15 de Oct de 2021

Columnistas

La mentalidad antivacunas

“Tristemente, la lista de los negacionistas fallecidos por COVID, famosos, populares o promocionados en redes digitales, abarca todo el planeta y, probablemente, ya haya casos en Panamá”

Conviene recalcar que no todas las personas reticentes a la vacunación son negacionistas. Existen indecisiones legítimas, basadas en temor, mala experiencia con inmunizaciones previas, pavor a las agujas o creencia de tener suficiente protección por haber padecido COVID anteriormente. A estos individuos es mejor persuadir que imponer, y educar que marginar. Muchos, al final, terminan convencidos de que los beneficios de la vacunación superan con creces a los mínimos riesgos. Este escrito, por tanto, no alude a ellos, sino a los radicales antivacunas. En la mente de estos charlatanes hay una mezcla de analfabetismo científico, aversión a la incertidumbre, conspiración y confabulación, ideología libertaria y religiosa de derecha, desinformación intencional, sesgos y falacias, desconfianza en Gobiernos o instituciones académicas supranacionales e intereses económicos propios.

Hay diversos estereotipos de negacionistas, aunque la mayoría tiende a rechazar de manera abarcadora cualquier teoría científica. Los temas de negación, sin embargo, pueden tener consecuencias disímiles. Defender que la Tierra es plana, por ejemplo, carece de repercusión alguna para la humanidad y el planeta; argumentar a título individual -no empresarial- que el cambio climático es una mentira, podría afectar el entorno, pero quizás sutilmente a corto plazo; arengar engaños de que las vacunas matan, esterilizan, trasgreden el genoma o inducen lesiones permanentes, por el contrario, atenta inmediatamente contra la salud colectiva y propicia, como daño colateral, un retraso sustancial en el control de la pandemia, particularmente si el farsante es favorecido por parlantes mediáticos que gozan de popularidad. Los antivacunas son una síntesis de los distintos grupúsculos que enarbolan banderas anticiencia, aunque paradójicamente disfrutan de la mayor expectativa de vida lograda por la medicina moderna, de la tecnología digital contemporánea y de los múltiples avances científicos que facilitan el bienestar cotidiano.

Numerosos medios internacionales, pocos locales por el momento, se han hecho eco de personas hospitalizadas, tardíamente arrepentidas por no haberse vacunado, debido a recomendaciones de familiares, amigos o “influencers” en redes sociales. ¿Qué lleva a un porcentaje reducido de individuos a rechazar la existencia de la pandemia o las bondades de las vacunas? La respuesta debe probablemente buscarse en el campo de la sociología, la psicología y hasta de la psiquiatría. Los antivacunas se aíslan dentro de una coraza en la que solo creen la información que refuerza su pensar, pero en el fondo esa postura esconde conveniencias económicas, ideológicas o políticas, tangibles o camufladas. Hay intereses detrás, no son usualmente altruistas que se preocupan por los demás. La cacareada defensa de la autonomía es más bien una fachada para promover actitudes libertarias. Para esos negacionistas las libertades grupales no existen, solo las individuales. Es una conducta similar a la de fanáticos religiosos que se oponen a transfusiones de sangre, asumiendo tener derecho de rehusar un tratamiento, aunque su hijo muera. Aunque la ideología parece influir más que el nivel educativo, también hay antivacunas con formación que albergan preferencias muy polarizadas hacia la derecha conservadora y que gustan desmontar artículos científicos por trozos para usar lo que más les favorece (“cherry picking”).

En el proceso de conversión hacia ese tipo de negacionismo, entra también en juego la escasez comprensiva sobre la evolución de los virus, sobre cómo funcionan las vacunas, sobre cómo surgen las mutaciones o sobre cómo entender las oleadas de infecciones pese al aumento de la inmunización. Ante la inopia, lo más fácil es cobijarse dentro de una caterva de ignorancias afines, para poder interpretar los famélicos conocimientos sin mayor reparo. El pensamiento antivacunas se ha visto, sin duda, favorecido por la naturaleza cambiante de las directrices científicas y las decisiones políticas. Muchos desconfían porque el relato COVID ha exhibido inconsistencias frecuentes a lo largo de la pandemia: que si solo era una gripe fuerte y luego no; que si la mascarilla no y luego sí; que si pediluvios, sensores térmicos y limpiezas de objetos sí y luego no, etc. Tienen la convicción de que se ha mareado al público, porque, si te notifican de algo tan importante, esperarían coherencia y contundencia. Paralelamente, por el contrario, en sus fuentes alternativas (cadenas de WhatsApp, Telegram, Instagram, Facebook) aparecen personajes, ampliamente conocidos por la propagación de bulos, que sí ofrecen un discurso dogmático, consistente, bien articulado, que garantiza la verdad y alerta sobre lo que presuntamente ocultan las autoridades. Es todo un caldo de cultivo para que estas absurdas historias calen y sumen devotos. Cuando llega un titular sensacionalista, con un audio o video que valide dichos disparates, resulta difícil refutar o sembrar dudas en ese razonamiento. Y así, ellos se convencen de que el mundo vive engañado, de que hay razones maquiavélicas detrás de la crisis, de que existe un complot para buscar el enriquecimiento del sector farmacéutico o de que el objetivo último es el control demográfico de la población.

Más irracional aún es encontrar a una minúscula cantidad de médicos o promotores sanitarios anexado al activismo antivacunas, pese a que en su peregrinaje académico se haya insistido en el uso del método científico basado en evidencias para documentar eficacias, se haya instruido en la relación beneficio/riesgo para dirimir decisiones y se haya inculcado en el “primero no hacer daño” para evitar iatrogenias. En el fondo, empero, subyace un sistema perverso construido para provecho mercantil, de modo que los enfermos recurran a “panaceas” alternativas, más ruidosas, pero a larga más costosas y peligrosas. Un gigantesco “lobby” comercial clandestino ha estado detrás de la propaganda de fármacos (hidroxicloroquina, ivermectina, etc.), mediante la incorporación de estudios fraudulentos y de tabulaciones estadísticas tan rimbombantes como tramposas, motivando que un no despreciable número de incautos haya mordido el anzuelo de la pseudociencia, incluyendo a algunos galenos que, por senilidad o magra comprensión científica, están desactualizados en revisiones sistemáticas de las pruebas. Y en esta cuadrilla de ejemplares se han juntado todos los históricos, desde quienes defienden tomar brebajes herbáceos para curar enfermedades, hasta homeópatas y curanderos de oficio.

La ciencia, como es bien sabido, no ofrece certezas absolutas, solo brinda una aproximación a la verdad vigente en un momento dado, que va aprendiendo y modificando sobre la marcha. Esta vacilación, a la hora de emitir un mensaje, le resulta incómoda a mucha gente, lo que conduce a que se prefiera la mentira reconfortante a la verdad amarga. Al pensamiento mágico le atrae el concepto axiomático, ya que sus seguidores no están para esforzarse en pensar y contrastar cada brizna de la excesiva desinformación que les llega. Tristemente, la lista de los negacionistas fallecidos por COVID, famosos, populares o promocionados en redes digitales, abarca todo el planeta y, probablemente, ya haya casos en Panamá. Solo espero que tú no seas uno de esos. Para el buen médico tan solo una muerte es considerada dolorosa e innecesaria…

Médico e investigador.

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