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11 de May de 2021

Javier Martínez-Acha

Columnistas

Cataluña: el todo o la nada

“Los líderes independentistas de Cataluña […]. Jugaron al Todo o la Nada. Se dejaron llevar por la exaltación, y no por la moderación y la prudencia, como deben comportarse los políticos responsables”

Mucho ha llovido desde aquel 27 de octubre de 2017 en el que los parlamentarios independentistas del Parlamento de la comunidad autónoma de Cataluña decidieron vulnerar la Constitución y desafiaron al Estado con la declaración unilateral y ficticia en realidad de la República de Cataluña.

Lo primero que tienen que saber los lectores panameños a quienes van dirigidas estas líneas es que los protagonistas de ese acto contaban con la adhesión de un porcentaje de electores que no llegaba al cincuenta por ciento de los ciudadanos. Me explico: los catalanes vienen votando desde el 15 de junio de 1977, cuando tuvieron lugar las primeras elecciones democráticas en España después de la dictadura de Franco. Desde esa fecha, los partidos independentistas y los partidarios de mantener la relación con España como hasta ahora obtienen en las urnas un empate absoluto. Con numerosos matices cada bloque desde luego. Esto es un hecho, no una especulación, y ese dato es sustancial a la hora de entender el conflicto de Cataluña.

En lugar de darse por satisfechos con ese porcentaje de adhesión, nada despreciable, por cierto, sumamente honroso, y dedicarse a sumar mayores fuerzas para su causa por caminos democráticos, a sus líderes les venció la impaciencia, la demagogia y la ambición política. Declararon la independencia y proclamaron la República.

¿Cuál es el resultado tres años más tarde?

Una sociedad dividida, numerosas familias cuyos miembros han dejado de hablarse, ofensas cruzadas, odios acumulados.

Un “President” del Gobierno catalán (Quim Torra) que acaba de ser inhabilitado para continuar en su cargo por desobedecer reiteradamente a los tribunales de justicia. Líderes políticos que a fecha de este escrito llevan encarcelados dos años con sus días y noches. Cientos de millones de euros que han dejado de invertirse en Cataluña y numerosas empresas que han abandonado la comunidad huyendo de la inestabilidad y la radicalidad de sus gobernantes.

¿Quiénes responden de tamaño disparate?

Uno de los peores reproches que se le puede hacer a personas que deciden dedicarse a la política es el de jugar al póker con los intereses de la sociedad. El liderazgo independentista se sentó a la mesa con las cartas marcadas, a sabiendas de que su aventura jamás podría tener un desenlace exitoso. Y lo hicieron después de diseñar desde su partido, Convergencia y Unió, una fortuna, gracias a las recompensas ilegales que cobraban a las empresas a cambio de entregarles contratos de obra pública y otros privilegios. Así, con la cuenta corriente bien hinchada, imaginaron un final épico, Una entrada triunfal en la hermosa Barcelona, encaramados en carruajes, como lo festejaban los emperadores de Roma después de sus conquistas.

El patriarca Jordi Pujol representó durante décadas el “seny” catalán, ese concepto difícil de traducir al castellano y que representa cordura, sensatez, un modo de conducirse mediante la razón y el diálogo, la política del pacto, lo opuesto al radicalismo que hoy no es excepción, sino norma. Lo dilatado del recorrido vital del patriarca lleva a pensar que, en él, el “seny” era fingimiento.

El siguiente fue Artur Mas. Un hombre educado, exquisito en las formas, quizá habría que otorgarle mayor responsabilidad, pues pocos ponen en duda lo que a otros falta: inteligencia. Nada mejor para definirle que un “cubanismo”: “Artur Mas es como la gatica de María Ramos, que tira la piedra y esconde la mano”.

Carles Puigdemont ha sido y es víctima de uno de los trastornos frecuentes que aquejan a un mal político: el endiosamiento. Las circunstancias le colocaron de la noche a la mañana en la cúspide política de la comunidad de Cataluña. Se acostó hombre, cerró los ojos y al amanecer y mirarse al espejo, creyó ver a un pequeño dios en lugar del hombre común que había sido siempre.

El último de la serie ha sido Quim Torra. Puede que sea sombrío, pero también el más sincero. Es la historia de un hombre ya entrado en años que en 2012 escribió y publicó textos xenófobos y supremacistas. Calificó a los castellano hablantes de Cataluña como bestias por el solo hecho de serlo. No es necesario mucho más para retratarle.

Lo que mejor practican los cuatro citados y otros (la lista sería muy larga) es el arte del enmascaramiento. Aseguran a todas horas que desean un acuerdo con el Estado, han acuñado con algo de éxito la consigna “sit and talk”, pero ocultan que sus verdaderas intenciones no son las de hablar para llegar a un acuerdo razonable, sino sentarse a la mesa, comer primero y segundo plato, postre y sorber café, pedir dos platos más para llevar en un cartucho y levantarse de la mesa sin pagar la cuenta, ni siquiera la mitad. ¿Cómo se puede confiar en unos compañeros de mesa que se comportan de esa manera?

¿Y ahora qué? ¿Existen soluciones? ¿Cuáles son?, se preguntará el lector.

No soy optimista. Parto de dos premisas imprescindibles.

El empecinamiento de los líderes en continuar por la vía de la independencia impuesta a la mitad de los catalanes y al resto de los españoles está abocado al fracaso. Aquellos cada vez se muestran más divididos. Incluso una parte de los ciudadanos que les han apoyado se están dando cuenta de que han sido simples instrumentos, marionetas, figurantes, como en un guiñol en el que detrás del escenario los protagonistas mueven los hilos a su antojo.

Lo escrito anteriormente no significa en modo alguno que no exista el denominado “Problema Catalán”. El filósofo español Ortega y Gasset, ya pronosticó en los años 30 del siglo precedente que no existía una solución absoluta para el mismo y que lo único que cabía era “conllevarlo”.

¿Entonces?

Solo un gran pacto entre catalanes moderados, entre estos y líderes españoles igualmente moderados puede arrojar esperanzas.

España hoy en día se parece más a un Estado federal que a un Estado de autonomías. Sin embargo, no es la forma, sino el contenido lo que otorga sustancia y sabor al sancocho (fabada, cocido gallego o madrileño). Cataluña puede, de forma legítima, aspirar a obtener mayores competencias en materias como financiación autonómica y diseño y gestión de impuestos (como en el País Vasco, por ejemplo). Y, de igual manera, en otras materias.

Pero de igual manera, los catalanes que aspiren con honestidad a un acuerdo, deben aceptar la necesidad de un consenso en materia educativa de niños y jóvenes, y también en la gestión de los medios de comunicación de propiedad pública. Estos no pueden estar en manos de fanáticos que lo que desean es incendiar el paisaje urbano y rural y fomentar el odio.

Desde esta tierra panameña en la que tantos catalanes, vascos, gallegos y resto de españoles fueron acogidos con generosidad en sucesivos momentos de la historia, quiero finalizar con una reflexión que atañe a todos: la responsabilidad de los políticos.

David Cameron se sacó de la manga en junio de 2016 un referéndum sobre el Brexit que la mayoría de la sociedad británica no reclamaba y con ello creó una escisión de esta en dos mitades. Y un problema serio que perdurará durante mucho tiempo para la economía del propio Reino Unido, de la Unión Europea y el mundo.

Sin duda Cameron creyó que nada pasaría y decidió jugar a los dados.

Los líderes independentistas de Cataluña hicieron algo parecido. Jugaron al Todo o la Nada. Se dejaron llevar por la exaltación, y no por la moderación y la prudencia, como deben comportarse los políticos responsables.

Exsubsecretario del PRD.