01 de Dic de 2021

Columnistas

Comentario de la obra El mito de la gravedad

“Los derechos humanos nunca son permanentes. Corresponde a todas y a todos, la lucha solidaria por el reconocimiento de los derechos de quienes no los tienen, […]”

Una de las obras seleccionadas para la séptima versión del festival de teatro del Ministerio de Cultura fue El mito de la gravedad, un pequeño acto de perversión social, la cual se presentó como lectura dramatizada en el teatro Anita Villalaz, en septiembre.

La obra escrita y dirigida por Javier Stanziola, contó con la asistencia de Fer Beseler y con las actuaciones de: Sandy Correa, Alejandra Araúz, Natalia Beluche, Roberto Thomas-Díaz y Albeniz Herrera, quienes permanentemente aportan a un teatro de buen nivel, en donde suelen concurrir contenido de temas relevantes en la sociedad, humor y arte.

El mito de la gravedad fue escrito en el 2014 y es aún hoy una pieza visionaria para la sociedad panameña, pues aborda el tema LGBTIQ+, concretamente la vivencia de una pareja lesbiana y la adopción, temas invisibles en Panamá.

Destaco tres aspectos de la obra: en primer lugar, me recordó el libro Diversos no perversos de Rafael Salín. En el que se plantea la pregunta de si se nace homosexual o la sociedad convierte a las personas en homosexuales. Pregunta que se responde con datos científicos, pero, a pesar de ellos, la sociedad sigue comprendiendo la homosexualidad como perversión. En parte, porque se mueve por dinámicas diversas, basadas en creencias que se convierten en mitos o “historias imaginarias que alteran las verdaderas cualidades de una persona o cosa y les da más valor del que tienen en realidad”.

Esto explica por qué, pese a que una pareja como la de la obra, pasara años de evaluaciones positivas y cientos de declaraciones de testigos, cumpliendo reglas y procedimientos estatales, era preciso obstaculizarles lo necesario, para retrasar la adopción y que incluso, una vez realizada, legalmente, se les infundieran pruebas negativas, para quitarle a su hijo. La evidencia no bastó. Primó el mito de lo que se ha construido del grupo que representan, al cual se ha mitificado como personas indignas y pervertidas. Por ello, ni sus capacidades, sentimientos ni demandas ni mucho menos el bienestar del niño fueron contemplados, puesto que esto no era lo importante, sino juzgar, discriminar y rechazar lo que ellas representaban, porque iba en contra de lo que, aún sin el respaldo científico, pero con la similar convicción de las leyes de gravedad, se ha construido en el imaginario social como inmutable: el hecho de que solo las personas heterosexuales son dignas, respetables y capaces de cuidar a niños y niñas. Lo cual es falso.

En segundo lugar, la obra llama la atención sobre los juegos de poder que se ciernen al margen de la necesidad y bienestar de las personas. Llama a reflexionar sobre cómo operan esos poderes, a través de distintas formas de exclusión, discriminación y violencias, con el fin de sostener el imaginario mítico construido como verdad.

Algunas de estas violencias son: los silencios cómplices cuando se requiere que se alce la voz; la falta de presencia y solidaridad; las descalificaciones de sus peticiones o necesidades, dándole significados de modas o caprichos; el desconocimiento de sus relaciones, llamándolas amistad; la desconfianza permanente; la presión social de obligar a las personas y parejas homosexuales a ser intachables, al ubicar sus actuaciones cotidianas en la mira, para que el primer destello de humanidad -aunque sea tomarse de la mano o tomarse una cerveza- sea catalogado de inmoral; la omisión legislativa; etcétera.

Estos juegos de poder operan tanto con leyes como sin ellas. Y en esa dinámica hay gente. Hay personas que sufren, pero que no se rinden; que suben y bajan escaleras, que esperan decisiones de autoridades, que tienen que asumir como pública y visible lo íntimo de sus vidas, porque les ha tocado entender que eso personal es político y que al hacerlo hay esperanza de mejora para sí y para otras personas.

En tercer lugar, la obra cuestiona la simbiosis entre el Estado y la religión y deja abierta la reflexión acerca de la necesidad de que las instituciones del Estado sean manejadas bajo principios de laicidad. Esto no significa suprimir las creencias propias, sino entender que estas son personales y no deben primar ni ser el norte ni fundamento de las decisiones públicas, que, por el contrario, deben buscar el bienestar de toda la población.

Finalmente, cito una frase que acompaña la obra: “Mientras más progresista el logro, más pesada la carga de la estabilidad”. Los derechos humanos nunca son permanentes. Corresponde a todas y a todos, la lucha solidaria por el reconocimiento de los derechos de quienes no los tienen, pero, sobre todo, por el sostenimiento de los derechos adquiridos. El arte es una importante vía para ello.

Especialista en Derechos Humanos.

***