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14 de May de 2021

Alix Coicou

Columnistas

El lamento de un haitiano

“Hoy, no queda nada de aquel país con esta gloriosa herencia, pero rehúso vehementemente a renegar de él, porque, sincerándome, le debo mucho”

Las noticias más desesperantes, aliadas a las crueles imágenes que circulan sobre Haití, alcanzan cotas de un delirante salvajismo que asola el país. Me resisto a ser insensible a esta crítica situación que me roe por dentro y me genera a veces un súbito y muy engorroso insomnio, cuando, por las noches, a la hora de recogerme, sobre todo después de una jornada trepidante, me invaden sentimientos de honda preocupación, relacionados con el devenir de esta tierra donde mi madre me alumbró.

¿Cuántas familias están padeciendo los horrores de este sinsentido que dura ya algunos años? ¿Cuántos hombres y mujeres han sufrido los excesos de esta agresividad primaria, han sido secuestrados, o han perdido vanamente la vida a manos de unos desalmados que campan a sus anchas con la pasividad o complicidad de un gran número de los que mal gobiernan?

Se me saltan las lágrimas al constatar el galopante deterioro político y la supina degradación humana, intelectual y moral de la nación. En las tertulias que mantengo con algunos compatriotas, a través de distintas llamadas telefónicas, debido a la excepcional situación que estamos viviendo a causa de la pandemia, noto un interés, no menor que el mío, que refleja la inquietud que los habita, y lo transmiten mediante expresiones llenas de amargura y de aspereza.

Cuán fácil sería, presuntamente, dar un carpetazo a este tema y olvidarme de Haití que tan lejos me queda, después de varios lustros viviendo en España, mi país de adopción, al cual aprovecho una vez más para manifestar mi gratitud. Pero no tengo fuerzas que me puedan permitir, tampoco me apetece, hacer este ejercicio de amnesia, porque mis vivencias, mis recuerdos, están muy vivos en esta isla caribeña, en la cual di mis primeros pasos y donde me forjé unas entrañables amistades, tanto en el colegio, como en el barrio en el cual me crié y me desenvolví.

Mi tristeza es inmensa, y siento una enorme desazón cuando mi cabeza, traicionando mis impulsos de querer evadirme de tanto sufrimiento, me obliga a inclinarme, a poner los pies sobre la tierra y a enfrentarme a la dura realidad que azota el país. Siendo víctima de la incompetencia, mala fe y avaricia desmesurada e imparable de sus dirigentes que lo han transformado, sin ningún pudor, en una pocilga y han domesticado al pueblo, convirtiéndolo en un rehén y obligándole a soportar múltiples heridas emocionales derivadas de este complejo contexto.

Haití, sin embargo, es la patria de numerosos reconocidos artistas, como las cantantes Martha Jean-Claude y Lumane Casimir y el músico Occide Jeanty, la tierra natal de eminentes escritores como Oswald Durand, Masillon Coicou, Anténor Firmin, Jean Price-Mars, Jacques Stéphen Alexis, René Dépestre y Dany Laferrière, este último miembro, desde diciembre de 2013, de la Academia Francesa, y también el terruño de políticos de la talla de Lysius Salomon y de Dumarsais Estimé.

Pero, estos valores han sido vilmente mancillados hasta el extremo de que hay congéneres que se avergüenzan de declararse haitianos, o de identificarse como tales, puesto que las noticias que se difunden acerca de la disoluta vida del país generan desasosiego y deshonra; en muchos de nosotros, lamentablemente, se ha esfumado el orgullo y nuestra identidad está seriamente dañada o perjudicada. Además, ¿es honesto seguir anclado en este digno pasado, si la coyuntura desde tiempos ya remotos no da motivos para enorgullecerse?

Hoy, no queda nada de aquel país con esta gloriosa herencia, pero rehúso vehementemente a renegar de él, porque, sincerándome, le debo mucho. Aquí termina mi modesto lamento, que no es, ni más ni menos, que: el “lamento de un haitiano”.

Médico-psiquiatra.