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14 de Jul de 2020

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Rafael Carles

Columnistas

Todo es una quimera

“[…] lo único seguro es que no hay nada seguro y lo que llamábamos seguridad o independencia energética es una ilusión. Porque no existe cuando escasea y tampoco existe cuando hay demasiado”

Durante años el mundo entero ha temido las consecuencias de quedarse sin petróleo. Y debido a la pandemia, ahora tenemos demasiado. El pasado 20 de abril sucedió algo nunca visto: el precio por barril del West Texas Intermediate para entregas en mayo pasó en cuestión de horas de $14 a menos de cero. Y saber que solo unos años atrás el precio llegó hasta $147.

¿Cómo así que ahora nadie quiere el bien más preciado en la Tierra y hay quienes son capaces hasta de pagar para deshacerse de él? La razón por la que nadie quiere petróleo en estos momentos es porque nadie lo está usando: la gente no está manejando, los aviones no están volando, los cruceros no están navegando y la industria no está quemando tanto combustible como antes. Y, sin embargo, el mundo sigue produciendo petróleo a una tasa de 30 millones de barriles por día más de lo que estamos consumiendo. Y hemos llegado al punto en que estamos inundados de crudo.

La pandemia básicamente destruyó la demanda de petróleo en el mundo. Y aunque este es un problema presente, sus semillas se remontan al pasado. En 1973, Siria y Egipto invadieron los Altos del Golán y la orilla oriental del Suez, y atacaron a Israel, y casi lo invaden, hasta que los Estados Unidos decidieron enviar una cantidad masiva de armas a Israel. Esto hizo que muchos de los países árabes productores de petróleo en el Medio Oriente se molestaran, y lo mejor que se les ocurrió como represalia fue usar su petróleo como arma política para infligir un embargo de petróleo a todos los países occidentales que estaban ayudando a Israel.

La gente de nuestra generación recuerda lo ridículo que fue todo esto. Un problema político se convirtió en un problema económico y los precios se dispararon, afectando la economía gravemente. Los Estados Unidos acababan de perder la guerra en Vietnam y no tenían siquiera un suministro seguro de petróleo, y dependían de los países árabes para su suministro. De este primer trauma surgió un sueño, que era convertir a los Estados Unidos en un país independiente del petróleo árabe para 1980. Se elaboró una serie de planes y establecieron objetivos para garantizar esa seguridad energética. Así fue como se construyó un oleoducto a través de Alaska en 1977 y se creó el Departamento de Energía en 1978.

Pero un segundo trauma apareció en 2001 con el ataque al World Trade Center que convirtió repentinamente al Medio Oriente en una zona inestable, y sumado al aumento de la demanda por la incursión de China en los mercados, los precios del crudo se dispararon y llegaron a un máximo de $147 por barril en 2007. Aquí en Panamá los precios de gasolina sobrepasaron los $4 por galón y la gente estaba molesta porque el mundo había caído nuevamente en las manos del petróleo árabe que además era muy costoso.

Y sucedió entonces algo milagroso. A un texano petrolero, llamado George Mitchell, que había estado experimentando durante años con la fracturación hidráulica, se le ocurrió la idea de perforar horizontalmente a través de las capas de roca y comenzó a liberar enormes cantidades de petróleo en los campos que las grandes compañías petroleras habían desistido años antes. Gracias a la tecnología de “fracking”, los Estados Unidos son hoy día los mayores productores de petróleo del mundo, con más de 10 millones de barriles por día, suficientes para alcanzar ese sueño de independencia energética.

Sueño que, hasta hace un par de meses, a nadie se le hubiera ocurrido que un virus lo iba a hacer añicos. La pandemia repentinamente destruyó la demanda de petróleo y ahora tenemos un nuevo trauma: nadie consume en medio de la cuarentena y lo que se produce no hay espacio donde almacenarlo, con lo cual resulta mejor pagar para que alguien lo guarde. Esto explica la realidad de los precios negativos ese lunes 20 de abril y de los precios bajos por un buen tiempo.

Debido a las complejidades de la industria petrolera, no es tan simple dejar de producir crudo de la noche a la mañana. Nadie anticipó que una pandemia podía destruir la demanda y nadie tampoco tiene culpa de nada. Pero ahora tenemos un mundo con un nuevo problema y se necesitan nuevas soluciones para diversificar nuestro suministro de energía. La masificación de autos eléctricos es una posibilidad, al igual que el uso de las energías solar y eólica. Sea como sea, lo único seguro es que no hay nada seguro y lo que llamábamos seguridad o independencia energética es una ilusión. Porque no existe cuando escasea y tampoco existe cuando hay demasiado. Ciertamente, hay que seguir buscándola, para que, cuando llegue el próximo trauma, lo podamos enfrentar mejor.

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