29 de Nov de 2021

Columnistas

El agua en la arquitectura

“Es extraño cómo un país con costas en dos océanos, 52 cuencas hidrográficas y 500 ríos […] refleje una arquitectura desvinculada del poder estético, hidráulico y funcional del agua”

El istmo de Panamá y su territorio insular emergieron del mar hace más de tres millones de año. Ese acontecimiento del pasado geológico de la Tierra ayudó a moldear los patrones del clima de Europa, redefinió las corrientes oceánicas y convirtió al elemento agua como protagonista.

Sin embargo, la arquitectura en este país parece tener cierto grado de divorcio con este elemento abundante en la naturaleza, a diferencia de lo que ha ocurrido en antiguas y grandes civilizaciones, donde las fuentes y acueductos dieron un perfil propio a ciudades y asentamientos humanos.

La conmemoración del Bicentenario de la Independencia de Panamá de España y el legado cultural ofrecen la oportunidad de reflexionar sobre la introducción de valores arquitectónicos que han contribuido a perfilar la identidad nacional y ponderar el carácter de la población panameña.

Viejos edificios restaurados con patios interiores, jardines floridos y fuentes que evocan un tiempo pretérito sugieren que el Trópico húmedo debe mostrarnos un camino coherente en la concepción de ciudades respetuosas con los ciudadanos y más amigables con el medio ambiente y el ahorro de energía.

Panamá es uno de los países latinoamericanos con menos parques por kilómetro cuadrado, y ello se percibe más claramente a partir de la ausencia de norias y estanques para transmitir a los residentes y visitantes los tranquilizadores sonidos acuáticos que se escuchan en la Alhambra.

Los complejos de edificios incorporan en sus diseños piscinas, en su mayoría no responden a un concepto del máximo aprovechamiento hídrico, incluso en la llamada colección del agua de lluvia en los tejados para activar fuentes a través de medios mecánicos o eléctricos.

Faltan en la metrópoli fuentes iluminadas, con luces y chorros de agua controlados por ordenadores, que inspiren a todos a abrazar la modernidad, pero sin dar la espalda a las tradiciones de antaño reflejadas en paredes y muros de piedra o de ladrillos y en los techos cubiertos de tejas.

Es extraño cómo un país con costas en dos océanos, 52 cuencas hidrográficas y 500 ríos en su extensión geográfica refleje una arquitectura desvinculada del poder estético, hidráulico y funcional del agua. De hecho, no existe en la metrópoli ningún parque acuático llamado H2O (representación química del agua), que induzca a los habitantes de una comunidad determinada a la valoración de la riqueza hídrica y su vínculo con el entorno.

La ciudad de Berlín alberga un curioso reloj de fluidos que cada hora permite a los visitantes seguir la ruta de la sustancia líquida hasta marcar la hora exacta. Así el agua colocada en dispositivos de sincronización o en fuentes verticales o giratorias puede ayudar a crear ambientes agradables y armoniosos que sirvan como atracción pública.

Los profesionales de la arquitectura deben tener en cuenta que un pozo brocal, un molino en un afluente en medio de un conjunto de viviendas rurales o un tanque de agua situado en la cumbre de una colina para abastecer el vital líquido a las áreas urbanas, pueden convertirse en puntos atractivos importantes en la redefinición del hábitat, y en la adaptación de modelos acogedores y más funcionales.

La nueva arquitectura del siglo XXI debe sugerir lugares de encuentro seguro pospandemia, en vez de construir edificaciones oscuras y asfixiantes moles de concreto. El agua podría ayudarnos a pensar en nuevas propuestas, como un Museo Hídrico, pero también en escenarios rítmicos, como los sonidos de ocarinas por las que fluía el agua y el viento, hace 500 años, generando conciertos estimulantes y maravillosos.

Arquitecta

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