Temas Especiales

03 de Jul de 2020

Juan Luis Correa E.

Columnistas

Más malo que la pandemia

“La crítica situación por la cual estamos atravesando nos obliga a trabajar unidos y a deponer los intereses personales, políticos y económicos […]”

Esta pandemia nos ha enseñado muchas cosas a todos. No importa desde qué ángulo lo quieras mirar, la realidad es que el golpe ha sido certero, muy duro y ningún panameño se podrá escapar de sus terribles consecuencias. Y aunque nadie duda de su efecto devastador, no hay que ser un genio para afirmar que el impacto no ha sido igual para todos. Y como si fuera poco, nadie podría tampoco negar que este virus invisible y mortal, se ensañó, de una manera descomunal, contra los más necesitados. Así de mala y traicionera es la COVID-19.

Analizando la situación actual, podemos concluir que las autoridades de los distintos países han estado combatiendo la pandemia mientras se aprende al andar. A medida que el virus avanza, los responsables de Salud comparten las experiencias de otras latitudes, aplican los tratamientos y medicamentos que han dado los mejores resultados. La solidaridad demostrada por la comunidad científica internacional es una muestra fehaciente de que cuando se trabaja en equipo por una causa común, los beneficios se multiplican geométricamente.

A pesar de todos los esfuerzos demostrados por los responsables de la salud, nada de lo que hagan podrá mitigar el impacto de esta pandemia, si no se recibe una colaboración correspondiente por parte de la ciudadanía de cada país. De eso depende, en gran medida, la magnitud del impacto. Ejemplos hay muchos. Sociedades con mejores niveles de educación y cultura, han logrado controlar el avance de la COVID-19, gracias al comportamiento ordenado de sus ciudadanos. Sin embargo, en este momento, ningún país podrá cantar victoria hasta tanto tengamos la vacuna. Así las cosas, debemos entender que la lucha va por lo largo. Ya sabemos que hay rebrotes en algunas ciudades donde se pudo controlar y eso supone que habrá que ir ajustando las reglas del juego siempre que sea necesario.

En este mar de incertidumbre, el dilema es evidente. ¿Cómo podemos balancear de la mejor manera las necesidades de restricción y confinamiento, al tiempo que encontramos fórmulas para afectar lo menos posible el desempeño de nuestras economías? El FMI, el Banco Mundial, la Cepal, las calificadoras de riesgo y la gran mayoría de las instituciones dedicadas al monitoreo de la economía mundial nos advierten de las graves consecuencias que estamos enfrentando y las secuelas que están por venir.

El mensaje es claro. La pandemia llegó sin anunciarse. Hemos tenido que aprender a combatirla al andar. En muchos países ha quedado en evidencia la precariedad de los sistemas de salud, debido a la falta de recursos y de un conjunto de estructuras frágiles y anticuadas. En el plano económico, si bien ya estamos sintiendo sus dramáticas consecuencias, nadie podría con certeza predecir lo que nos depara el futuro hasta que tengamos la vacuna. Y lo que se proyecta no es nada bueno.

En nuestra querida Panamá, muchos vemos con dolor que nos enfrentamos, además, a otro virus tan malo como la COVID-19. Me refiero al coronameño. Es un virus que ha contagiado a todos los sectores de nuestra sociedad y cuyas manifestaciones se hacen hoy día, más evidentes. Este virus criollo no perdona y ha sacado a la superficie lo peor de nuestros ciudadanos. Los síntomas y sus manifestaciones varían dependiendo del sector socioeconómico al que se pertenece. A manera de inventario, podemos señalar que desde la óptica de algunos sectores todo está mal y se destilan resentimientos negativos. En otros, se aprovechan para exigir el “¿qué hay para mí?”, a otros grupos muy poderosos solo les interesa mantener la protección de sus empresas y negocios, mientras que otro tanto, solo persigue mantener la vigencia de sus intereses políticos. Lo que sí nos queda claro es que se manifiesta por el comportamiento mezquino de los contagiados, por el nivel de pugnas que suscita, la sacadera de trapos sucios, ataques inmisericordes, peleas internas que se llevan al escenario público y lo que es peor, muchas de sus actuaciones se llevan a cabo desde la cobardía del anonimato y bajo el amparo de las redes sociales.

La mayoría de los ciudadanos, los espectadores de siempre, mira despavorida desde las gradas cómo se han afectado ciertos movimientos y grupos sociales que luchan por defender sus legítimos derechos, pero caen cual presa de este contagioso coronameño, dejándose influir por ciertos sectores del poder político y económico, con el único objetivo de petardear cualquier acción del Gobierno de turno. Debemos entender que mezclar la política en un momento tan delicado para el futuro de nuestra querida Panamá nos podría acercar aún más a ese abismo que todos conocemos, y por el cual ya han caído algunos países de la región y cuyas consecuencias serían verdaderamente nefastas para el futuro de la nación.

La crítica situación por la cual estamos atravesando nos obliga a trabajar unidos y a deponer los intereses personales, políticos y económicos para salir de la tormenta con el menor daño posible. Los ciudadanos observamos, con cierto estupor, que los grupos de la oposición, lejos de ser constructivos, lo que nos están demostrando es todo lo contrario. Fácil es criticar desde la oposición, pero difícil es recordarse de sus propias actuaciones del pasado cuando les tocó gobernar.

Lo que sí exigimos los ciudadanos es transparencia. Las actuaciones de nuestros gobernantes tienen que ser sometidas al escrutinio público como corresponde. El deber de un Gobierno es garantizar el Estado de derecho y eso significa rendición de cuentas. Nadie debe estar por encima de la Ley.

En esta coyuntura, urge un acuerdo o pacto nacional que nos permita alcanzar la tan anhelada reconciliación de todos los panameños. A lo largo de nuestra historia hemos demostrado que, cuando hay voluntad, se puede logar. La mesa está servida. El momento es propicio. Dejemos atrás nuestras diferencias y trabajemos unidos por rescatar a Panamá. No hay tiempo que perder, “al trabajo sin más dilación”.

Economista