistamos en las investigaciones, los esfuerzos por identificar a los corruptos y sus cómplices… y condenarlos. Entiendo que algunos aspectos de la vida deben continuar, pero cuando un cuerpo (individual o colectivo) está enfermo y necesitado de curación, es indispensable que no se detenga su régimen de saneamiento. La venta de arbolitos, la cantadera de villancicos en los centros comerciales y los jamones de ocho balboas que la gente hace filas desde la madrugada para comprar, juegan a favor de los corruptos. Nos toca martillar y martillar sobre el tema. No darles descanso ni espacio.

Mientras se preparan para festejar las próximas dos semanas, déjenme recordarles, a los que no quieren hablar de este tema, a las autoridades y a los que deben investigar y facilitar las investigaciones, que: ‘La ‘Guía de lenguaje sencillo anticorrupción' (The Anti-Corruption Plain Language Guide) de la organización Transparencia Internacional (TI) señala que ‘La corrupción y sus efectos constituyen un dilema global. Desde pequeños sobornos pagados a oficiales de policía en Bangladesh hasta la tenencia de activos robados por los bancos, los impactos de estos abusos en los Estados y sus ciudadanos son los mismos: la socavación del Estado de derecho, la violación de derechos, instituciones sombrías, la pérdida de recursos públicos y la debilitación de la integridad nacional'.

También déjenme recordarles, antes de utilizar los fondos del Estado para festejar, que TI define ‘Grand Corruption' como los: ‘Actos de corrupción cometidos por funcionarios en altas esferas gubernamentales que conllevan a la tergiversación de las políticas y el desequilibrio en el funcionamiento del Estado, permitiendo a los líderes beneficiarse a expensas del bienestar del pueblo'.

Al inicio de año examiné el tema de la ‘necesidad de urgencia'. Planteaba que: ‘Si el reto que tenemos aquí en Panamá es el de acabar con las injusticias más asfixiantes: la corrupción, en sus más perversas formas; ese ‘sentido de urgencia' debe contagiar a la población a fin de que oprima cualquier intento de los que no quieren que esa conducta cambie'.

Pero lo que ha quedado evidente a lo largo de este año, es que hace falta un líder serio y comprometido. Alguien que esté dispuesto a señalar y no dejarse amedrentar. Que ‘no tenga cola de paja' y que esté ‘dispuesto a pedirle cuentas a sus amigos y familiares', esa es la parte más difícil es toda esta situación.

En lo que va del año y con la agenda para el próximo 2018 marcado de politiquería con miras a las elecciones de mayo del 2019, no ha salido una figura en el escenario público que la población puede señalar como alguien ‘intachable' y que tiene las cualidades para corregir los males que amenazan con destruir lo que queda de esta Nación.

Ese ‘líder' debe entender claramente la disyuntiva que enfrentamos. Esta sociedad va por mal camino y el que cree que se podrá mejorar las condiciones de vida de la población, únicamente recuperando los dineros robados y encerrando a los corruptos, para nada entienden los mortíferos componentes que han ido alterando la conducta general de la población.

Para una depuración social, si en realidad queremos cambiar el rumbo de las cosas; garantizar un sentido de sociedad que resulte en mejor educación, salud, seguridad y bienestar para todos, es necesario que conversemos seriamente sobre el papel que juegan los medios masivos de comunicación en el deterioro constante y sistémico de esas condiciones social, la tergiversación de la realidad y la manipulación de las masas. Agregar a esa discusión el papel de las redes sociales y su efecto tóxico y perjudicial en el discurso público. Eso sí, como ya señalé, si queremos combatir la corrupción seriamente. Los corruptos entienden bien el uso de los medios para sus fines de manipulación.

Reflexionemos: todos sabemos que hacer las cosas a medias no es hacerlas bien. Varios sectores de la sociedad que cuestionan a las autoridades en su lucha contra la corrupción (con buena fe), dejan a un lado un cuestionamiento serio sobre los medios de comunicación y la consciente labor de distracción de la realidad que promueven. Un nuevo modelo se hace necesario.

COMUNICADOR SOCIAL.