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08 de Aug de 2020

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Ramón Fonseca Mora

Columnistas

Marx: el satanista

La secta satanista no es materialista. Cree en la vida eterna. Oulanem, la persona por quien habla Marx, no cuestiona el hecho de la vida eterna. Lo afirmó, pero como una vida de odio magnificado al extremo. Vale la pena notar que “eternidad” para los demonios significa “tormento”. Por eso Jesús fue reprochado por los demonios: “¿Has venido para atormentarnos antes de tiempo?” (Mateo 8:29).

Marx tiene la misma obsesión: “¡Ja! ¡La eternidad! Es nuestra desgracia eterna.

Muerte indescriptible e inmesurable.

Vil artificio concebido para despreciarnos.

Siendo nosotros mecanismos como relojes, ciegamente maquinales.

Hechos para ser los almanaques gastados del tiempo y el espacio.

Sin más propósito que acontecer; ser arruinados, para que haya algo que arruinar”.

Comenzamos entonces a comprender lo que le ha sucedido al joven Marx. Había tenido convicciones cristianas, pero no había llevado una vida compatible con ellas. La correspondencia con su padre da testimonio de su despilfarro de grandes sumas de dinero en placeres, y de sus constantes querellas con la autoridad paternal sobre ésta y otras cuestiones. Entonces, puede ser que haya sucumbido a las tentaciones y doctrinas altamente secretas de la Iglesia de Satanás (puede haber tenido otro nombre) y recibido los ritos de iniciación. Satanás es quien habla a través de sus adoradores en sus orgías alucinógenas. Así pues, Marx no es sino el vocero de Satanás cuando pronuncia en su poesía  “Invocación de un desesperado” las palabras: “Deseo vengarme de aquel que gobierna en lo alto”.

Veamos el final de Oulanem:

“Si existe Algo que devora, saltaré adentro, aunque lleve el mundo a su ruina.

El mundo que se dilata entre mí y el abismo,

lo destrozaré en pedazos con mis perennes maldiciones.

Estrecharé mis brazos alrededor de su cruel realidad.

Abrazándome, el mundo sucumbirá estúpidamente;

y entonces se hundirá en la nada absoluta.

Fenecido, inexistente; eso sería vivir verdaderamente”.

En Oulanem Marx hace lo que hace el Diablo: manda a toda la raza humana a la condenación. Oulanem es probablemente el único drama en el mundo cuyos personajes están conscientes de su propia corrupción, de la cual hacen gala y celebran con convicción. En este drama no hay blanco y negro. No existe Claudio ni Ofelia, Yago ni Desdémona. Aquí todo es negro y todos revelan aspectos mefistofélicos. Todos son satánicos. Todos están corrompidos y condenados.

Cuando escribió estas cosas, Marx, genio prematuro, contaba con dieciocho años. El programa de su vida ya estaba establecido. Ni una palabra sobre servicio a la humanidad, el proletariado o el socialismo. Deseaba llevar el mundo a la ruina. Deseaba construirse un trono cuyo baluarte fuera el miedo humano.

En esta etapa encontramos algunos pasajes enigmáticos en la correspondencia entre Karl Marx y su padre. Escribe el hijo: “Ha caído el velo. Mi Lugar Santísimo se ha dividido en pedazos, y nuevos dioses han tenido que ser instalados”. Estas palabras fueron escritas en noviembre 10, 1837, por un joven que hasta ahora había profesado ser cristiano. Antes, había declarado que Cristo estaba en su corazón. Ahora ya no era así. ¿Quiénes son los nuevos dioses instalados en su lugar? El padre replica: “Me cohibí de insistir en una explicación sobre un asunto muy misterioso, aunque parecía algo bastante dudoso”. ¿Qué era ese “asunto misterioso”? Hasta ahora ningún biógrafo de Marx ha explicado estas extrañas frases.

En marzo 2, 1837, el padre de Marx escribió a su hijo: “Tu progreso, la amada esperanza de ver tu nombre de gran reputación algún día, y tu bienestar terrenal, no son los únicos deseos de mi corazón. Estas son ilusiones que mantuve por mucho tiempo, pero te aseguro que su realización no me hubiera hecho feliz. Solamente si tu corazón permanece puro y late humanamente, si ningún demonio puede apartar tu corazón de los buenos sentimientos, sólo entonces seré feliz”. ¿Qué hizo que este padre de repente expresara el temor de una influencia demoniaca respecto a su joven hijo, quién hasta entonces había confesado ser cristiano? ¿Serían las poesías que recibió como regalo de su hijo cuando cumplió sus 55 años?

La que sigue es una cita tomada del poema de Marx sobre Hegel:

“Palabras enseño, enredadas en endiablada confusión.

Así pues, cada uno piense lo que quiera pensar”.

En su poesía La doncella pálida, escribe: “Por tanto, el cielo he perdido.

Eso yo bien lo sé.

Mi alma, otrora fiel a Dios,

seleccionada está para el infierno”.

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Abogado y escritor