21 de Feb de 2020

Antonio Saldaña

Columnistas

Los intelectuales y la política

En nuestro medio es muy dado, en la generalidad popular, denominar intelectual a todos los profesionales o a aquellas personas que cultivan las artes

Definida ya la totalidad de la propuesta u oferta electoral para los comicios generales del 5 de mayo próximo y establecido un calendario de proselitismo electoral mezquino en virtud de lo que se pone en juego, es conveniente reflexionar sobre el rol que habrán de jugar determinados actores, como por ejemplo, los intelectuales. Porque ya sabemos el que desempeñan los factores reales de poder político y económico.

Conviene precisar el concepto a objeto de evitar confusiones y malentendidos. En nuestro medio es muy dado, en la generalidad popular, denominar intelectual a todos los profesionales o a aquellas personas que cultivan las artes, en nuestro parecer estos individuos en verdad son “trabajadores intelectuales” que se distinguen de los trabajadores manuales, en que sudan las neuronas (ejercicio de las células cerebrales) en lugar de los músculos como lo hace el resto del recurso humano.

Pero también, entre quienes “cultivan” o trabajan con el intelecto hay otro desencuentro, me refiero a los vocablos, profesionales e intelectuales. En mi opinión, profesional es todo trabajador intelectual de nivel superior (Técnico o universitario). Generalmente, todo intelectual es un profesional, pero no todo trabajador del intelecto se le puede llamar intelectual.

Se nos ha informado muy recientemente que, contraria a la opinión generalizada de Albert Einstein, “Dios si tira los dados”, de manera que este comentario pretende estar desprovisto de todo determinismo histórico, geográfico, etc. Se circunscribe a la realidad política del istmo de Panamá. Dicho con palabras ajenas, “la verdad es que lo que constituye una oportunidad para el progreso humano, para el mejoramiento de la vida del hombre, y así mismo lo que conduce o ayuda a su realización, difiere entre un período y otro de la historia y entre una y otra región (o Estado) del mundo”. De manera que hablamos de la realidad política panameña, y específicamente en la coyuntura electoral a la que nos avocamos.

El tema estriba en que los profesionales que son los que mayores “luces” pueden proyectar, en coyunturas importantes como la del 5 de mayo, por el confort que brinda no chocar con poderosos interés creados o sencillamente por el “retraimiento” o la llamada “neutralidad ética” deciden ocuparse de sus propios asuntos y el de sus familias exclusivamente, ocasionando que quienes tienen el dominio del conocimiento científico no puedan  impactar en el devenir social del pueblo, dejando “cancha abierta” a pelafustanes de la peor ralea, a “encantadores de serpientes”, a demagogos y embaucadores políticos, pillos y charlatanes, cuyo designio es cualquier otro cosa menos el bien común y el humanismo social.

Por tanto, “el deseo de decir la verdad es una de las condiciones del intelectual. La otra es la valentía”, la disposición de comunicar, verbigracia, que el llamado a una Asamblea Constituyente es una necesidad, no solo urgente sino impostergable. No únicamente para cambios políticos acomodaticios para mantener el statu quo y dominio oligárquico; sino que la Constituyente debe realizar una revolución estructural e institucional para evitar el “Estado fallido” hacia donde nos conduce las actuales políticas públicas de una “clase política” corrupta y dispuesta a todo por preservar un precario poder y una democracia de vitrina no real. ¡Así de sencilla es la cosa!

El autor es abogado, analista político e intelectual.