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23 de Apr de 2021

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Rafael Carles

Columnistas

No todo es la economía, presidente

Es decir, a pesar de todas estas estadísticas fabricadas y maquilladas para reflejar que el crecimiento de la economía de Panamá no tiene precedentes

En su presentación a inicio de mes, ‘Desde la cabina de mando', ante un grupo de empresarios, el presidente de la República indicó que Panamá disfruta una de las mejores economías del mundo. Días más tarde, su ex ministro de Economía y Finanzas publicó en La Prensa un artículo titulado ‘El legado económico de Varela', con datos sobre crecimiento, inflación, inversión extranjera, déficit fiscal, pobreza y calificaciones de riesgo que pintan al actual Gobierno como el mejor en la historia. Convenientemente ambos omitieron abordar cifras del desempleo y deuda externa que subieron de manera abrupta en este quinquenio. Y suspicazmente, ni una sola palabra sobre la Lista Clinton, el cierre de las empresas Waked, el despido forzoso de cinco mil trabajadores y la demanda al Estado por más de $1000 millones por el manejo sospechoso de los fideicomisos.

Es decir, a pesar de todas estas estadísticas fabricadas y maquilladas para reflejar que el crecimiento de la economía de Panamá no tiene precedentes, no podemos decir que hemos progresado. Más de la mitad de los panameños están insatisfechos con la forma en que van las cosas y muchos dicen que el 2018 fue el peor año para su bienestar. Irónicamente, a medida que la economía creció, la confianza de la gente disminuyó. Entonces, ¿por qué el desencanto general de la población? Parte del problema es los dos Gobiernos que hemos tenido en la última década. Las personas no pueden sentirse bien cuando piensan que el país está liderado de manera desastrosa.

Como teoriza Noah Smith de Bloomberg, la decepción de la población se debe a que los gobernantes hablan de una bonanza económica y la gente está llena de expectativas. Pero cuando salen y se enfrentan a la realidad, se encuentran con una economía informal, con muchos empleos temporales e inseguros, y donde las cosas se logran por lo general no por meritocracia sino por corrupción, prebendas y tráfico de influencias.

Pero el factor más importante en esta dicotomía es la pérdida de confianza que tiene la población en sus autoridades. Qué se puede esperar cuando se observa que, contrario a lo establecido en la Constitución Política de la República, las autoridades abiertamente se niegan a proteger la vida, honra y bienes de los ciudadanos dondequiera que se encuentren. De allí, el desinterés de las personas que sienten ahora menos ambiciones, menos esperanzas y menos posibilidades de participar de una economía boyante cuando para ellos todo es una quimera.

Además, hay una tendencia que el mandatario ni su exministro se atrevieron a mencionar y es que la esperanza de vida en nuestro país está constante desde hace seis años, luego de haber aumentado por casi cien años seguidos. Una realidad absolutamente impresionante en un país donde la expectativa de vida aumentaba casi como algo natural. La última vez que la tasa de mortalidad se mantuvo así fue de 1904-1912, durante la construcción del Canal, cuando la epidemia de paludismo cobró miles de vidas. Sin duda, existe un interés por colocar la economía como la solución de todos nuestros problemas, y esa ansiedad está más fuerte ahora que nunca que terminan su período y tratan de evitar lo más posible el voto castigo. Pero mientras tanto, hay miles de empleadores que buscan trabajadores y no encuentran ninguno, muchos jóvenes sin estructuras de apoyo para perseverar en la escuela y adquirir habilidades, y muchos sin las competencias de liderazgo y comunicación que se requieren en estos tiempos.

Lo cual nos lleva al debate si en verdad hemos sobreestimado el crecimiento económico como indicador del progreso y la calidad de vida. La forma en que lo vemos es la siguiente: es un sinsentido tener una política económica, o cualquier política, que no explique ni aborde la catástrofe social que ocurre a nuestro alrededor. Cada otro problema existe bajo la sombra de esta.

Se equivocaron los que piensan que el PIB es indicativo de la temperatura interna de la gente. Igualmente, se equivocaron los que piensan que crecimiento económico es suficiente para abordar las desigualdades con aumentos populistas de salario mínimo y subsidios. Se equivocaron también los que piensan que pueden abandonar al sector agropecuario e importar productos precisamente en épocas de cosecha, los que prometieron reformar la Ley de Contrataciones Públicas y al final la usaron para favorecer intereses particulares en licitaciones millonarias, o los que permitieron la tala indiscriminada de bosques y la devastación del Darién y demás áreas reservadas para la cuenca del Canal.

Los responsables de las políticas económicas tendrán que salir de su zona de confort y descubrir cómo las poleas económicas pueden influir no solo en los factores de producción (tierra, renta, trabajo e inversión), sino también en los demás aspectos en los que se construye un país. Porque, al parecer, ya no es el PIB ni la inflación suficientes. Ahora se requiere empatía, credibilidad y honestidad por parte de las autoridades.

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