Temas Especiales

04 de Apr de 2020

Andrés L. Guillén

Columnistas

¿Culpa de quién?

A las comunidades les pasa algo similar, cuando su conciencia colectiva y reflexiva les hace preguntarse

El descubrimiento de nosotros mismo, en cualquier etapa de nuestra vida, casi siempre nos revela nuestra propia conciencia y esta, a la vez, nos hace cuestionar nuestras acciones y fijar nuestra posible culpabilidad por ellas.

Cómo actuamos depende de nuestra libre voluntad para hacer algo, por buenas o malas que sean las consecuencias. Ese poder de elección, que implica el libre albedrío, tiene como resultado una acción específica que nos define tanto más que nuestros propios deseos, cosas futuras o pretéritas de dudosa efectividad.

A las comunidades les pasa algo similar, cuando su conciencia colectiva y reflexiva les hace preguntarse ‘¿por qué actuamos como actuamos?'. La respuesta revela nuestra singularidad, individual o colectiva, al revelarnos por qué somos como somos.

Pero siendo nosotros mismos el objeto de esta reflexión, surge otra interrogante: ¿son estas singularidades el resultado de nuestro entorno y sus limitaciones o estas solo dependen de nuestra libre voluntad?

Ortega y Gasset, en su obra ‘La rebelión de las masas', nos dice que el proceso del perfeccionamiento de la civilización requiere de una elite disciplinada, bien definida por las exigencias y las obligaciones de la necesidad de servir al otro, no tanto de los derechos comunes humanos, logrados sin más esfuerzo que haber nacido con esos derechos naturales, que son de puro usufructo y beneficio pasivo.

A los panameños constantemente nos gusta relucir nuestros ‘derechos' y culpar a otros cuando, por ejemplo, vemos basura por las calles, o cuando no se respetan las reglas del tránsito, o al tener que aguantarnos a vecinos bullangueros o al sufrir en carne propia las mil y una irresponsabilidades que expresan y definen a diario nuestro tercermundismo.

Nuestras acciones como ciudadanos no se rigen por la necesidad de ‘servir al otro' (requerimiento civilizatorio de Ortega y Gasset), mucho menos las de nuestros gobernantes, cuyo actuar político e influencia pública liderizan ese mal y contradictorio ejemplo de ‘servirse a sí mismo'.

El poder civilizatorio de ese concepto de ‘servir al otro' se ha transformado en Panamá en el intervencionismo del Estado, hoy raíz y origen de gran parte de nuestros males, porque promueve satisfacer el apetito insaciable de su clientela política con tan solo tocar el resorte de su maquinaria estatal, que tanto ha contribuido a la creación del ‘juegavivo' panameño.

¿Por qué somos los panameños como somos?

La particularidad de nuestro ser incluye, indiscutiblemente, nuestro entorno e historia, factores formativos de nuestra cultura. El resultado ha sido la formación de una moral ciudadana que ha renunciado a ser la conciencia de su pueblo, que se conforma con la demagogia política, con la corrupción de sus dirigentes y peor aún, que celebra con docilidad acrítica sus múltiples ‘derechos' para justificar ese goce fortuito de dádivas.

El ‘tercermundismo' se ha incrustado en nuestra psiquis nacional, afectando nuestra autoestima colectiva, deformando las formas embrionarias de nuestra democracia y organización nacional, previstas por esa alma altiva de don Justo Arosemena, quien nos dijo en el siglo XIX que sin obligaciones no hay derechos democráticos.

EXDIPLOMÁTICO