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26 de Ene de 2022

Columnistas

Mi testimonio del 9 de Enero de 1964

“Esa nochecita me hirvió la sangre, después de hacer un recorrido por la 4 de Julio, la 5 de Mayo y la avenida Central, y sentí que debíamos defender a nuestra gente y rechazar la agresión”

El 9 de Enero de 1964, EUA masacró a estudiantes y pueblo en general. Entonces frisaba los 24 años y residía cerca del Hotel Continental. Cursaba materias de II a VI año en la Escuela de Diplomacia, como estudiante especial, pues tenía planes de ingresar al Colegio de México. Era supervisor de Comunicaciones de Gulf Petroleum, S. A.

El objetivo de mis estudios era ampliar mis conocimientos de la problemática canalera. Mi interés nacía de un juramento que hice a los diez años de dedicar mi vida a expulsar a EUA de Panamá, luego de que un militar “zonian” azuzó a su perro pastor alemán, que casi me mata, teniendo que ser operado de emergencia durante horas sin anestesia, sujetado por ocho hombres y mi madre. No pude caminar ni tampoco ir a la escuela por cuatro meses.

El director de la Escuela era el Dr. Ernesto Castillero Pimentel. Mis profesores, los doctores César Quintero, Jorge E. Illueca y Diógenes A. Arosemena G.

Estudiaba asiduamente en la Biblioteca de la Zona del Canal, en el “Civil Affairs Building”, en la “Panama Collection”, no accesible a panameños. A mí me hicieron una excepción, pues hablaba perfectamente el inglés.

Mi relación con Domingo H. Turner (fui su secretario desde 1959 y ayudé a redactar sus memorias – “Panamá rebelde”), quien dedicó su libro (“¡Tratado Fatal!”,1963) “A los estudiantes de Diplomacia y Derecho”), aunada a mi estrecha relación con Jorge Turner, ayudaron a completar mi formación académica.

El 9 de Enero, por la tarde, las emisoras transmitían incidentes entre los “zonians”, la policía, el ejército norteamericano y el pueblo panameño. Pensé que se trataría quizás de una escaramuza más, pero me percaté de que no, y que debía acercarme a la zona en conflicto.

Esa nochecita me hirvió la sangre, después de hacer un recorrido por la 4 de Julio, la 5 de Mayo y la avenida Central, y sentí que debíamos defender a nuestra gente y rechazar la agresión. Las emisoras daban cuenta de las víctimas y cómo en los hospitales se amontonaban cadáveres y heridos en las entradas y pasillos. La policía panameña había sido acuartelada por órdenes de Bolívar Vallarino.

Me dirigí a la Compañía América, en la avenida B, que vendía armas de cacería, pero ya había sido visitada.

En la hoy Asamblea Nacional vi caer muertos y heridos. Allí vi y escuché al corregidor de Calidonia, el Ñato González, un personaje muy popular, en camiseta y a pecho abierto, retar y gritar contra los gringos, disparándoles con un revólver. Pocas personas tenían armas cortas, ineficaces frente a las armas de guerra que disparaban con mira infrarroja desde la Zona hacia donde estábamos nosotros. Algunos policías panameños disparaban desde los techos. La gente caía inocentemente y corría a ocultarse tras los muros.

Entonces apareció una avioneta de la Zona que sobrevolaba nuestras cabezas por el Café Pepsi Cola, que nos conminaba con un megáfono a retirarnos: “¡Panameños, retírense a sus casas! ¡Retírense de los límites!”. Me dio mucho coraje que nos ordenaran a los dueños del territorio retirarnos a nuestras casas. Como estaban violando nuestro espacio aéreo, teníamos derecho a echar la avioneta abajo, pensé.

Tenía en esa época catorce armas diferentes y conformábamos un grupo de cacería que íbamos a selvas vírgenes a buscar pavos y puercos de monte para comer, no como caza deportiva. Cada año nos internábamos durante diciembre en las selvas entre Guna Yala y Altos de Pacora, totalmente inhabitadas y desprovistas de caminos.

Propuse al grupo que usáramos las armas. Descartamos las escopetas, porque estaríamos en desventaja frente al alcance y precisión de los fusiles y ametralladoras enemigas. Decidimos no estar en frente a la Asamblea Nacional, porque, al devolvernos el fuego, podría morir mucha gente que se nos agolpaba alrededor. Decidimos ir, Zósimo Wong Broce (Q. E. P. D.), mi hermano Carlos, mi cuñado Iván y yo.

Acostumbrado a matar a un “gavilán pollero” en pleno vuelo de un solo disparo, me parecía fácil acertarle a una avioneta. Era solo cuestión de ver dónde aminoraba el vuelo y descendía para regresar a la Zona para entonces pegarle cuando hacía el giro.

Nos ubicamos en el Marañón, atentos, por si acaso llegaba la policía. Justo cuando la avioneta, que llevaba luces internas y de navegación encendidas, aminoró su marcha y giró sobre nosotros, Zósimo Wong Broce -que era como un hermano para mí- disparó primero con un .22 checoslovaco, marca Husqvarna, en tanto que yo disparé con un Winchester Hornet .22, que era siete veces más potente y varias veces más veloz que el .22 normal. Le disparé con una sola bala al motor (no tenía cargador), porque no quería matar a sus tripulantes ni ocasionar un incendio en Calidonia al caer la avioneta sobre los caserones de madera.

Cuando halé el gatillo del Hornet, se escuchó un golpe metálico fuerte y seco que le pegó al motor. Se apagaron las luces de navegación y las de cabina, así como el propio motor. La avioneta empezó a perder altura y se alejó planeando rumbo a Albrook Field, base aérea de EUA, donde aterrizó forzosamente.

Nos retiramos raudamente del lugar.

Un importante diario (creo que La Estrella) decía en la portada que “algunos sujetos irresponsables le dispararon a una avioneta, obligándola a aterrizar en Albrook Field”.

El 9 de Enero dio fuerte impulso a nuestra lucha contra los proyectos de tratados Robles-Johnson (Yao, “El Canal de Panamá, calvario de un pueblo” (1972, 1974).

En vista de que la Gulf Oil mantenía depósitos de combustibles en la Zona del Canal, me pareció incompatible seguir laborando allí, y renuncié. Era cuestión de principios.

Analista internacional.