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25 de Oct de 2020

Omar Jaén Suárez

Columnistas

Los desafíos de la geopolítica y Panamá

Hace un tiempo afirmé: “Panamá es una potencia, pero no lo sabe”. Lo supo por lo menos en momentos claves de nuestra historia del siglo XX.

Hace un tiempo afirmé: “Panamá es una potencia, pero no lo sabe”. Lo supo por lo menos en momentos claves de nuestra historia del siglo XX. En noviembre de 1903 cuando se creó la República, y cuando negoció desde 1964 y terminó por concertar los Tratados Torrijos-Carter de 1977. Es potencia geopolítica por su posición geográfica y el Canal ya nuestro.

La geopolítica dominó, durante los últimos cinco siglos, la historia de la cuenca del Pacífico. También lo hizo con la historia de Panamá. Los líderes de la independencia de Panamá de España en 1821 se unieron enseguida a la Gran Colombia de Bolívar por las debilidades geopolíticas del istmo frente a España y Gran Bretaña. Por ambiciones geopolíticas, Teodoro Roosevelt se tomó el istmo de Panamá en 1903, contribuyó de manera decisiva a crear una República que ocupó Estados Unidos como protectorado hasta 1939 y decidió la construcción del Canal.

La geopolítica regional también actuó para sentar en la mesa de negociaciones bilaterales a representantes de Panamá y Estados Unidos a causa del 9 Enero de 1964. Estará presente también en las acciones del general Omar Torrijos Herrera, quien adoptó desde 1972 la estrategia de recabar apoyo internacional para Panamá.

Gracias a los consejos del canciller Juan Antonio Tack y su equipo de asesores y de su embajador en Naciones Unidas. Aquilino Boyd, Torrijos dirigió la internacionalización del problema bilateral con Estados Unidos. Primero, para lograr respaldo entre los Estados latinoamericanos y del Caribe, luego del pujante Grupo de Países No Alineados, y también de las principales potencias de Europa Occidental además de Israel, aliado influyente de Washington. Logramos firmar en 1977 los Tratados Torrijos-Carter que entraron en vigencia en 1979.

Mientras, Panamá se abismó en la confrontación interna en la década de 1980 con el Estado secuestrado por su propio ejército, con su resultado final en la cruenta invasión estadounidense de diciembre de 1989. Hemos vivido tres décadas de democracia muy imperfecta durante las cuales Panamá parece haber olvidado tantas lecciones de su historia y la de su poder en la geopolítica mundial. Poder que ha aumentado al instalarse aquí el principal sistema portuario de la América Latina y del Caribe y un tercer juego de esclusas que amplía las capacidades del Canal. Sin contar la principal flota mercante del mundo inscrita en su registro. Las relaciones diplomáticas con la República Popular China suponen una sustancial palanca en la compleja geopolítica del orden mundial, que hay que manejar con prudencia.

El mundo ha continuado cambiando de manera acelerada e imprevisible. De bipolar, con dos super potencias enfrentadas en la Guerra Fría, desde finales del siglo XX es mucho más multipolar y desde hace treinta años comienza a destacar la República Popular China que ya comenzó a rivalizar con Estados Unidos en repliegue planetario. Surge en 1993 una potencia geopolítica “sui generis”, la Unión Europea, que integra a otras de mediano calibre. Se impone la globalización, disminuyen las competencias de Estados soberanos y se acentúan las interdependencias entre ellos. Poderosos bloques multilaterales de interés, presión e influencia aparecen como la OCDE (1961), la APEC (1989) y la Alianza del Pacífico (2011). No estamos en ninguno porque tenemos una dirigencia política y una diplomacia muy deficientes.

El mundo cambia velozmente en todas las direcciones y el foso se profundiza entre los que están más avanzados y los más atrasados. En Latinoamérica están hasta en nuestra vecindad que orilla el mar Caribe. Sucede en sociedades sometidas a ideologías y prácticas fracasadas, sufriendo diversas miserias. Mientras, el futuro pertenece a los informados, a los que dominan las ciencias y las tecnologías, los métodos del razonamiento y del pensamiento crítico, a los reales innovadores. Los que vivirán en Estados al fin totalmente laicos, pacíficos, inclusivos, prósperos y de verdad democráticos en los que prime la sociedad de confianza.

Con ideas viejas no se fabrica un porvenir. Debemos aprender de la historia para evitar la repetición de errores. Debemos abrir nuestras mentes al conocimiento actualizado, nuestras puertas a los mejores académicos, profesionales y técnicos, a intelectuales de todas partes que acepten venir para compartir sus experiencias y sus saberes. Debemos ser más tolerantes, menos encerrados en nuestros prejuicios atávicos, menos temerosos de la competencia intelectual y laboral, especialmente en el campo del conocimiento racional, de la docencia y de la investigación.

Debemos, finalmente, cambiar radicalmente nuestra visión de país y del mundo y adoptar una política exterior con recursos económicos y humanos para poder ocupar el lugar que nos corresponde como potencia geopolítica. Es otro desafío que debemos enfrentar este mismo año de grave crisis sanitaria, política, económica y social.

Doctor en Letras y Ciencias Humanas, geógrafo, historiador, diplomático.