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21 de Jan de 2020

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Roberto Antonio Pinnock Rodríguez

Columnistas

Mitos de las pruebas internacionales y la educación clasista (I)

Las tres últimas semanas fueron abundantes en noticias que acusan el deterioro de nuestra sociedad, una de ellas referida a que Panamá se sitúa entre los últimos lugares en los resultados de la prueba PISA.

Los debates al respecto han servido para exacerbar pasiones favorables o en contra de la práctica docente y hasta vender argumentos pseudocientíficos que conducen a concluir que deben darse transformaciones, guiadas de la mano por el sector privado.

En cualquier caso, se pone en evidencia un razonamiento que imbuido de tesis falsamente críticas, tienden a ocultar el problema sustancial de la educación, este es, que en el fondo es resultado de una sociedad en la que los intereses de las clases que dominan el país, se contraponen a las de las mayorías y esto se traduce en los resultados que se observan en los aprendizajes de los estudiantes.

Recuerdo que hace más de 40 años reflexionábamos en mi universidad, una argumentación de Aníbal Ponce incluida en su obra cumbre: “La historia de la educación es, también, la historia de la lucha de clases. Esclavistas, señores feudales y empresarios capitalistas han orientado la formación de las nuevas generaciones hacia la obediencia y la eficiencia” (Ponce, 1976).

“No es que las susodichas pruebas no tengan algo que aportar, [...], el asunto es que se absolutizan sus bondades y se disimulan sus propósitos ideológicos recónditos”

A la sazón de esa premisa, podemos cuestionar que con mucha frecuencia se dice que nuestra educación pública no es de calidad. Empero, con poquísima frecuencia alguien se pregunta ¿de cuál calidad se refiere? y más aún, si ¿es la calidad de educación que forma a unos pocos para que sean dueños del país y al resto mayoritario para que obedezca las normas que permiten su despojo por aquellos? o si ¿es una calidad de educación liberadora y promotora del desarrollo auténticamente humano?

Las pruebas PISA añaden carbón a ese fuego, por cuanto que no he visto ni escuchado a ninguno de sus “analistas” locales que se pregunte si lo que estas evalúan ¿es lo que interesa conocer de nuestros resultados de enseñanza-aprendizaje para enderezar su dirección y sentido?

Por ejemplo, nadie parece advertir que lo que se indaga en las tres áreas específicas (lectura, Matemáticas y “Ciencias”) está orientado a evaluar capacidades de los estudiantes para enrolarlos en la aplicación de las ciencias y tecnologías a la producción, con un único sentido: el de generar riquezas acaparables por las élites nacionales y mundiales.

El primer indicio “inocente” de lo antes dicho lo encontramos en la concepción de “ciencia” y de “competencia científica” de las pruebas. Estas parten de la concepción harto superada de los siglos XVIII y XIX de que ciencia solo son las experimentales y estas son las naturales —y físico químicas— lo cual, en la práctica, conduce a razonar equivocadamente sobre los hechos sociales y culturales —la creciente violencia, las desigualdades sociales, el racismo, la explotación económica, la depredación de los bienes ambientales, incluso, las relaciones sociales conflictivas en una empresa—, de manera que queda a merced de las interpretaciones que le ofrecen las élites para seguir reproduciendo los mecanismos que provocan esos hechos y no reconocer las verdaderas vías de su superación. Por lo general, quienes razonan lo social como en la ciencias naturales, terminan interpretando los hechos como lo hacen las élites, fijándose solo en aquellos cambios que son para no cambiar.

A final de cuentas, lo que le preocupa a los gestores internacionales de las pruebas PISA, es viabilizar esfuerzos para que los países perfeccionen los procesos pedagógicos y sus entornos institucionales que los condicionan, pero —y aquí viene el pero— nunca para que estos asuman una calidad, un sentido liberador de los males sociales y culturales de nuestra época, por eso el razonamiento crítico de base antropológica, económica, política o sociológica, incluso histórica, se evade totalmente.

El asunto es que, si estos aspectos no son evaluados en sus correspondientes niveles, carecemos de criterios para orientar nuestra maltrecha educación en la dirección de una sociedad que achique las perversas brechas entre ricos y pobres y hacia un desarrollo ambientalmente sostenible.

No es que las susodichas pruebas no tengan algo que aportar, para identificar, por ejemplo, falencias en la lectura comprensiva, el asunto es que se absolutizan sus bondades y se disimulan sus propósitos ideológicos recónditos.

¿Serán cómplices de esto los docentes y tecnócratas de la educación panameña? Les prometo abordar esta cuestión en mi próxima entrega.

Sociólogo y docente de la UP.