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21 de Sep de 2020

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Enrique Jaramillo Levi

Columnistas

En la literatura cerrar los ojos no es una opción

“[...], lo inverosímil se torna verosímil en manos de escritores talentosos. [...], porque la vida actual es así. Eso solo ocurre con talento literario genuino [...]”

Evidentemente, una cosa es redactar un texto y otra muy diferente hacer de dicho texto una escritura creativa, artística incluso. Si bien lo segundo no es posible si no existe una férrea corrección en lo primero, ser creativo al escribir implica un alto grado no solo de sofisticación en el uso mismo del lenguaje, sino en los conceptos que vibran tras una escritura pletórica de vitalidad imaginativa.

Y es precisamente esa imaginación, ese ingenio, esa capacidad de asociar significados y de sugerir implicaciones en un texto inventado por el talento de un escritor, lo que le da su aspecto literario; es decir, creativo.

Si bien lo antes señalado parece obvio cuando se piensa a fondo las cosas, no siempre lo es tanto. Entre otras razones, porque en literatura siempre hay mucha tela de donde cortar. Y esa tela no está hecha nada más de lenguaje puro y duro —tipo diccionario—, sino de implícitos conceptos subterráneos, de sugerencias, de insinuaciones, de ironías, de todo un mundo lúdico que juega con el lector como antes lo hizo con el escritor.

Así, de este modo, para un lector atento, se podrá ir descubriendo sentidos nuevos, a veces secretos, incluso inauditos, al igual que maneras nuevas de describir la realidad vía la imaginación, o viceversa: descubrir linderos novedosos de la imaginación a través de la nominación de objetos, personajes, situaciones que a simple vista se toman como absolutas certezas.

En otras palabras: escribir un cuento o una novela implica crear un mundo sencillo o complejo, plano o denso, pero siempre verosímil, que antes no existía. Pero por más fantasiosos o ingeniosos que sean los planteamientos que en primera instancia proponga el escritor, lo expresado en dichos textos debe ser en primer lugar verosímil.

Es decir: creíble, dado el mundo en que ha sido creado el cuento o la novela. Un mundo en el que nos hemos acostumbrado a lidiar con cosas concretas, tangibles, no con abstracciones ni con metáforas que sugieren nuevos planteamientos quizá poco comunes. Planteamientos que nos obligan a pensar más allá de lo fácil, más allá de nosotros mismos. Y lamentablemente, no son precisamente multitudes los lectores que tiene esa predisposición.

Hay quien le dice a uno: yo solo leo —si es que lo hago porque ya casi no tengo tiempo— para entretenerme. La vida es ya lo suficientemente complicada, contradictoria, sufriente, para que un texto literario me ponga a sufrir más, me complique de forma adicional la vida. Y por supuesto, es explicable. Cada quien su vida, sus gustos, sus apetencias. Pero resulta que esa es la razón verdadera por la cual las novelas y los cuentos cada día crecen en complicidad, en densidad, y también en experimentación formal: como la vida misma.

Los mundos idílicos hace mucho quedaron atrás. Hoy en día, lo inverosímil se torna verosímil en manos de escritores talentosos. Entre otras razones, porque la vida actual es así. Eso solo ocurre con talento literario genuino, y con acuciosos lectores sensibles. No en balde señala el Premio Nobel peruano Mario Vargas Llosa que “en literatura, lo realmente literario de una obra no es lo que se refleja de la realidad, sino lo que le añade —quitándole o agregándole— en la ficción: el elemento añadido.”

Cerrar los ojos a la realidad no es una opción, ni siquiera en la poesía o en los géneros narrativos en los que el vuelo imaginativo y la creatividad ficcional ocupan sitios esenciales, transformadores de conciencia en la sensibilidad del lector.

Escritor