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14 de May de 2021

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Jaime Raúl Molina

Columnistas

El paternalismo elitista aflorado en la pandemia

La idea de que hay actividades económicas “no esenciales” que pueden ser clausuradas a placer por el Gobierno es una de esas cosas que denotan no solo una profunda arrogancia, sino un penoso elitismo.

La idea de que hay actividades económicas “no esenciales” que pueden ser clausuradas a placer por el Gobierno es una de esas cosas que denotan no solo una profunda arrogancia, sino un penoso elitismo. De las personas que en medios piden endurecimiento de restricciones y el cierre de negocios “no esenciales”, para combatir la pandemia, el denominador común es que son personas cuyos ingresos pueden sobrevivir esos cierres porque no son quienes tendrán que sufrir sus consecuencias. Los cierres los están clamando para otros. Académicos que laboran en universidades; profesionales en ocupaciones en que es factible el “teletrabajo”; funcionarios con altos salarios, que no han pasado por una suspensión de su contrato de trabajo, como las que desde marzo han afrontado casi 300 000 panameños (muchos de quienes aún tienen sus contratos suspendidos). En cambio, las personas que dependen de su salario o negocio, formal o informal, afectado por los cierres, difícilmente pueden darse el lujo de afrontar más cierres.

Melinda Gates, de la Fundación Bill y Melinda Gates, declaró recientemente en una entrevista dada al New York Times, que “lo que nos sorprendió fue que no habíamos realmente ponderado los impactos económicos” (esto, ante la pregunta “Tú y Bill por mucho tiempo han venido advirtiendo sobre el riesgo de pandemias. ¿En qué han sido distintos [los eventos] del año frente a vuestras expectativas?”). Tan cándida declaración resume la actitud elitista desplegada por personas que no han tenido que soportar las consecuencias económicas de los encierros y ceses de actividades económicas que recomiendan para otros.

La facilidad con que personas que no tienen que preocuparse por sus ingresos, claman porque el Gobierno ordene el cierre de eso que llaman “actividades no esenciales”, denota aquello que el economista austriaco Friedrich Hayek llamó “la fatal arrogancia”, refiriéndose al racionalismo constructivista de creer que se puede organizar una sociedad desde arriba, con el conocimiento “experto” de “los que saben”, diseñando sistemas racionalistas a los que el resto, la plebe, debe someterse. Todo, por supuesto, en nombre del bien común, el interés general, y demás hierbas aromáticas con que se drogan siempre los que exudan afán de controlar al prójimo.

Como sentenció el juez William Stickman en Pennsylvania hace meses, la clasificación de negocios “esenciales” y negocios “no esenciales” es inherentemente arbitraria. “Una economía no es una máquina que pueda ser apagada y reiniciada a voluntad del Gobierno. Es un sistema orgánico compuesto por personas libres, cada una persiguiendo sus sueños. La capacidad para sustentarse a sí mismo es esencial para personas libres en una economía libre… la posibilidad de ganarse el sustento al seguir la propia vocación, y así proveer para uno mismo y su familia, no es un valor económico, es un valor humano”.

Mire usted la facilidad con la que los que andan en automóvil dicen que la solución pasa por restringir el aforo de pasajeros en transporte público. Lo fácil que se dice que hay que decretar que un sistema de transporte urbano -que en toda ciudad moderna del mundo afronta los mismos problemas de saturación en horas pico- deba trabajar con capacidad intencionalmente restringida. ¿Alguno de los que propone eso alguna vez ha usado transporte público en horas pico? No lo parece. No falta quien diga que la solución es que la gente se levante más temprano para no abarrotar el transporte público. Vaya y dígaselo a quienes viven en la 24 de Diciembre y trabajan en el centro de la ciudad.

El elitismo tiene muchas manifestaciones. Las más perniciosas no necesariamente son las más reconocidas. La imagen cliché del elitista que mira con visible desprecio a quienes percibe como sus inferiores, ya por racismo o por clasismo, no es necesariamente la peor forma de elitismo, precisamente porque es políticamente incorrecta y fácil de reconocer. No, el elitismo más pernicioso no es ese, sino el que se presenta en actitudes paternalistas, como la idea de que la gente no debe tomar sus propias decisiones, sino que las decisiones que los afectan deben ser tomadas por “los que saben”, los “titulados”, los “universitarios”, los “académicos”, los “intelectuales”.

Pero ninguno de los que anda recetando cierre de actividades “no esenciales”, restricciones de aforo en sistema de transporte público masivo, ni mandando a la gente a “levantarse más temprano”, tendrá que asumir las consecuencias de la destrucción económica, las pérdidas de empleos y las quiebras que se avecinan. Esos no estarán allí, porque estarán ocupados posando para las fotos de los premios de solidaridad que otorgan a los que alegremente destruyen las economías de otros en el nombre de “salvar vidas”.

Abogado