01 de Dic de 2021

Columnistas

¡Que caiga el asteroide ya!

“Una esperanzadora noticia me alegró la semana. La NASA informó que una explosión con el poder de 150 bombas de Hiroshima podría dejar un escenario apocalíptico en la Tierra el próximo año”

El planeta debe eliminar al ser humano de su hábitat, si desea un destino mejor. Nuestra especie, creada, según alegorías bíblicas, a imagen y semejanza de una deidad, es en gran medida depredadora, insolidaria, mezquina, deshonesta, corrupta, injusta, fóbica, hipócrita y malvada. Ya lo decía atinadamente el humorista Bill Watterson: “La prueba más fehaciente de que existe vida realmente inteligente en otro lugar del universo es que nadie ha intentado contactarnos”.

Una esperanzadora noticia me alegró la semana. La NASA informó que una explosión con el poder de 150 bombas de Hiroshima podría dejar un escenario apocalíptico en la Tierra el próximo año. La agencia espacial advirtió que un gran asteroide, catalogado como “potencialmente peligroso”, podría impactar el globo terráqueo entre marzo y mayo del 2022, aunque estima que la probabilidad de ocurrencia es de 1 en 3800 (0,026 %) y que al acercarse a la atmósfera se fragmentaría en residuos de menor calibre.

La cifra es, empero, más elevada que cualquier evento adverso relevante que pueda provocar la vacunación contra COVID-19. La roca cósmica se ha calificado como Objeto Cercano a la Tierra (NEO), lo que significa que está suficientemente cerca como para considerarse una seria amenaza. El asteroide 2009 JF1 está actualmente a 376 millones de km de distancia, desplazándose en órbita elíptica a 65 mil km por hora hacia nosotros. Fue visualizado a través del sistema de monitoreo Sentry en 2009, calculando que mide unos 13 metros de diámetro. La hipotética colisión causaría una detonación equivalente a 230 kilotones de dinamita.

Mientras el evento sideral acontece, un gran estruendo mediático se sintió hace unos días debido a la absolución del exmandatario por acusaciones de haber realizado escuchas telefónicas privadas. En Panamá, sin embargo, los veredictos jurídicos no deberían conmocionar a nadie. Apartándome de conjeturas legales sobre la decisión, muy lejanas a mi experticia, nuestra justicia ha dejado en la impunidad a los perpetradores de numerosos escándalos ocurridos durante todas las administraciones posdictadura, presuntamente a través de pactos clandestinos entre banderías partidistas. Afiliaciones políticas, influyentes amiguismos, rimbombantes apellidos y hasta clamorosos sobornos han propiciado toda clase de indulgencias. Una plétora de grotescos actos de corrupción, de negocios basados en información privilegiada, de licitaciones amañadas, de sobreprecios en obras, de evasiones fiscales, de planillas desbordadas en botellas, de clientelismos legislativos, de contubernios empresariales y de un largo etcétera, ha sido rápidamente archivada en el baúl de los olvidos alcanforados. En una nación enana, gobernada por parientes acomodados estratégicamente en cada bando ideológico, el infierno se torna gigantesco. Como telón de fondo, los poderes económicos moviendo los hilos de todas sus marionetas civiles.

Estamos acostumbrados a quejarnos de dirigentes políticos y jueces, pero el juegavivo salpica a toda una sociedad repleta de doble moral y conveniente selectividad en su crítica ajena. Nadie hace introspección y reflexiona sobre su propia culpa. La maleantería no se hereda, sino que se forja por la escasez ética en familia y entorno, agrandándose por ausencia en la certeza de castigo. Colarse en una fila, obtener cupo escolar furtivamente, coimear al policía para esquivar una multa, vacunarse por fuera de las prioridades, violar normativas sanitarias, desinformar de manera malintencionada sobre la prevención de la COVID-19, mentir sobre tratamientos alternativos para garantizar afluencia de pacientes, confeccionar incapacidades espurias para evadir juicios, elaborar mandatos oficiales pese a flagrantes conflictos de interés, alterar pruebas con propósitos vengativos, divulgar fotos privadas con objetivos aviesos, emitir discursos de odio y practicar misoginia, homofobia, xenofobia o racismo o promover huelgas para provecho sectorial, aunque se perjudique al usuario, por ejemplo, son todas cualidades execrables que ocurren cotidianamente en suelo patrio.

Otras entidades no estatales también guardan mugre debajo de sus alfombras. Cuando un medio de comunicación calla, manipula o resalta una noticia de acuerdo con su interés particular, incurre también en actos de podredumbre conductual. No publicar una encuesta que favorece al enemigo, dar un trato narrativo diferente a una misma irregularidad (Panama Papers vs. Pandora Papers), aceptar un escrito con información falsa y temeraria por motivos mercantiles, emitir publicidad engañosa sobre placebos naturales para curar cualquier dolencia o criticar despiadadamente a un Gobierno y tiernamente a otro según la conveniencia del momento, son prácticas anómalas habituales a nivel local. Desde que la infodemia se convirtió en lucro, la verdad ha sido la primera damnificada. Igualmente, cuando una corriente o secta religiosa minimiza y protege por décadas sus actos de pederastia, pese a autodenominarse paladines morales de la colectividad, discrimina a la mujer, consigue exención de impuestos a cambio de prebendas, recibe donaciones de fuentes putrefactas e interfiere en la educación sexual integral de la juventud, se abona también a la crónica indecencia.

El mundo, para colmo, vive actualmente una polarización espantosa, que enarbola una malentendida libertad de expresión carente de deberes y responsabilidades, que pisotea los derechos de la otredad, que fomenta inequidades y desigualdades en sus poblaciones, que ignora los profundos efectos del cambio climático, que agrede al ecosistema de animales silvestres, que extermina a otros seres vivos y que transita a la deriva como especie empática y solidaria. Casi quinientos años después de que Galileo revolucionara las bases del pensamiento crítico, se empieza a respirar nuevamente el activismo inquisidor y anticientífico, con algunos Homo sapiens pobremente evolucionados defendiendo incluso, entre otras irracionalidades, la idea de una Tierra plana. Anhelo que tengan razón, así el asteroide nos aplastará a todos simultáneamente…

Médico e investigador.

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