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10 de Jul de 2020

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Eduardo Antonio Quirós B.

Columnistas

Sal a la herida

No es fácil tomar partido en esta antiquísima discusión. Desde que esta frase se acuñó, hay quienes piensan que hacerlo agrava el dolor, otros que ayuda a cicatrizar rápido

No es fácil tomar partido en la antiquísima discusión sobre si conviene o no echar sal a la herida. Desde que esta frase se acuñó, hay quienes piensan que hacerlo agrava el dolor, otros que ayuda a cicatrizar más rápido.

También se aplica esta expresión para describir la intención de hacer peor una desgracia.

Percibo, un poco, este mismo debate ante la realidad de la pandemia. La situación que enfrentamos pone de manifiesto una crisis sanitaria que, por su magnitud, se transforma en una crisis de múltiples dimensiones. Inicialmente, aun cuando todavía no podemos prever cuando se “aplana o disminuye la curva”, estamos ante una enfermedad cuya primera forma de contención ha sido el encierro y, como consecuencia, la paralización de nuestra forma normal de vida en sociedad, conllevando a una crisis económica, indudablemente social y otras que vendrán.

Mayoritariamente, la reacción inicial de los ciudadanos -ha sido igual en todos los países- es acatar las directrices de las autoridades y, cumpliendo las limitaciones, aportar su grano de arena a disminuir los contagios. Sin embargo, el transcurrir del tiempo, que producto de las propias restricciones de movimiento, da la impresión de ser más largo, empieza a abrir otras actitudes y reacciones y estas van en la dirección de involucrarse más, preguntar, cuestionar y criticar las decisiones de quienes rigen la cosa pública.

Habrá quienes digan, no es el momento, ahora todos debemos remar en la misma dirección y las voces que no aportan, perjudican. La tentación natural de este o cualquier Gobierno o de quien tenga autoridad en una empresa u organización sería apuntarse a esta posición e intentar eliminar los cuestionamientos o críticas.

Aquí es donde hay que reivindicar todo lo contrario. Aunque la situación es altamente compleja y lo que venimos enfrentando será todavía más difícil en el futuro próximo, nuestra cuarentena no limita nuestros derechos ciudadanos y el deber cívico de participar en el devenir de nuestras comunidades y país.

¿Y qué hacemos con los señalamientos malintencionados, oportunistas o motivados por intereses subalternos? No hay que angustiarse ante ellos. Hoy, el ciudadano tiene herramientas suficientes para detectarlos y rápidamente desecharlos.

Aunque parezca un lugar común, ante una pandemia no hay que poner en cuarentena la libertad de expresión, antes promover que todo ciudadano se exprese y participe. La inmensidad del reto nos requiere y exige a todos.

Hay que preferir una opinión descarnada y opuesta, que una lisonjera o eco de la propia. De la primera, hay probabilidades que nos ayude a cumplir mejor nuestras responsabilidades; de la segunda, se podrá obtener muy poco.

Habría que mencionar, sobre todo en el contexto de las redes sociales, que ciertamente no debe tener igual impacto un comentario de quien se identifica y pone nombre y rostro a su apreciación, que aquel que proviene de un anónimo.

Gobierno, empresa, institución social o cualquier organización enfrentada al enorme reto que tenemos por delante, tiene en el espíritu crítico y la racionalidad analítica buenas herramientas para repensar el futuro. No es complicado. Amerita hacer un alto, escuchar, atender a quien piensa distinto y no asumir la posición propia como definitiva. Nadie tiene la verdad absoluta ante una tragedia que la última vez que ocurrió no nos transportábamos masivamente en aviones ni existían los teléfonos inteligentes.

La rendición de cuentas, de los funcionarios o corporativa, implica prestar atención a los cuestionamientos. Hemos visto cómo, alrededor del mundo, gobernantes, ministros, responsables concurren, día tras día, a comparecencias públicas o conferencias de prensa a proveer noticias, explicar sus decisiones y contestar preguntas. No hay duda de que, ante crisis inmensas, el derecho de acceso a la información de los ciudadanos magnifica su importancia.

Después de todo, buen momento para redimensionar el valor de los medios de comunicación como plataformas para expresarse, el rol de la oposición en las democracias, la importancia de la participación ciudadana organizada en la sociedad civil o individualmente, la significación que le damos a los compañeros de trabajo, la forma en que escuchamos a nuestros clientes, incluso, la forma en que escuchamos a nuestros mayores.

Todos queremos saber qué vendrá después. No es momento de suavizar la realidad ni de pretender normalidad. La única forma en que podremos anticipar el futuro, personal o colectivamente, será reflexionando y la reflexión exige el contrapunto. Así que en esta parece que sí vale echar sal a la herida.

Presidente del Grupo Editorial El Siglo - La Estrella de Panamá.