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14 de Oct de 2019

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Ernesto A. Holder

Columnistas

Los miedos del carnaval

‘¿Cuándo [...] la fiesta del populacho se ha convertido en este negocio que las poderosas empresas aprovechan [...]?'

Los miedos del carnaval

S egún las nuevas reglas del juego electorero, a partir de hoy los candidatos a todo, pueden dar inicio a sus campañas propagandísticas. Para lo que queda de estas fiestas, podremos medir su creatividad. Por el momento, prefiero sumirme en los recuerdos.

Añoro los carnavales que conocí. Mis más distantes recuerdos me sitúan en un tiempo a mediados de la década de 1960. Muy joven. El sábado iniciaba con el sonar lejano de una algarabía que, desde la cima de la calle 19 Río Abajo, avisaba la llegada de los diablos y los disfrazados. Así sabíamos que los carnavales empezaban.

En Río Abajo, durante la primera mitad de cada día de carnaval, muchos grupos deambulaban en visita por las calles del corregimiento para encantarnos: desde la calle 4 hasta la calle 19 y, del otro lado de la vía España, desde la calle 5 hasta la calle 17 de Parque Lefevre. Encubiertos y enmascarados hacían gala de sus creaciones. Mariposas, fantasmas, murciélagos, Frankenstein...

De vez en cuando llegaba un grupo musical… un tinglado de boxeo ambulante e improvisado en donde retaban, por unos reales, al más atrevido a calzarse los guantes. Y los temibles resbalosos: de pie a cabeza en pintura de aceite de todos los colores. Un negro brilloso, un azul profundo, un amarillo resplandeciente… Con una lasca de carne colgando de su boca… varios acompañantes tocando las tumbas y las latas… la mano extendida pidiendo dinero en amenazante delirio de baile y movimientos sinuosos. Si no, te abrazaba con su piel pintada para dejar manchada tu existencia… o te golpeaban con su látigo.

El Domingo y el Martes de Carnaval, mi madre vestía a sus tres varones y dos niñas con modestos atuendos de colores festivos. Con un corcho quemado nos dibujaba patillas y bigotes a los varones y a las niñas les colocaba vinchas con florecitas para sus cabellos. Compraba serpentina y confetis para que pudiéramos lanzarlas en celebración de las sorpresas y alegrías; siempre bajo un sol brillante y alumbroso de verano. Una brisa mediana con sus días de cielo azul.

Muy pequeños veíamos el desfile de Carnaval en Calidonia, desde el balcón de la casa de mi abuelo paterno. Una vieja casa de madera de inicios del siglo pasado, a media cuadra de la Casa Müller. Era una de esas veces durante el año, cuando no sabíamos que los años existían, en que visitábamos a mi abuelo. Su atención y cariño siempre he recordado como muy especial y desde entonces, de alguna manera, ligado a las épocas de carnaval y de fiestas patrias, cuando regresábamos a ese balcón, años después, para que nos viera engalanados con nuestros uniformes y charreteras.

La década siguiente, la de 1970, el carnaval se convirtió en otra experiencia. Ese tiempo de mi juventud fue mágico y de vivencias inolvidables. Ya sin la mano protectora de mi madre, pero en compañía de mis hermanos y amigos de barrio, nos enorgullecemos de ser parte de una cultura que abría sus espacios dentro de la sociedad. Más allá de lo que nuestros padres y antepasado pudieron en su momento.

Eran los carnavales de las reinas ‘Soul' o las Panameñísimas Reinas Negras. Era los tiempos en donde, ante todo, influenciados por las luchas de definición racial alrededor del mundo, conjuntamente con otros eventos, la presencia de la comunidad negra, desde otra perspectiva, llamaba la atención sobre los aportes y la importancia de ocupar los espacios que nos habíamos forjado y ganado. Muy bien así, con el esfuerzo alrededor de estas reinas y lo que significaron para los que apoyamos con entusiasmo y orgullo esta participación.

Pero ahora, no sé qué pasó. ¿Cuándo fue que nos transformamos y la fiesta del populacho se ha convertido en este negocio que las poderosas empresas aprovechan para llenar sus arcas? Vender y amasar millones y millones de dólares en una fiesta que en términos generales y, en particular en la ciudad capital, no tiene forma ni sentido real.

No me quedan más que las comparaciones con el pasado. Los carnavales eran otra cosa más que la lujuria y el desenfreno vulgar teñido del mal gusto que vivimos hoy. Y de carnavales y política, veremos esa risa macabra de los que ya no portan máscaras, sino su verdadero rostro para pedirnos los votos. Eso debe darnos miedo.

COMUNICADOR SOCIAL.