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20 de Ene de 2022

Columnistas

Los frutos desestimados de la invasión de 1989

“¿Cuántos relacionan la alta criminalidad y narcotráfico con esa invasión? ¿O la alta dispersión social que inhibe el robustecimiento del capital social nacional necesario para el éxito de procesos de desarrollo sostenible del país?”

Invasión de Estados Unidos a Panamá, 20 de diciembre de 1989
Invasión de Estados Unidos a Panamá, 20 de diciembre de 1989Archivo | La Estrella de Panamá

John Perkins, en su obra autobiográfica “Confessions of the economic hit man” (Confesiones de un sicario económico, 2005), permite comprender la existencia de un hilo conductor que encuentra en 1981 (asesinato del general Torrijos), 1989 (invasión) y lo que va del siglo XXI. En efecto, Perkins describe con extremada claridad los mecanismos empleados por las élites de las corporaciones transnacionales financieras, para ejercitarse como los verdaderos dueños del mundo. Estas someten no solo a los países subdesarrollados, sino, también, a los mismos Estados de las naciones industrializadas. A los primeros, los someten para que sus Estados sean incapaces de proteger sus bienes ambientales, económicos y sociales. En los segundos, logran hacerse del control de los aparatos jurídico-políticos (organismos judiciales, instituciones de control político) y político-represivos (organismos militares y policiales del control social nacional e internacional), para que protejan los grandes intereses de las superélites mundiales, en ocasiones, a contravía de los intereses de sus propios pueblos.

La narrativa de Perkins da cuenta de que le tocó tratar de convencer a varios líderes gubernamentales de América Latina, entre ellos al presidente Roldós de Ecuador y al general Torrijos. Según, sus propias palabras, “eran hombres íntegros” respecto al manejo del Estado. Ambos, muertos en supuestos accidentes que este exsicario de las élites corporativas mundiales deja entrever que era la forma de operar de este “imperio corporativo”, cuando no aceptaban el chantaje que los sicarios hacían. Ambos, habían rechazado las instrucciones de las IFIS para privatizar a las empresas estatales, privatizar los fondos de pensiones y jubilaciones, etc. En el caso de Torrijos, las élites económicas globales también aspiraban a mantener el control de las operaciones del Canal de Panamá, a través de EUA.

La cuestión es que, muerto el general Torrijos, las indicaciones de los sicarios económicos siguieron, pero con parsimonia y a pedazos, por el poder real de la época -la Guardia Nacional y luego Fuerzas de Defensas-, cuya institución tenía también su propio proyecto que no coincidía con el del “imperio corporativo” al que se refería Perkins. Este, ilustra en su obra que, cuando esta eventualidad ocurría, el ejército de EUA intervenía directamente… De aquí la ocurrencia de la invasión en 1989.

Entonces, 1981 tiene su real desenlace no con la muerte del general Torrijos, sino con la invasión norteamericana de 1989.

De la invasión, empero, se escamotean diversas secuelas que hoy estamos sufriendo social, económica y políticamente.

¿Cuántos relacionan la alta criminalidad y narcotráfico con esa invasión? ¿O la alta dispersión social que inhibe el robustecimiento del capital social nacional necesario para el éxito de procesos de desarrollo sostenible del país?

Por varias décadas, hasta el momento de la invasión de 1989, existía una norma no escrita en la cual las fuerzas del control público permitían que las fuerzas irregulares del narcotráfico suramericano podían hacer uso de ciertos servicios de Panamá para sus negocios, mientras no dejaran sus productos en nuestro país y siguieran rumbo a los mercados de Norteamérica y Europa; sin duda, las fuerzas del control público tenían algún dividendo en la aplicación de dicha norma.

Desmantelada la única fuerza de control del territorio por el ejército invasor, la norma se convirtió en pacto estéril, incontrolable… ¿El resultado?, el que hoy observamos en barrios pobres y no pobres del país, producto de la inundación de las drogas en Panamá. Anteriormente, la poca circulación de estas mantenía elevado los precios, de tal forma que el consumo de la marihuana y luego la cocaína era cosa de la “alta sociedad” panameña. Con la inundación de drogas psicotrópicas desde 1990, el precio bajó, haciendo accesible este producto demoníaco a gente de barrios y poblados pobres, tanto para consumir como para tener acceso a este como medio para su sobrevivencia y “salir de la pobreza”. A su vez, se hace cada vez más notoria la multiplicación de males que el narcotráfico está generando en nuestra sociedad: la disminución de la potencialidad de nuestras generaciones de relevo; el aumento de problemas de salud mental; la elevación de la mortalidad por razón de la criminalidad asociada al narcotráfico, solo para mencionar algunas de sus secuelas.

Evidentemente, este producto social es olímpicamente ignorado o desestimado por las élites del poder como lo que es: uno de los frutos de la invasión de 1989.

Sociólogo y docente universitario.