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22 de Oct de 2019

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Orlando Acosta Patiño

Columnistas

Bocas del Toro, paraíso perdido

A Chita Fitzgerald, con amor.

Bocas del Toro, paraíso perdido

Un reportaje reciente sobre la situación de la isla Colón en Bocas del Toro me ha dejado un sabor agrio en la boca y un dolor en el corazón. La isla Colón está ante una vorágine de destrucción que parece dirigida por la desidia, codicia y corrupción. Estos procesos vienen atentando con la conservación de los valores naturales y culturales de uno de los destinos turísticos más importantes que atesora Panamá y su gente.

Construí una relación afectiva con la isla hará algo más de veinte años, cuando me aproximé a la realidad de la salud de los hombres del banano. Esta condición de salud y trabajo fue mermada por el paquete tecnológico implantado por la empresa bananera. Fui tras las historias y la miseria de los hombres estériles abandonadas entre los tallos del plátano y el veneno del Fumazone. Mientras, me sumergí en las historias fantásticas de Bocas. Por boca de Elsa —o de Chita para los locales— conocí de la colonia alemana en la isla. Desde ese momento, me adentré al mágico legado de la isla, sin dejar de fascinarme por sus calles y sus casas que musitaban al viento, otras historias. En medio de las viejas casas y de la mirada de sus balcones, Cali Fitzgerald, maestro, oficial del Cuerpo de Bomberos, y sobre todo amigo, me narró innumerables historias de la isla que lo vio nacer, crecer y morir. Sus hijos —entrañables amigos, su sobrina Consuelo, de letras mágicas— me mantienen atado de manera indeleble a la isla, a sus gentes, a sus calles y a su historia. No puedo negar mi amor a la isla.

En el año 2000, el Centro de Proyectos y Turismo (Ceprotur), bajo el alcance de un proyecto regional de la OEA, realizó un estudio arquitectónico, funcional y normativo para el centro histórico de la isla Colón. Esta iniciativa se extendió a acciones similares para Nicaragua y Costa Rica. El resultado de esta tarea fue consultado localmente y la iniciativa naufragó en el Consejo Municipal de la isla.

En febrero del año 2002 el Ministerio de Economía y Finanzas asignó recursos por el orden de los B/ 136 799.00 para una estrategia de desarrollo sostenible para Bocas del Toro. El gobernador de entonces Edgar Benavides, calificó la acción como un avance. Seguí rebuscando más información sobre Bocas del Toro, y encontré que en junio de 2004, se aprobaba en Gaceta Oficial, el Plan Normativo para el Centro Urbano de Bocas del Toro. Mediante Ley se adoptó por un plan elaborado por consultores del IPAT para la conservación de la imagen urbana de Bocas del Toro. Posteriormente en octubre de 2008 se formula para la provincia de Bocas del Toro —incluyendo isla Colón— la Estrategia de Desarrollo Sostenible, Plan de Acción. Existe, como referencia, una larga lista y un inventario de planes, estrategias y proyectos destinados al manejo y desarrollo de la provincia y la isla Colón. Todos estos documentos olvidados, ignorados o depreciados.

Surgen en mi mente preguntas sin respuestas: ¿Por qué persiste la anarquía y la destrucción del patrimonio urbano, ambiental y cultural de la isla? Pareciera que desde las playas de Bluff y en el Istmito —donde celebramos el funeral de Cali— se huele un tufo de desidia y corrupción que atesta contra el corazón y la esencia de Isla Colón. ¿Por qué han sido ignorados y despreciados todos los esfuerzos de planificación y de acción para la isla Colón?

El fracaso de la acción gubernamental, privada y local para la preservación de los valores de la isla parece estar mediatizado por la codicia de actores y la especulación de la tierra. Pareciera no existir, según información presentada, el estado de la condición catastral del suelo de la isla, teniendo los valores del mismo, el sartén por el mango. Es la especulación de la tierra y de los recursos naturales el alimento que parece engordar los apetitos desmedidos de autoridades, empresarios y de actores inescrupulosos que explotan y devoran los recursos y la historia de isla Colón.

Isla Colón está presa de los intereses locales y foráneos. Bocas del Toro e isla Colón, en medio de su gran potencial turístico, están empantanadas en una trama de acometidas de diagnósticos, planes y estrategias de desarrollo para la conservación de los frágiles recursos que atesora. ¿Terminarán la historia y las playas de la isla como la épica muerte de Carl Friese? ¿Será el destino de la isla el mismo de ese hombre que no fue capaz de soportar la casa por cárcel y que de seguro, en un arranque de desesperación y orgullo, cerraría sus profundos ojos azules asistidos por la amargura del arsénico?

Ante la mirada de las autoridades y ciudadanos, ¿terminará la isla Colón envenenada y devorada por los apetitos de quienes dicen ser sus custodios y habitantes de hoy? ¿Seremos capaces de cambiar y transformar el presente de Bocas? ¿Cuál será el futuro y la memoria de la isla?

INGENIERO