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03 de Jun de 2020

Berna D. Calvit

Columnistas

Reencuentro con recuerdos

Hace 21 años escribí el artículo “Entre musas, betún y plancha” en el que decía que “Cada quien combate el estrés y las preocupaciones como mejor puede”.

Hace 21 años escribí el artículo “Entre musas, betún y plancha” en el que decía que “Cada quien combate el estrés y las preocupaciones como mejor puede”. A algunos les da por ir de compras, a otros por cocinar o buscar refugio en la oración; pero lo mío era lustrar los zapatos y planchar. En mi juventud lustrar zapatos era, por órdenes maternales, tarea sabatina inescapable para mí, la niña de la casa, y también para mis hermanos; y planchar a la perfección bajo la mirada severa de mi madre fue también aprendizaje obligatorio. Años más tarde, ya sin la vigilancia maternal, seguí haciéndolo como “terapia ocupacional”, que aconseja “Ocúpate, no te preocupes”. Hoy, otro largo día con muchas horas que parecen multiplicadas por el aislamiento obligado, en vez de betún, cepillo o plancha me decidí por sacudir el polvo en el mueble que acomoda los libros y en el que a lo largo de los años he ido acumulando algunas fotografías y objetos. Y lo que empezó como tarea doméstica para distraerme mientras llega la hora del sueño se convirtió en un reencuentro con dulces recuerdos. Allí, esas pequeñas conchas de caracol y vidrios pulidos por la acción de las arenas me llevaron de vuelta a la visita a Taboga, de mi nieta entonces de 5 años; corría por la playa buscando vidrios de colores azul, ámbar y verde que guardó como un tesoro que después me regaló; y allí están en un envase de cristal con mi nombre, regalo allá por los años 80, de una mujer a quien admiro. La pequeña rana verde de papel maché que me sirve para guardar una pequeña llave, vino de Cuba en la maleta de una joven soñadora y artista, hoy madre y abuela, que sigue siendo mi niña, ahijada y sobrina. Un trozo de madera oscura, larga y angosta, (que más parece culebra), era en la imaginación de mi nieto, entonces de 6 años, un lagarto que encontró en Isla Grande, regalo que me hizo con mucha solemnidad. El pajarillo azul con pico rojo salió de las manos de un artesano en un mercado de San José, Costa Rica, regalo de una extraordinaria mujer que hace años se despidió de este mundo sin que se haya ausentado de mi vida. Como custodio de los libros que cuentan mi travesía en la lectura, está la fotografía del que fue mi fiel compañero durante 10 años, Bruno, el “chihuahua de Alaska” que no resultó ser muy chihuahua y mucho menos de Alaska, sino de las vecindades de Curundú. En otra parte del mueble, una pieza de barro vidriado, la figura de una madre con su bebé en brazos, es preciada artesanía regalo de una amiga dominicana a quien yo le imitaba a las mil maravillas el “cantaito” de su hablar; esa madre es la custodia de los libros escritos por mujeres.

Vivo rodeada de gatos; sí, pequeños gatos de madera, cristal, cerámica, bronce, de muchos y variados materiales; coquetos gatos azules, plateados, multicolores; gatos sentados, acostados, parados; gatos pisapapeles, portarretratos, llaveros, letreros, etc. Son gatos que me atan a uno de mis hermanos que se adelantó en la partida; cada una de esas piezas tiene un recuerdo diferente, todos con el amor con que me los obsequió; hasta el gatito de la fortuna, el “llama la plata” que mueve la manita al que mi hermano ausente olvidó, según los resultados, decirle cuál era su misión en mi casa. ¿Y esta muñeca? me preguntan los que la ven sentada junto a los diccionarios. Esa, les digo, es la primera muñeca que tuvo mi nieta en su cuna de recién nacida; suave como algodón color rosa me acompaña desde hace casi 25 años acortando distancia con mi única nieta, lejana pero siempre cercana en amor. ¡Ah, las fotografías! Hijos, nietos, hermanos, sobrinos, amigas y un bisnieto que hace un año se sumó a la galería de mis amores. Y allí están para acompañarme y recordarme alegrías, celebraciones, sus triunfos, todo con lo que han enriquecido mi vida.

El título del programa musical de Pete Romero llamado “Recordar es vivir” es apropiado en este viaje de recuerdos en abril de 2020 que nos mantiene sumidos en inevitables preocupaciones, temores, incertidumbre y para muchos en el mundo entero, con dolor profundo. Volver a los recuerdos gratos es bálsamo, refugio para cuando el hoy está nublado. Por eso, vaya a perseguir recuerdos gratos de familia, de amores, de celebraciones. Abra el álbum y repase los rostros de los seres queridos. Para hacerlo no necesita dinero. Deje entrar el aire fresco y liviano de recuerdos que disipen los nubarrones temporales. El final de mi terapia ocupacional fue que más que sacudir de polvo el librero pasé horas mirando fotografías, mientras desde su lugar el caracol, la rana, el lagarto, los vidrios de colores, los gatos, me llevaron al teclado para contarles que viví un bello día en este abril 2020.

Comunicadora social.