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07 de Mar de 2021

Jorge A. Raffo C.

Columnistas

“Carnestolendas”

Cada ciudad virreinal le daba un toque regional y vivía las carnestolendas con diversa intensidad

En las cartas de Hernán Cortés se lee que disponía “[...] las posturas que debían tomarse para el abasto de carne entre Navidad y carnestolendas”, reveladora oración que permite afirmar al historiador A. López (1999) que los primeros carnavales (“carnestolendas”) se celebraron en plena conquista de México y añade “[...] un hecho que no es sorprendente considerando que el grueso de los conquistadores era gente de condición popular que reprodujo y difundió rápidamente los hábitos y diversiones europeos: desde los naipes y los dados hasta el ajedrez, las peleas de gallos y las corridas de toros” y la jarana (Rojas, 1999), definida esta última como fiesta desenfrenada y grotesca que, a partir de las dos últimas décadas del siglo XVI adquirió un carácter más artístico y cultural y menos dicharachero.

La anotación del 3 de marzo de 1544 en el Libro de los Cabildos de la Ciudad de los Reyes indica que se adopta el acuerdo que las carnestolendas tengan lugar tres días antes de iniciarse la Cuaresma (Torres Aguirre, 1935). Las “cuadrillas carnavaleras” habían llegado desde Panamá con el mismo ímpetu que el espíritu misionero de la Iglesia. Ochenta y seis años después se lee en la gaceta “Diario de Lima” de febrero, que las carnestolendas son una fiesta nacional con juegos de agua y harina, mojigangas, papahuevos, gigantes con zancos, disfraces, escenificaciones, carros alegóricos, danzas callejeras, bailes de salón, vino, pisco y banquetes (Rojas, 1999). Cada celebración carnavalesca tenía algo particular, así en 1602, a propósito de la celebración en Lima del nacimiento de la infanta de España, la gente inventó el “juego de la alcancía” que consistía en arrojarse bolas de barro seco y delgado rellenas con pétalos de flores, ceniza y agua de olor.

Cada ciudad virreinal le daba un toque regional y vivía las carnestolendas con diversa intensidad, así, en el Cusco –la ciudad imperial de los Incas– las autoridades respondieron con lenidad a las exigencias de la Iglesia que amenazaba con la excomunión –según afiche del 31 de enero de 1743 encontrado por el investigador R.Rojas– a quienes se mofasen de las autoridades eclesiásticas durante la jarana. En Ica y Pisco, el furor de la diversión llevaba a mojar con jeringas de agua a cuanta autoridad osase limitar los desenfrenos musicales y etílicos. En Lima, para dar un ejemplo de autoridad en pleno jolgorio, se ejecutó en la horca al homicida Blas de Arias Montano en los carnavales de 1636 (Suardo, PUCP, 1936), lo que sumó, desde entonces, el uso de máscaras un tanto macabras al lenguaje carnavalesco. En 1780, bajo el influjo de las ideas ilustradas, el virrey Guirior prohibió en el virreinato peruano –sin éxito– las carnestolendas (Tord, 1989); ninguna restricción fue adoptada ya que el levantamiento de Túpac Amaru II, que remeció el sur del Perú, era más importante que atender unos festejos ante los cuales los cabildos tenían una actitud tolerante.

La tolerancia, a criterio del investigador Ramos Sosa (1992), respondía a que estas fiestas virreinales “[...] buscaban crear un ambiente de armonía social entre grupos en conflicto, más aún en Lima, que era el centro [hegemónico]. Asimismo, permitían mostrar a los poderosos en todo su esplendor; se les celebraba y ellos se mostraban generosos con el pueblo, regalaban comida, vino e incluso dinero. En 1578, por ejemplo, al inaugurarse la fuente de la Plaza Mayor de Lima, el cabildo ordenó celebrar una corrida de toros y que se repartieran monedas entre la población. De ese modo se legitimaba o consagraba los símbolos del poder colonial [...]” y, desde la óptica de los sectores populares, ese entorno festivo sirvió para expresar sus aspiraciones, sus frustraciones y su crítica hacia la península.

Como afirman Caro (1983), Flores-Galindo (1988), Tord (1989) y Rojas (1999), el Carnaval que trajeron los primeros fundadores y vecinos de las comarcas y villas recién constituidas en el Nuevo Mundo fue rápidamente “hispanoamericanizado” y reivindicado como suyo por las clases populares que fueron las que imprimieron los rasgos festivos regionales que son hoy típicos de nuestra idiosincrasia latinoamericana.

Embajador de Perú en Panamá