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28 de May de 2022

Columnistas

¿Los dueños de la salud personal?: solo nosotros

“Nuestras facultades […] están en kínder en esos abordajes. ¡Todo es la medicina de Descartes: cuerpo, anatomía, órganos y químicos! ¿Poder mental?: eso es brujería”

Habiendo estudiado Derecho, le recomiendo a todos, médicos incluidos, desconfiar más que confiar en abogados, “hasta que alguno le demuestre ser fiable”; de igual modo recomiendo a todos no “confiar en médicos -tan mercantilizados hoy- hasta que alguno o algunos demuestren ser dignos de fiar”.

¿Por qué tal desconfianza en nuestros galenos, tan estudiosos y “más graduados que un termómetro”? Por mis propias experiencias. Confieso que, por mis problemas, algunos tan traumáticos, de décadas atrás, sufrí de molestias serias, entre otras, cuadros de “taquicardias paroxísticas” y alzas agudas de hipertensión -hoy, debidamente controlada. Al consultar a unos ocho especialistas diversos y luego de exámenes variados, sus diagnósticos coincidían: “No le encontramos ningún problema o patología fisiológica”. Es decir, su conclusión es “que no tenía nada orgánico comprobable”. Sin embargo, ninguno lograba ayudarme razonablemente y mis males seguían.

Con un amigo médico, ansioso por “conocer más lo que me sucedía”, unos 35 años atrás, logré conseguir una cita con el doctor que me calificaron “como el mejor consultor de cardiología de Harvard, que con suerte me daría unos 10 minutos luego de mis exámenes ambulatorios” en el hospital general de Massachusetts, hospital universitario.

Llegué a ese centro muy tenso: “¿Y si aquí sí me encuentran una vaina fea?”. Mi mente se inclinaba hacia lo negativo (ya iba perdiendo) y luego de dos días de revisiones de todo tipo, desemboqué con el amigo galeno nacional ante “la gran eminencia que me daría si acaso solo minutos”. Creo que su apellido era Friedrich y ya era un hombre que sobrepasaba los 70 años. Me recibió con gran amabilidad y sin ningún apuro. No solo era un extraordinario cardiólogo; era un maestro sabio, por tanto, humilde y humanitario.

Esperé encontrarlo ante una pila de mis exámenes “para darme no un diagnóstico, sino una sentencia” (como me consta hacen muchísimos médicos con sus pacientes).

Resumiendo: luego de saludarme afablemente, me conversó de que él atendió a los 27 años, iniciando su especialidad de cardiólogo, al doctor Harmodio Arias, nuestro expresidente. Le expliqué que llevaba años de muerto. “Conversamos sobre Panamá”, me agregó. Recién aproximadamente a los quince minutos de conversarme, me puso la banda del Tensiómetro para ver mi presión. Luego de examinar los números me dijo: “Poquito alta, pero nada importante”. Su sola voz tranquila relajaba. Me siguió hablando con traductor y nuevamente al rato volvió a medirme la presión. Esta vez me dijo: “Cuando sienta que le apriete, respire algo de aire por la boca un minuto y bótelo igual”. Entonces me dijo: “Tanto la diastólica como la sistólica bajaron puntos y sin ninguna medicina”; “coronel, Harvard ya le hizo hoy un 'striptease' y no tiene nada, pero a la vez usted no está bien, ¿verdad? Por tanto, ¿su enemiga?: la señora estrés y no puedo hacer nada contra ella; es usted el responsable de administrarla en adelante”.

Lección maestra e inolvidable. Tantos años atrás él conocía “que la mente nos enferma o cura”. Para ese tiempo, otro cardiólogo de Harvard, el doctor Herbert Benson, ya estaba creando “el Instituto de Psiconeuroinmunoendocrinología” o más simplemente “Instituto de Medicina Mente/Cuerpo. Lo sustenta él en múltiples publicaciones y en un libro titulado “Curados por la fe” (parece nombre evangélico).

Él explica “las curaciones espontáneas o remisiones de enfermedades hasta “terminales” y el poder del placebo, no como magia, sino como producto de cambios químicos repentinos que movilizan neurotransmisores, neuronas, etc. en base a la creencia positiva mental. Eso me hizo buscar en mis años de exilio médicos cirujanos con experticia en la medicina alternativa adecuada. ¡Cuánto aprendí fuera de Panamá! Y desde entonces supe “que el responsable y principal accionista de mi salud no es ningún médico, sino mi mente”.

Tal vez uno de los tres docentes médicos más reputados de Panamá es el doctor Enrique Mendoza, decano por tres veces de nuestra facultad oficial. A ese galeno tan respetado como estimado por mí le consta mis esfuerzos por traer -a falta de ellos en las facultades- médicos extranjeros a dar algunas charlas o conversar con él. El último que invité hace unos tres años fue al doctor Claudio Méndez Brieres, exministro chileno de Salud y especialista en Pediatría y Oncología, ante unos cien graduandos y pregraduandos de Medicina. ¿Su tema? “Epigenética: desafíos y esperanzas”. Fue altamente técnico, pero agregó una sazón increíble de humanismo: “¿Les prohíbe la facultad ponerle la mano en el hombro al paciente asustado y en vez de un subalterno hacerlo un socio de su salud? ¿Al final, quién es el más interesado en curarse, él o el doctor?”.

Nuestras facultades -sin culpa de profesores o de alumnos- están en kínder en esos abordajes. ¡Todo es la medicina de Descartes: cuerpo, anatomía, órganos y químicos! ¿Poder mental?: eso es brujería.

Abogado, coronel retirado.