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26 de May de 2020

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Orlando Goncalves

Columnistas

Siguen sin escuchar

En noviembre del año pasado, motivado por las protestas sociales que suscitaron en varios países escribí un artículo titulado “Las explosiones sociales, llegaron para quedarse” y, en el mismo escribía lo siguiente:.

En noviembre del año pasado, motivado por las protestas sociales que suscitaron en varios países escribí un artículo titulado “Las explosiones sociales, llegaron para quedarse” y, en el mismo escribía lo siguiente:

“Con una valoración razonada podemos decir que los ciudadanos han llegado al límite, perciben que el sistema democrático no está ofreciendo las respuestas y soluciones a sus requerimientos, por lo tanto, al sentirse al límite, explotan” y, también escribí “Las sociedades deberán mentalizar que, el cambio climático es un problema global, pero, también tendrán que acostumbrarse a estas explosiones sociales en la medida que no haya solución a la desigualdad social, es un fenómeno que amenaza con convertirse en problema global”.

Con esta pandemia, la posibilidad de que surjan protestas sociales, revueltas y, hasta cambios de regímenes o revoluciones está latente. Mucho se ha dicho que el COVID-19 nos afecta a todos por igual, pero, la realidad nos está indicando otra cosa. Las clases sociales más vulnerables, las más desposeídas, si antes de la pandemia, no la pasaban bien, ahora es peor. El aislamiento físico –que pareciera ser la medida más eficaz para desacelerar los contagios y por ende las muertes- es fácil decretarlo, pero, para las familias pobres, sin ahorros, que viven de lo que diariamente logran obtener, al estar encerrados, sin producir, si no reciben apoyos gubernamentales, pues la pasan peor que hace meses.

Por ejemplo, la Organización Internacional del Trabajo -OIT-, a través de su director general, Guy Ryder, advirtió que la pandemia destruirá 195 millones de empleos en todo el mundo y reducirá drásticamente los ingresos de otros 1250 millones de personas y, fue más allá al decir “Los trabajadores y las empresas se enfrentan a una catástrofe, tanto en las economías desarrolladas como en las que están en desarrollo”.

Lo interesante de esta declaración es que pone en un mismo párrafo a los trabajadores y las empresas, es decir no separa al ser humano de la empresa, pues uno sin el otro no es nada y, pareciera que algunos Gobiernos privilegian a unos sobre otros, sin entender que es una relación bidireccional, donde cada uno cumple una función. Así que, “decretar” el confinamiento, no es suficiente. Si esa medida no viene acompañada con planes concretos de auxilio a la población y a las empresas, será tinta muerta.

Por otra parte, cuesta entender cómo el Parlamento de un país aprueba una ley de moratoria que ayudaría a los ciudadanos a tratar de sobrellevar la carga de esta crisis y el Ejecutivo sencillamente la ignora y ni siquiera opina, mucho menos le coloca el ejecútese. Difícil también de comprender cómo el Gobierno de otro país se salta a la torera ciertas limitantes que le impone la Constitución a la hora de establecer el decreto de estado de emergencia y comienza a emitir decretos ejecutivos, que, además de estar fuera de su competencia, están buscando favorecer a grandes conglomerados empresariales, dejando de lado al ciudadano.

Entendamos que, antes de la pandemia, la mayoría de los ciudadanos de nuestra región era pobre -o en el mejor de los casos, clase media empobrecida- y, ahora, con esta crisis económica, lo será muchos más, por lo cual las tensiones sociales van a llegar a tales niveles que, la soga reventará y, posiblemente veamos nuevamente explosiones sociales, pero, esta vez, serán más violentas, con consecuencias más trágicas y, de suceder eso, entonces la pregunta sería si ¿fue correcto enfocarse solo en los ciudadanos, o solo en las empresas?

La respuesta pereciera obvia. Las empresas no funcionan con cadáveres, al igual que a los ciudadanos no les servirán empresas cadavéricas, así que ese falso dilema entre economía y vida debería quedar desterrado. Sin vida, no hay economía y, nos guste o no, sin economía, tampoco habrá buena calidad de vida.

Es hora de que los liderazgos de cada país comiencen a pensar con más audacia, pero, entendiendo que un problema global, requiere soluciones globales, por lo cual, además de hacerlo de manera pragmática, entiendan que cada país puede tener sus propias características, pero los problemas subyacentes que enfrentamos, incluida la desigualdad, la pobreza, están presentes en muchos de nuestros países y ninguno está exento de que la población estalle con unos niveles de desesperación sin precedentes.

Esto no se trata de decretos. Los decretos no resuelven los problemas. El diálogo permanente con todos los actores de la sociedad, las decisiones consensuadas y que busquen el mayor bienestar para todos, eso, sí puede ayudar. Es hora de escuchar y sacar lo mejor de todos nosotros para superar juntos esta crisis.

Consultor político; en Twitter: @orlandogoncal.