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07 de Mar de 2021

César Saudita

Columnistas

Zapatero, ¡a tus zapatos!

“[…] durante esta pandemia, las actrices, los zapateros, los agricultores, los periodistas, los abogados, los empresarios, […] se han vuelto “influencers”, tiktokeros, legalistas, botánicos, médicos alternativos, consejeros globales; es decir, expertos en COVID-19 […]”

La pandemia duele, no solo por la cantidad de gente que ha matado, sino también por la cantidad de tarados que ha desenterrado; antes de la pandemia la gente que no sabía escribir, hablar o pensar era más consciente o responsable de su ignorancia; estaba como en un clóset lingüístico y cultural; pero los ignorantes, letrados iletrados, se han desatado; ahora no se esconden; atacan llenos de convicciones que no tienen ni los mismos hombres de ciencias o de letras; aquí se han desvanecido las barreras psicológicas que antes separaban a los tontos de la gente sensata; aquí la duda [la razonable], el descrédito, las teorías conspirativas, el que “me opongo porque sí” o el que “me opongo porque no”, el odio descarado a lo pesante, la sublimación de lo ridículo, la lambonería, el adiós a los libros, la carencia de humor o de inteligencia emocional, son algunas evidencias de este resurgimiento de la ignorancia que durante mucho tiempo estuvo dormida en la sociedad contemporánea.

Twitter le acaba de suspenderle la cuenta a la actriz mexicana Patricia Navidad por desinformación; esta guapa señora ya no estaba conforme con su guapura y su rol de actriz; de la noche a la mañana quedó convertida en bruja, incursionando en temas de COVID-19 y diciéndole a la gente que no usara cubrebocas [escribió: “Yo lo único que les puedo decir es que me cuido con mi sistema inmunológico, no uso cubrebocas”], que no se vacunara, sino que tomara tecitos de guayaba con aspirina, porque las vacunas las estaban utilizando para hiperviligar a la gente; y de postre, decir que apoyaba al chafarote Donald Trump, porque, según ella, este era el mejor hombre que ha existido en la sociedad norteamericana.

Hay gente que está convencida de que la libertad de expresión no tiene o no debe tener límites; hay gente que no sabe o que quiere ignorar que el mundo comenzó a cambiar, en todos sus aspectos, precisamente cuando surgió el fenómeno de las especialidades, eso que se recoge sabiamente en la frase: “Zapatero, a tus zapatos”. Es decir que cada uno debe ocuparse de sus asuntos, de su profesión y opinar solo de lo que entiende, evitando meterse en lo que no le afecta o no entiende. Si observamos la conducta de la gente durante esta pandemia, las actrices, los zapateros, los agricultores, los periodistas, los abogados, los empresarios, los campesinos, las amas de casa y hasta los michos se han vuelto “influencers”, tiktokeros, legalistas, botánicos, médicos alternativos, consejeros globales; es decir, expertos en COVID-19 que abiertamente incitan a la gente a la desobediencia sanitaria y hasta a tomar querosín.

Está en su pleno auge la sociedad del espectáculo, de las payasadas o de la irrisión; es como si de la noche a la mañana los zapateros hubiesen dejado de operar zapatos para operar personas; como si los dadores de pócimas amanecieran convertidos en virólogos; como si los que no escriben bien ni su propio nombre quedaran habilitados para ejercer el periodismo; como si los periodistas diplomados se hubiesen trasformado en mandaderos del Gobierno o parte del equipo de relaciones públicas del Minsa.

Desde esta perspectiva, casi nadie toma en cuenta que el mayor daño que la pandemia nos ha causado no es fisiológico, sino psicológico; la sociedad del conocimiento está involucionado hacia la sociedad de la superstición y de las omniprofesiones, cuando una misma persona hacía de chaman, médico, herrero, zapatero y consejero matrimonial. La vida ha perdido su encanto. Las profesiones se han desprestigiado. La cultura está en pausa. La chabacanería es como una vorágine que todo lo enloda o destartala a su paso. La gente desecha no natural en provento de lo banal o artificial; el temor a la muerte se ha hecho más fuerte que el amor a la vida; y a la postre, pocos entienden que el principal aliado de las plagas no es la falta de opciones científicas, sino nuestro propio modo de vida que contamina la tierra, el agua y el aire que antes nos protegían de estas mismas plagas.

Profesor universitario.