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15 de Jul de 2020

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Jorge Anel Samaniego Ríos

Columnistas

¿Bailamos?

“Es el momento de que los gobernantes y los inversionistas miren hacia “más allá del puente”. Ya hay inversionistas visionarios que se han ido alejando del bullicio […]”

La crisis está pasando, Gracias a Dios. Con el apoyo de aquellos buenos ciudadanos que han cumplido las recomendaciones, y con la ayuda de los estamentos de seguridad que se han encargado de controlar a aquellos que, cuales chiquillos malcriados, no han sabido acatar indicaciones que son para asegurar su propio bienestar, se han mantenido las cifras de nuevos infectados sin llegar a cantidades que sobrepasen la capacidad reactiva del sistema de salud.

Al darnos cuentas de que las cifras son realmente seres queridos para una Familia panameña, nos enfrentamos a la realidad de que una sola defunción suena bien como estadística, pero para aquellos que perdieron a un familiar, esa estadística es tan buena como nada.

El Ministerio de Salud ha hecho lo posible para evitar que la pandemia arrasara con la población, pero debemos tener claro que una pandemia es un asunto que no se puede controlar. A mucho esfuerzo se maneja, con el propósito de que el daño que cause sea el menor posible, y con las limitaciones que nos vemos enfrentados como país, no puedo sino preguntarme qué habría pasado si todo el dinero de las megaobras de salud se hubiera invertido en los proyectos, y no hubiera ido a parar a los bolsillos de los bellacos de siempre, mismos que hoy siguen gozando de libertad, y de aquello que hurtaron, en una clara bofetada a los panameños que nos esforzamos cada día.

Definitivamente que una Ciudad Hospitalaria funcional, o como quieran llamarla, no habría evitado la pandemia, pero sí habría provocado un sentimiento de relativa calma a la población que vería en sus estructuras la posibilidad de tratamiento y alivio en caso de una infección, para sí mismos o para sus familiares. Que el temor de infección se extiende más allá de nosotros mismos.

Y más, si los miles de millones birlados al Estado se hubiesen utilizado como fueron pensados, en obras y en educación tendríamos un país que seguiría siendo víctima del contagio, pero que contaría con más herramientas para atravesar esta crisis de mejor manera. Recordemos el daño que nos hacen los malhechores empoderados que hemos elegido para gobernarnos. Y es que ese jamón, esos B/.10.00 que son suficientes para que el panameño clientelista, que abunda, se incline ante los que están llevando al país al abismo nos afectan a todos. Puedo decir orgullosamente que la mayoría de los candidatos de mi predilección quizás no llegaron a ocupar puestos políticos, pero no voté por ningún corrupto. A eso debemos aspirar.

No me estoy desviando, no. Ahora estamos en este baile y ya una pequeña mayoría eligió a aquellos que controlarán la música por los próximos años, a los buenos y a los malos, así que tenemos dos opciones.

La primera es generar soluciones creativas para “tirar” pasos en la pista.

La segunda es sentarnos a criticar el baile, sumando a las hordas de eruditos de la nada, quienes, en vez de resolver, ofrecen un nuevo problema a cada solución planteada.

El alto contagio, que es una de las características de la actual pandemia, nos ha dejado claro que las ciudades densamente pobladas son los mayores focos de infección. Así, a pesar de contar con las mejores infraestructuras viales, es casi imposible moverse, ya que movilizarse implica estar demasiado cerca el uno del otro, aumentando la probabilidad de caer enfermos y sumar a las estadísticas.

La Ciudad de Panamá creció limitada por fronteras que determinaron su peculiar distribución. Por un lado, el mar. Por otro lado, la antigua Zona del Canal. Estas fronteras, sumadas al hecho de que solo un puñado de Familias eran las propietarias de los terrenos disponibles y los desarrollaban como mejor les parecía, sin considerar el crecimiento de la Ciudad, sin un planeamiento que no fuera la mejor posibilidad de venta de sus desarrollos, resultaron en las calles curvas y avenidas demasiado cortas que hoy conocemos los que sufrimos el tráfico, pero que hemos llegado incluso a apreciar. Así es mi Panamá. Demasiada en gente, en muy poco espacio.

Repensar nuestra normalidad implica hacer los cambios necesarios para que, en un futuro evento, podamos responder de mejor manera.

¿Por qué tanta gente quiere vivir en la capital? Fácil. La posibilidad de conseguir un trabajo nos empuja hacia la capital. No es fácil ganarse la vida en las provincias. Unos pocos rebeldes nos hemos establecido fuera del centro urbano, pero somos pocos. No hay demasiado trabajo, pero la calidad de vida que se goza hace que las limitantes económicas sean tolerables.

Recientemente, notamos que esa misma calidad de vida que se goza en el interior del país, en mi caso, también ha representado una baja tasa de contagios en provincias. Gloria a Dios.

Se cae por su peso el hecho de que la menor cantidad de población y los espacios amplios permiten un aislamiento social que no se sufre tanto como en un edificio de apartamentos. Acá la gente se saluda de patio a patio, o incluso conversa con sus vecinos a más de cinco metros de distancia. Vaya lujo que ha resultado vivir en “el campo”, como nos dicen los capitalinos. Acá tenemos todo lo necesario para vivir con las comodidades de la vida moderna, y sin la cárcel del tráfico. También tenemos la posibilidad de crecer de manera ordenada, pues hay espacio.

Es el momento de que los gobernantes y los inversionistas miren hacia “más allá del puente”. Ya hay inversionistas visionarios que se han ido alejando del bullicio y del estrés del tranque, y no quieren volver.

En el preludio de la nueva normalidad, hacer que la inversión sea menos complicada en el interior debe ser una de las metas a corto plazo. Desarrollos residenciales y empresariales deben poder generarse con la ayuda de la banca y del Gobierno. Empresas con sus estructuras fuera de la capital podrían seguir laborando, cumpliendo con los requisitos sanitarios, manteniendo un ambiente laboral saludable para sus colaboradores activos, haciendo que la empresa se mantenga productiva.

A la luz de esta posibilidad, urge que nuestras Autoridades Locales se mantengan vigilantes para que se modernicen las normas constructivas, las zonificaciones y se cumplan las normas ecoamigables que mantengan nuestro campo bonito y sano como está.

Al Gobierno: en el resto del país también se hace Patria.

¿Bailamos entonces?

Dios nos guíe.

Ingeniero civil, miembro de SPIA-COICI, Seccional Azuero e inspector de la JTIA.