29 de Nov de 2021

Columnistas

Retorno a la normalidad en Panamá

“La sociedad panameña, […], ha demostrado mayoritaria y solidariamente confiar en la ciencia, aceptando efusivamente el proceso de vacunación y el apego a las directrices de bioseguridad, […]”

Con optimismo cauteloso y humildad científica, a la espera de una mejoría sustancial en la equidad de inmunización global que aminore la potencial emergencia de nuevas variantes peligrosas, considero que Panamá retornará a la normalidad durante los primeros meses del 2022. Hemos alcanzado un 71 % de vacunación con dos dosis en la población elegible (mayores de 12 años) o 58 %, si tomamos en cuenta la cantidad total de habitantes del país (4.3 millones, estimación 2019). En lo que resta del año, debemos intentar vacunar a una mayor cantidad de personas (faltantes e indecisas), aplicar dosis adicional a la gente más vulnerable por edad, comorbilidad, grado de exposición laboral o inmunosupresión y considerar la administración voluntaria de vacunas en la edad pediátrica, tan pronto haya sólida evidencia de seguridad y eficacia en los estudios iniciales de investigación y en las experiencias que se vayan acumulando en los lugares que comiencen esta estrategia demográfica, teniendo como norte el logro de una suficiente inmunidad colectiva.

El SARS-CoV-2 se convertirá, sin duda, en un virus endémico causante de una de las tantas infecciones respiratorias que nos afectan anualmente. La meta de todo programa de salud pública, en el campo de las enfermedades infecciosas, es alcanzar la contención de cualquier patógeno relevante a través de cuatro fases programáticas: 1.- Control, cuando el microbio deja de ser un problema importante en términos de morbilidad, letalidad o demanda de atención hospitalaria, pero se mantiene circulando en bajo grado, con potencial para provocar brotes recurrentes; 2.- Eliminación, cuando el microbio desaparece de una región geográfica determinada; 3.- Erradicación, cuando el microbio cesa su circulación en el mundo; 4.- Extinción, cuando se destruye cualquier remanente del microbio que haya quedado resguardado rigurosamente en pocos laboratorios seleccionados de investigación científica.

A diferencia de la viruela, erradicada en 1980 y prontamente quizás la poliomielitis, solo presente en forma silvestre en Afganistán y Paquistán, la COVID-19 difícilmente será eliminada y menos erradicada. Las razones incluyen: la presencia de reservorios zoonóticos del coronavirus (se ha demostrado la portación del virus en más de 25 especies de animales); la presentación clínica y ruta principal de contagio (los patógenos respiratorios oponen mucha dificultad para cortar indefinidamente la cadena de transmisión); el prolongado período de contagiosidad (desde 2 días antes del inicio de síntomas hasta 7-10 días después); la transmisibilidad durante la fase asintomática de la enfermedad que impide bloquear precozmente la vía de propagación; la capacidad de generar variantes que reduzcan o acorten la protección en el tiempo; y la posible falta de inmunidad muy duradera, sea natural o por vacunación, lo que obligaría a la inyección de refuerzos con alguna periodicidad (cada cierto número de años por el incremento esperado de individuos susceptibles).

Los mejores ejemplos de lo que puede ocurrir con el SARS-CoV-2 son, probablemente, los del sarampión o la tosferina, ambas enfermedades solo en fase de control, con irrupciones intermitentes, debido a disminuciones en las coberturas de vacunación y a las frecuentes movilizaciones de inmigrantes vulnerables. Lo ideal, en este tipo de situaciones, es contar con tratamientos que mejoren el pronóstico del padecimiento. En la COVID-19 contamos ya con anticuerpos monoclonales (aún costosos y escasos), esteroides, remdesivir (beneficio muy modesto) y próximamente el antiviral molnupiravir, cuyos datos preliminares del estudio reciente en fase 3 parecen prometedores (otros dos fármacos similares cursan también estadios avanzados de desarrollo). En el futuro, por tanto, podríamos lidiar con el SARS-CoV-2 de manera análoga a como manejamos actualmente el virus de la influenza, con el medicamento oseltamivir para la terapia temprana de pacientes de elevado riesgo.

Aunque el comportamiento biológico del SARS-CoV-2 ha sido hasta ahora bastante impredecible y evasivo, ningún virus en la historia de la medicina ha evolucionado para adquirir imparablemente más y más patogenicidad. La experiencia científica indica que la ocurrencia de mutaciones tiende, con el tiempo, a debilitar al microbio en agresividad, aunque este se torne más transmisible debido al conveniente fenómeno de resiliencia darwiniana y subsecuente perpetuación de su existencia. Tan pronto el virus se haga endémico, podríamos empezar a abandonar las múltiples medidas de restricción, aunque mantener el uso de mascarillas durante el curso de afecciones respiratorias, el lavado frecuente de manos que ayude a reducir la contaminación microbiana y el acondicionamiento de áreas bien ventiladas en el hogar o trabajo, deberían ser prácticas cotidianas de higiene personal y colectiva. Será vital, además, invertir más en ciencia, para fortalecer la vigilancia de todos los microbios patogénicos y la preparación adecuada que nos permita anticipar y enfrentar futuras epidemias.

La ciencia nos ha traído vacunas seguras y efectivas, elaboradas con diferentes plataformas tecnológicas, tanto tradicionales como modernas, para mitigar la pandemia en tiempo récord, evitando un sinnúmero de hospitalizaciones, defunciones y secuelas que, de otra manera, habrían ocasionado una devastación sanitaria, económica, educativa y social de proporciones dantescas. Estas valiosas e impactantes herramientas de prevención convertirán a la COVID-19 en una dolencia endémica y manejable, particularmente en poblaciones inmunizadas. La sociedad panameña, afortunadamente, ha demostrado mayoritaria y solidariamente confiar en la ciencia, aceptando efusivamente el proceso de vacunación y el apego a las directrices de bioseguridad, inteligente cualidad que a corto plazo acercará a nuestro amado país a esa anhelada nueva normalidad. Enhorabuena.

Médico e investigador.

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