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10 de Dec de 2019

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Jorge Anel Samaniego Ríos

Columnistas

Así somos

Como con casi todo lo que me es grato, tiendo a exagerar mi dosis cotidiana de café so pretexto de cualquier cosa.

Café... me encanta el café. Su aroma, su sabor, es algo que en conjunto me proporciona placer. Inicialmente era para mí también sinónimo del amanecer, pero ahora lo he extrapolado a un significado de ‘momento grato' a cualquier hora del día. El café es a veces una excusa para una tertulia de corta duración, pero muy amena, entre amigos que por casualidad coincidimos todos los días, a la misma hora y en el mismo lugar para debatir temas de actualidad.

Como con casi todo lo que me es grato, tiendo a exagerar mi dosis cotidiana de café so pretexto de cualquier cosa. Por supuesto, ‘todo en exageración es malo', reza atinadamente el refrán.

Ya me comunicó mi dentista en mi más reciente visita que tenía algunas ‘manchitas' en los dientes, y las removió, pero que de seguir tomando demasiado café, el proceso no sería tan sencillo la próxima vez, y que requeriría de un procedimiento conocido como ‘blanqueamiento dental'. —¿Todo este enredo por unas tacitas de café? Pues venga, es que así soy— culminó mi cerebro.

Poniendo por escrito mi ‘affair' con el café, veo que tengo doble moral. Por un lado, disfruto bebiéndolo y las reuniones que su consumo generan, pero, por otro lado, sé que exagerar la dosis me puede acarrear gastos adicionales en mi cuenta de salud oral, y eso me preocupa, pues la situación actual demanda austeridad en la economía familiar.

Puedo concluir que el problema que menciono lo he creado yo mismo, pero quiero culpar a otros antes de aceptar mi responsabilidad en el asunto. Mi mente me hace ver que es culpa de los amigos que hacen grato consumirlo, que es culpa del dentista que me dice que hay manchas en mis dientes, o finalmente, es culpa del café por ser delicioso. Todo menos aceptar mi falta de control, mi irresponsabilidad.

Como colectividad hemos caído también en la doble moral. Acusamos abiertamente a los Gobiernos de haber llevado nuestro país al despeñadero, pero, ¿quién puso a esos políticos allí? ¿Acaso no fuimos nosotros mismos?

Acusamos a los extranjeros de ‘robarnos' el trabajo, pero cuando nos llaman para una oportunidad laboral, a veces consideramos que el esfuerzo es mucho y la paga poca, así que la dejamos pasar. No con esto digo que debemos aceptar ser explotados, no. Nadie debe sufrir explotación laboral. No obstante, a veces pecamos un poco de ‘frescos' e incumplidos en nuestras labores.

Las redes sociales estallan cada vez que salen imágenes de ríos de basura yendo sin obstrucción al mar. Salen muchos pandereteros a rasgarse las vestiduras en ese mundo virtual de la información, pero en la vida real, quizás sean esos mismos los que arrojan basura en las calles.

Más recientemente culpamos a la Asamblea Nacional del fracaso de una gestión de Gobierno que aún no ha comenzado. Nos hemos convertido en ‘adivinos' y al enterarnos de que un miembro del hemiciclo, conocido por sus malas prácticas, presidiría una comisión de importancia declaramos que el quinquenio presidencial que inicia fracasará, pues un solo individuo acabará con el país.

‘Es que así somos'. No. En Panamá no somos así. Así quieren que pensemos que somos, pero en realidad Panamá es un país pequeño que ha sabido aprovechar su estratégica ubicación para surgir. En Panamá hay gente valiosa, capaz de echar hacia delante. Los panameños somos gente de gran coraje, y cuando nos trazamos una meta nadie en el mundo puede superarnos. Para muestra, Mariano Rivera entrará en la historia como el primer jugador votado de manera unánime al Salón de la Fama. ¡Enhorabuena campeón!

Tenemos calidad. Tenemos capacidad. Levantémonos entonces. Hagámosle entender a los políticos y gobernantes que los panameños sabemos decidir nuestro futuro, que conocemos nuestros derechos, y también nuestros deberes. Que sabemos que así como ponemos diputados en el hemiciclo los podemos quitar. Recordémosle a los recién estrenados, a los salvados por cocientes y a los repetidores, que tienen responsabilidades que cumplir, y que si pretenden seguir actuando como reyezuelos, ‘se van'.

Actuemos con responsabilidad, pues si no actuamos, si nos limitamos a criticar sin meterle el hombro al país, si no cambiamos de actitud somos parte del problema. Si decidimos no hacer nada más que señalar, el fracaso del país no será culpa de nadie más que de nosotros mismos.

Hay que señalar las faltas que vemos, pero siempre es sano ver las carencias propias antes de criticar. Hagamos los cambios para bien en nosotros mismos, internamente, antes de evadir nuestra parte de culpa.

Así somos los panameños, un pueblo que cree en el progreso a través del esfuerzo, que no se achica ante los problemas. Unidos somos formidables.

Recuerden lo que le pasó a un gigante aquí por una tajada de sandía...

Dios nos guíe.

INGENIERO CIVIL, MIEMBRO SPIA COICI, SECCIONAL AZUERO, INSPECTOR JTIA.