La Estrella de Panamá
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18 de Oct de 2019

Fernando E. Vásquez Barba

Columnistas

Satanás y la cultura panameña

Mi primera respuesta estuvo llena de agnosticismo, pero luego de pensarlo mejor

Confieso que escuchar, el año pasado, las declaraciones de El General diciendo que detrás de toda su obra musical estuvo Satanás me llenó de mucho asombro y pesar. Al principio pensé que sus palabras eran producto de aquel fanatismo religioso que suele invadir a algunos al pasar los años, es decir, un simple fenómeno de la vejez. Sin embargo, no pude evitar preguntarme ¿qué llevó a El General a acercarse y participar activamente en la comunidad religiosa de los testigos de Jehová? Mi primera respuesta estuvo llena de agnosticismo, pero luego de pensarlo mejor, he llegado a pensar que las causas de tales declaraciones, más allá de las creencias religiosas, se encuentran en la histórica incapacidad del Estado panameño de ser integrador, lo cual, a su vez, lo mueve a privilegiar unas narrativas sobre otras en torno a los elementos que conforman el patrimonio cultural panameño.

Lo anteriormente dicho requiere de explicación para que se entienda lo que queremos decir. Pongamos por caso la música panameña. Un vistazo al portal de Internet del Ministerio de Educación en su sección dedicada a las Ciencias Sociales, bastará para notar que los elementos que se destacan como componentes, musicalmente hablando, del folclore e identidad nacional son aquellos (la mejorana, tamborito, música típica, etc.) que pertenecen a la región de provincias centrales. Poco se mencionan los aportes musicales de los grupos afro-descendientes (sólo se menciona el congo y el bullarengue) y ni hablar de los grupos indígenas. Peor aún, cuando se mencionan elementos que son el producto de una mezcla Afro-indo-hispánica como la cumbia (nótese que el prefijo ‘afro' está de primero, ello se debe a que la cumbia probablemente tiene su origen en danzas rituales religiosas provenientes del Congo e incluso el término ‘cumbia' tiene evidentes raíces africanas), aparecen asociadas a las manifestaciones culturales de provincias centrales, sin aparente identificación con los grupos afro. Hay que mencionar, además, que cuando se habla de los grupos afro, se habla de ‘aportes', de algo añadido, de inesencial atributo.

Dicho de otra manera, hay una manifiesta incapacidad para reconocer a los grupos afro e indígena como elementos fundamentales de la cultura panameña y cuando se intenta, se hace con grandes limitaciones. En ese escenario, no es sorprendente que expresiones más recientes de la cultura afro-panameña tengan nulo reconocimiento por parte de nuestro Estado y ningún espacio en los libros de Ciencias Sociales del MEDUCA. Tal es el caso del Reggae en español o plena, como suele llamársele. Comúnmente asociado a la vulgaridad, la delincuencia y una pobre sensibilidad estética, el reggae en español y sus representantes no gozan del reconocimiento y la legitimidad estatal. Sin embargo, dicha narrativa en torno al reggae en español suele soslayar que los ritmos y rimas (por imitación ligados con el reggae de Jamaica) que lo componen, tienen raíz en la fuerza de trabajo migrante provenientes del Caribe (Jamaica, Trinidad y Tobago, Martinica, etc.) que arribó a Panamá para la construcción del Canal. Más aún, dicha narrativa no sólo desdice de la originalidad del reggae hecho en español y su legado cultural (el habla cotidiana del panameño, por ejemplo), sino que también entiende mal y describe engañosamente las raíces de lo que hoy es un género musical consolidado, reconocido internacionalmente y que domina las manifestaciones más populares de la música latina y mundial.

Dicho brevemente, en un Estado que no reconoce a El General y su contribución (junto a los famosos, Nando Boom, Renato, Chicho Man) a la creación de cultura, no es sorprendente y no queda más que pensar que todo fue producto de una posesión demoníaca, que Satanás, para bien o para mal, estuvo detrás de todo.

FILÓSOFO