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18 de Oct de 2019

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Columnistas

Con el alcohol en las ruedas

La lata de cerveza vacía rodaba en el piso del Metrobús y se estrellaba con los bordes laterales del vehículo, según el movimiento de éste y las curvas que tomaba en su recorrido.

La lata de cerveza vacía rodaba en el piso del Metrobús y se estrellaba con los bordes laterales del vehículo, según el movimiento de éste y las curvas que tomaba en su recorrido. Alguno la tiró allí luego de consumir su contenido y quedó olvidada; quizás por los efectos de la pequeña cuota del licor o porque la mente se perdió en una enmarañada realidad que por lo general nubla el pensamiento cuando se consume alguna bebida espirituosa.

Este es un caso específico, pero hace pensar en la relación que existe entre quienes liban y su conducta en la vía pública. Es un peligro que se lleva a cuestas. Quizás, quien lanzó aquel envase vacío, salió trastabillando del transporte y se hizo vulnerable en las calles, o las escaleras del paso elevado; no precisó la línea de seguridad y se convirtió en una cifra de la estadística de fallecidos o heridos en un accidente de tránsito.

¿Y qué pensar de otros que estuvieron en una festividad o en un centro nocturno y se pasaron de copas antes de tomar su propio automóvil o 4 por 4 para regresar a casa? Hace unos días, uno de ellos fue a parar contra el coche donde iba una dama encinta con su esposo y cuñado; los tres murieron y quien causó el choque, quizás no fue consciente, porque el mareo del estado de embriaguez le impidió darse cuenta del funesto desenlace de la juerga.

Fui a buscar cifras de causales en los hechos de calles y carreteras. No encontré datos y conversé con una funcionaria del Instituto Nacional de Estadísticas y Censo sobre el particular. “No tenemos ese tipo de cuadros”, me dijo y recordé aquel ministro de Salud en la década de los noventa, cuando había precisado sobre el alto grado de sucesos ocasionados por la ingesta del alcohol y resultados fatales.

En aquella oportunidad y antes de aprobar una disposición que prohibía la publicidad sobre licores y cigarrillos, el ministro aducía sobre la incidencia de los primeros en los motivos de choques y casos fatales. No pudo convertir la medida en ley, porque jamás los diputados habrían de aprobar tal normativa. Se contentó con un tímido decreto, cuya promulgación afectó hasta los espacios informativos en los medios de comunicación.

Este es parte del problema sobre el consumo de bebidas y el tránsito. A menudo se observan imágenes en los noticieros de televisión sobre incidentes en que alguien, afectado por la parranda, es sacado de su lugar frente al timón en evidente estado de embriaguez y empieza a comportarse como bufón. Alguien lo filma y se convierte en espectáculo hilarante en las redes sociales y en el noticiero.

De allí no pasa el evento. Las cifras de sanciones por efecto del consumo “excesivo” son altas en un país como Panamá. Hay mensajes que tratan de evitar que quienes hayan pasado una buena jornada festiva y caigan bajo los efectos del caldo etílico, se sienten a manejar, porque son un proyectil en potencia. Pero la campaña de toma de conciencia es poco efectiva, así lo corroboran los indicadores de circunstancias adversas en el tránsito que se incrementan.

Un conjunto de factores tiende a agravar el asunto y existen múltiples condiciones que dificultan asumir con fortalezas este mal de bebedores que conducen. En ocasiones, las autoridades son demasiado permisivas. Aunque en los últimos años se han elevado las multas, no basta para alcanzar una comprensión clara y profunda sobre la gravedad del asunto. El saldo de víctimas es el claro ejemplo del peligro sobre todos.

Es necesario asumir con atención este riesgo que se cierne sobre la sociedad; acciones efectivas y mejores estrategias institucionales deben fomentar mayor responsabilidad colectiva.

Periodista