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13 de Jul de 2020

Julio César Caicedo Mendieta.

Columnistas

Fumigar las ciudades desde el cielo, como si fueran campos de coca o de arroz

Hace 400 años a. C. , Hipócrates, Galeno y Tucídides escribieron sobre las pestes y sus escritos me obligan a pensar si algún científico de hoy, que no sea de la OMS, pueda someter a prueba fumigar con algo adecuado desde los cielos de manera que se pueda controlar la pandemia que nos acomete y superar la única y “brillantísima” propuesta en el 2020 d.

Hace 400 años a. C., Hipócrates, Galeno y Tucídides escribieron sobre las pestes y sus escritos me obligan a pensar si algún científico de hoy, que no sea de la OMS, pueda someter a prueba fumigar con algo adecuado desde los cielos de manera que se pueda controlar la pandemia que nos acomete y superar la única y “brillantísima” propuesta en el 2020 d. C. de lavarse las manos y quedarse en las casas esperando “la pelona”.

Tucídides describió la peste de Atenas, aquella que mató a miles, incluyendo a Pericles y sus dos hijos, Paralus y Xantiques, como procedente de Etiopía y que se produjo por las grandes aglomeraciones de las ciudades, debido a los calores y a la descomposición de los muertos insepultos de las guerras.

En el mismo tema, Hipócrates escribió en su tercer libro de las epidemias que consideraba como causa de las pestes el estado del aire y los cambios de estación. Galeno fue más allá y proclamaba la influencia de los calores, el estado pútrido de la atmosfera, ocasionado por la descomposición de materiales orgánicos.

Me pregunto cuánto costará fumigar tres veces al año todas las ciudades desde al aire, como si fueran campos de guineo, de coca o arroz. Dudo que tres fumigaciones al año cuesten más que una bomba de racimos o que un millón de granadas.

Bueno, mientras rebusco en internet los procedimientos sanitarios que utilizan los grandes criadores de gallinas en Panamá y algunos en estados norteamericanos, por favor, lean un momentito un corto relato que le debo a la poetisa María Olimpia Savater que, en palabras suyas, no se explica cómo un citadino mandador de flores como Julio César Caicedo Mendieta se haya acostumbrado a vivir en un lugar hermoso, sí, pero, según ella, “donde al diablo se le perdió una de las chancletas”.

Sucedió, hermosa poetisa Savater, que una vez jubilado decidí vivir en el campo, ya cumplo 15 años, 14 de haber dejado los puros, cinco las picaduras de tabaco y uno de haber archivado una réplica de la pipa de mazorca que lució el general Douglas MacArthur en Filipinas, durante la Segunda Guerra Mundial, me ha costado mucho dominar la ansiedad en los campos y montañas de La Pintada y no me quedó más remedio que (haced lo que vieres), como dice la Biblia, y convertirme en: ingeniero motetero, jardinero de pulla, criador de gallinas de patio, escucha de los campesinos afectados por los coyotes, escucha de los relatos de las peleas a palos de los bailes en aquellos tiempos de las guarichas y, cómo en un río de nombre Potrero se han ahogado más de 30 lugareños, 14 reses y 5 caballos en los últimos 50 años.

Y acá estoy, todas las tareas las termino demasiado rápido y a la 1 p. m. no tengo más nada que hacer y entonces el resto del día se lo dedico a cualquiera de las hamacas a pensar en la “mortandad de los sapos” y a cavilar profundamente en lo que está pasando aquí y en el mundo. “Chao”.

Economista y escritor.