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14 de Oct de 2019

Columnistas

Política: ¿hacia dónde vamos?

Uno de nuestros mayores retos, es cerrar la brecha de desigualdad y generar las condiciones de una mayor movilidad social. No en vano existe una correlación entre alta desigualdad y baja movilidad.

Uno de nuestros mayores retos, es cerrar la brecha de desigualdad y generar las condiciones de una mayor movilidad social. No en vano existe una correlación entre alta desigualdad y baja movilidad. Y en Panamá, cada vez más, ambas condiciones se reafirman. Hacer frente a ello, de manera responsable, valiente, comprometida, y sostenida como política de Estado, constituye una necesidad apremiante.

Desde mi óptica, la política debe ser para crear las condiciones y administrar los bienes de manera que se logre no un crecimiento en manos de pocos, sino un desarrollo como nación, cuyo beneficio repercuta sustancialmente en el mejoramiento de la calidad de vida de todos.

Sin embargo, a medida que nuestros retos como país y sociedad crecen, pareciera que nuestros políticos más se empequeñecen. Me refiero a su estatura moral y capacidad. Con el respeto a las excepciones: ¿Dónde quedaron los seres capaces, con vocación de servicio, amor y respeto a la patria, que sin ser perfectos eran dignos de que les confiáramos la administración de nuestros recursos, sistema judicial, y elaboración de políticas públicas? ¿Cómo terminó secuestrada por la ambición desmedida, egoísta y la gula de politiqueros y sus patrocinadores? De quienes son títeres y a quienes realmente sirven.

Se ha degenerado tanto la definición de político, que ha quedado reducida a personajes que van a hacer payasadas para llamar la atención, mientras se esfuman en nuestras narices el patrimonio de la nación, y los recursos producto del esfuerzo de las personas trabajadoras. Llegan a hacer “filantropía ególatra” (si pudiera llamarse así) que no es otra cosa que propaganda y clientelismo en cosas y acciones, que no cambiarán la condición de miseria o pobreza de quienes dicen ayudar, sino más bien la reafirman, y perpetúan.

A la política ha llegado gente que jamás sería reconocida por una distinguida labor y gestión en el sector privado o como emprendedor. Gente, cuyo sueño no es aportar para transformar positivamente el país, ni dar lo mejor de sí, sino estar mejor ellos. Punto.

Llegan, y se aferran, porque saben, que sus escasas o nulas capacidades y su ausente voluntad de mejorar y trabajar honestamente, les impediría lograr esa misma vida por sí mismos, fuera del poder.

Tampoco hace bien el que es capaz; pero es cobarde, y manipulable. Valdría la pena mayor valentía de los capaces y conscientes, para plantear donde sea, y sobre todo, en esos entornos y espacios de poder, cuando algo no se está haciendo bien. Y que los líderes, en vez de ofenderse, escucharan, reflexionaran, valoraran la sinceridad e hicieran los ajustes… Que no se pierdan en el placer efímero e insaciable de las odas, los aplausos, los halagos, las caricias al ego de interesados mediocres y oportunistas.

Que su acción y visión no sea o se haga miope. Que su norte sea visionario, aunque para algunos por desconocimiento o interés particular parezca iluso o les resulte incómodo. Que su anhelo y motor, sea aportar, cada uno desde su espacio y grado de responsabilidad su mejor legado al país, y al mundo.

Incluso y aún mejor, que así lo haya demostrado, no importa dónde, porque el amor, y compromiso por hacer las cosas lo mejor posible, se demuestra en todo. Tanto en la más mínima como en la más grande tarea y acción. Suena utópico; pero hemos tenido hombres y mujeres así.

¿Una depuración política, para cuándo?

Periodista