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20 de Ene de 2022

Columnistas

Pandemia 2022

“El anhelado escenario será aquel en el que la vacunación masiva e igualitaria y las medidas óptimas de manejo médico nos conduzcan a una etapa de transición que convierta la emergencia en endemia”

Al inicio de la pandemia y hasta antes del surgimiento de la variante delta, se popularizó un término esperanzador: la inmunidad de rebaño (también llamada inmunidad colectiva o grupal). Este concepto, acuñado en el año 1923 por observaciones sobre la transmisión del sarampión, se refiere a que cuando una gran parte de la población se torna inmune a un determinado microbio, en este caso el SARS-CoV-2, es menos probable que la infección se siga propagando, debido a que se rompe la cadena epidemiológica de contactos. De esa manera, toda la sociedad queda protegida, incluyendo a las personas que no han adquirido ninguna protección natural o vacunal. La inmunidad de rebaño se puede lograr luego de que suficiente cantidad de individuos haya padecido la COVID-19 o, mejor aún, después de que un gran porcentaje de la colectividad reciba la vacunación completa. Para infecciones no tan contagiosas (R0 de 1.5 a 3 contagios por cada infectado), la cifra poblacional inmune estimada era de 65-70 %; con la aparición de delta (R0 de 6-8) el porcentaje subió a 85-90 %; ahora, con ómicron (R0 de 12-16), la meta parece inalcanzable. Tras dos años de pandemia, por tanto, la complejidad evolutiva del virus está impidiendo que ocurra el ansiado fenómeno bioestadístico.

Pero, aunque sea poco probable que se logre una suficiente inmunidad grupal que elimine la enfermedad, podemos ser optimistas y pensar que lograremos mantener la pandemia bajo control, evitando que mucha gente se hospitalice o fallezca por la COVID-19, una propuesta conceptual que denominaría “inmunidad nosocomial de rebaño”. Las vacunas contra el SARS-CoV-2, de hecho, han demostrado ser muy efectivas en reducir significativamente el riesgo de desarrollar una neumonía grave o morir por cualquiera de las variantes virales surgidas hasta la fecha. Aunque las personas vacunadas pueden contagiarse e infectar a otros, lo hacen con frecuencia reducida, con menor carga viral viable y por un tiempo más corto en comparación con los individuos no vacunados. Pese a que ómicron es el linaje más transmisible y con superior escape a la neutralización por anticuerpos monoclonales o vacunas, los datos preliminares sugieren una disminuida agresividad. Es prematuro especular si esta potencial reducción de la virulencia del patógeno puede ser el preludio de la transición de epidemia a endemia, como paso final a la salida de un túnel que ha devastado al mundo por ya dos (2) años.

Varios factores, sin embargo, nos exhortan a no caer en excesivos triunfalismos. Debido a que la distribución global de las vacunas y las prometedoras medicinas recientemente autorizadas (molnupiravir y paxlovid) es notoriamente desigual, la continua aparición de nuevas variantes puede dar al traste con nuestras ilusiones. En muchos lugares de Europa, Reino Unido, Israel, Estados Unidos, Asia y América Latina, más del 70 % de sus habitantes ya ha recibido dos dosis de vacunas. A nivel mundial, empero, apenas la mitad de la población posee al menos una dosis. Y en los países de más bajos ingresos, la cifra es de apenas un 7 %. En esencia, de nada sirve que una nación esté completamente protegida mientras otras regiones del planeta sigan siendo vulnerables, porque los microbios no conocen fronteras ni requieren visados para penetrar cualquier barrera geográfica. Mientras el SARS-CoV-2 prosiga circulando activamente habrá riesgo de emergencia de distintos linajes que produzcan síntomas más severos o evadan intensamente el efecto de las vacunas. Ante el hecho de que este coronavirus se transmita también a los animales, en una forma de zoonosis inversa (“antropozoonosis”), otras especies podrían actuar como una “reserva” del virus desde la cual puede volver a introducirse en los seres humanos.

Es tiempo de razonar sobre que, en vez de aspirar a suprimir el virus por completo, los esfuerzos deberían estar dirigidos a acostumbrarnos a convivir con el SARS-CoV-2 y a tolerar mínimos riesgos de salud, tal y como lo practicamos anualmente con la influenza estacional. El objetivo es que, aunque se vuelva un microbio endémico, que continúe circulando entre nosotros, lo sea a un nivel manejable. Una especie de control funcional de la pandemia, donde no se trata de eliminar todos los casos, sino de tener una situación inmunitaria con muy pocos casos graves. No es que la gente no se infecte, es que no se llenen los nosocomios de enfermos en cuidados intensivos. El éxito contra la pandemia será ver a los hospitales bastante vacíos de COVID-19 y permanecer con una ausencia total de confinamientos. Tenemos que pensar en las medidas que estamos dispuestos a conservar por buen rato, como quizás el uso de las mascarillas y las pruebas diagnósticas rápidas. Urge, por tanto, que las autoridades sanitarias actualicen sus guías epidemiológicas para personas bien vacunadas, reduciendo los días de aislamiento para enfermos y contactos, con base en tiempos de contagiosidad, culminación de síntomas y resultados de pruebas antigénicas que denoten bajo riesgo de transmisibilidad. Es muy importante, además, adquirir los mejores tratamientos disponibles que mejoren el pronóstico de la enfermedad (monoclonales, antivirales) a la mayor brevedad posible.

El anhelado escenario será aquel en el que la vacunación masiva e igualitaria y las medidas óptimas de manejo médico nos conduzcan a una etapa de transición que convierta la emergencia en endemia. La combinación de las distintas estrategias preventivas, curativas y logísticas serán esenciales para volver a la normalidad educativa, social y económica en el 2022. Tengo optimismo cauteloso de que tendremos un más venturoso y saludable año nuevo. Mis mejores deseos para todos ustedes.

Médico e investigador.