29 de Nov de 2021

Columnistas

Centenario del natalicio de Silvia De Grasse

“[…], mientras conmemoramos el Bicentenario […], con sus dos fechas cimeras, el 10 y 28 de noviembre de 1821, el Centenario del Natalicio de Silvia De Grasse, no debe ser olvidado”

Era apenas un muchacho cuando inició la televisión en Panamá. Me parecía traído de otro mundo ese aparato en el que podía mirar mundos muy distantes del Guararé de los años sesenta. Y entre los programas nacionales que más concitaron mi atención, estaba la participación de una mujer a quien llamaban Silvia De Grasse. La fémina era muy innovadora y coqueta en su forma de vestir y de cantar, con melodías picarescas que hacían imposible el no caer ante los hechizos de las tamboreras y de su peculiar forma de interpretarlas. Acompañada de José Ernesto Chapuseaux (1911-1986) y Francisco Simó Damirón (1908-1992), el trío era la delicia de los melómanos, porque nadie podía quedarse quieto cuando presentaban a Los Alegres Tres.

La cantante panameña nació el 28 de octubre de 1921 y falleció en San Juan, Puerto Rico, el 14 de mayo de 1978. Estuvo casada con El Negrito Chapuseaux, dominicano, con quien recorrió diversos escenarios de América, particularmente en San Juan, Puerto Rico, y New York, en donde gozaron de mucha popularidad en la radio y la televisión. Y a su lado, siempre el inconfundible pianista Damirón, también nacido en la tierra del merengue.

Por allí tengo en mi colección de música algunas muestras de su arte musical, al estilo de Gallo Pinto, La morena tumba hombres, La aparición, Panamá Viejo, Sombrero jipijapa, Cadena chata, El cangrejal, Papelito blanco, Pepe, La cita, Mariabé, Ponte la faja Francisco y tantos éxitos que la hicieron merecedora del título de “Reyna de la tamborera”. Porque hay que decirlo, ella supo darle un renovado impulso musical a nuestra música vernácula, acompañada de músicos como Avelino Muñoz, ese otro panameño que supo hacer del órgano una voz de nuestra identidad.

En la época que le tocó vivir, la presencia de Silvia no es casual. Aparece cuando desde las áreas interioranas el violín y el acordeón se dan un abrazo de patria. Estamos a mediados del siglo XX cuando Gelo Córdoba y Dorindo Cárdenas se constituyen en figuras cumbre del instrumento de fuelles y el istmeño Ricardo Fábrega incursiona con la tamborera, el género musical que es una mezcla de tamborito, son y danzón de la tierra de Martí.

Sin duda, ella es un signo de los tiempos, encarna una tendencia musical que veremos acentuarse en las décadas siguientes, es decir, el inevitable encuentro entre la orejanidad y el influjo de aires extranjeros que obligan a mixturas musicales no siempre esperadas. Lo hermoso de Silvia de Grasse es verla asumir el reto, transformarlo e incluso fundirlo con aires de la tierra de Quisqueya, mientras lo panameño sigue respondiendo a nuestras querencias y gustos populares.

A la panameña aún no se le ha reconocido este aporte, me refiero a su apertura musical, sin miedos alienantes y con confianza en lo que somos. En este sentido la cultura istmeña, y particularmente la vernácula, tiene mucho que aprender de la Reina de La Tamborera, la mujer que colocó nuestra música en el pentagrama internacional, estilizándola y haciendo de ella un referente importante.

En este año, mientras conmemoramos el Bicentenario de la Independencia de Panamá de España, con sus dos fechas cimeras, el 10 y 28 de noviembre de 1821, el Centenario del Natalicio de Silvia De Grasse, no debe ser olvidado. Ella es el canto de Panamá y la prueba fehaciente de que en doscientos años la nación vive y palpita, y aunque el género musical que interpretó -la tamborera- ya no tiene la fuerza de antaño, su legado perdura en la conciencia de la nacionalidad y nos hace sentir más panameños.

Sociólogo

***