02 de Dic de 2021

Columnistas

Magistrados de toga recogida

“¿Por qué los buenos callan, cuando los malos hablan, hacen y deshacen? ¿O por qué hablan tan bajito? ¿A qué le temen? ¿A perder el salario, el prestigio o qué?”

Ser magistrado era una de las designaciones más honorables de los Gobiernos ancestrales. Hablamos de aquellos ciudadanos que poseían suficiente solvencia moral, como para encargarse de la justicia romana. Sobra decir que, proporcional a la investidura del cargo, era la responsabilidad que ostentaban. Aun así, con el pasar del tiempo, fueron corrompiéndose hasta enlodar la dignidad del cargo, como suele ocurrir cuando el poder viste a los indignos. Un traje de lujo que no les luce ni lo saben llevar ni lo saben cuidar. Algo muy parecido a lo que vivimos hoy en nuestra actualidad. Para efectos de este artículo, entiéndase por “magistrado” cualquier autoridad de nuestros estratos políticos más altos. Es decir, no solo aquellos que por denominación dicen serlo. Es claro que no podemos medir a todos con la misma vara. Los habrá honorables, desde luego. Sin embargo, para como estamos, el exceso de honorabilidad también se nos ha vuelto un problema. ¿Por qué los buenos callan, cuando los malos hablan, hacen y deshacen? ¿O por qué hablan tan bajito? ¿A qué le temen? ¿A perder el salario, el prestigio o qué? Hace unos años atrás, en Panamá volvió a surgir aquello de que los magistrados debían ser mudos. Algo demasiado ambiguo a mi parecer, por aquello de que “el que calla otorga”.

Semanas atrás, los magistrados del Tribunal Electoral asumieron una posición muy digna. Abandonaron el diálogo de las reformas electorales, por considerarlo lesivo para nuestra democracia. Sin embargo, uno siempre espera más que una simple pataleta de quienes ostentan semejantes cargos. Como a finales de los ochenta, cuando Billy Ford, Arias Calderón y Guillermo Endara retaron al poder militar, expusieron sus vidas, levantaron la voz y convocaron al pueblo. Ellos fueron valientes, por eso pasaron a la historia con honor, no con berrinches ni rabietas. Si los magistrados del Tribunal Electoral no defienden de forma clara y contundente nuestra democracia, ¿a quién debemos llamar para que lo haga? ¿Al Chapulín Colorado? ¿A los tres chiflados? Digo, el pueblo ya demostró acuerparlos, ¿qué otra cosa necesitan para ejercer con templanza?  Por otro lado, hace unas semanas, también observé cómo la magistratura judicial solicitaba más “presupuesto” a la legislativa. ¿Qué clase de institucionalidad pedigüeña es esa?... Por eso Panamá está como está. Recordemos que cuando hay roles tan endebles, la corrupción retoña como cualquier otra flor en nuestro malquerido patio limoso.

Al parecer, la apatía popular ha dejado de ser la excusa predilecta de nuestras autoridades al omitirse. El pueblo está un poco más participativo, y en igual proporción empieza a exigir líderes que se comprometan. No figurines tibios, moviéndose de un lado a otro según soplen los vientos políticos. Nuestro país tiene altos retos por resolver a corto plazo. Definitivamente, vamos a necesitar magistrados que se “recojan la toga”, y soporten el peso del cargo con mucho más carácter democrático y menos fanfarria electorera.

Ingeniero en Sistemas.

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