Temas Especiales

28 de May de 2022

Columnistas

Impacto dañino de políticas mal concebidas

“Políticas dañinas como estas claramente afectan nuestra salud y ahora es tarea de todos tratar de cambiarlas para resolver de una vez por todas la afectación que han causado”

Trasladémonos mentalmente a la década de 1980. En ese entonces, Panamá tenía una predisposición a la obesidad menor del 15 % y ninguna provincia estaba por encima del 30 %. Apenas cuarenta años después y ninguna provincia tiene una predisposición menor del 30 % y ciudades como Panamá y Colón superan el 75 %. Es una realidad que nos obliga a preguntarnos, ¿qué pasó?

Y vamos a contar qué pasó. Lo que pasó es que hoy hay un descontrol con respecto a los productos que comemos. Si hacemos un análisis sobre los 25 países de más altos ingresos del mundo, países todos desarrollados, nos daremos cuenta de que en todos existe una falta de control sobre la comida procesada que ha hecho que aumente su consumo y, como consecuencia, aumente también el índice de masa corporal. De estos países 25 países, donde menos control hay es en los Estados Unidos, precisamente el país con el mayor porcentaje de consumo de comida chatarra y donde las tasas de obesidad son las más elevadas. Y además es un país donde la COVID hizo estragos y afectó tremendamente a la población.

Un adulto promedio en estos países desarrollados consume alrededor de 3200 calorías por día y una gran proporción de estas calorías proviene de las grasas y el azúcar de comida altamente procesada, debido a que, por más de cuarenta años, sus Gobiernos han subsidiado a los productores de maíz y les han permitido producir a bajo costo el famoso jarabe de maíz de fructosa, que se usa prácticamente en todos los productos alimenticios procesados.

Panamá no escapa de esta realidad. Según cifras oficiales del Minsa, 71.6 % de los adultos y 32.4 % de los niños sufren de sobrepeso y obesidad. Esta es la antesala para enfermedades y padecimientos más serios como la diabetes, hipertensión, infartos, derrames, cáncer, colesterol alto, casi todas prevenibles con estilos y hábitos saludables de vida.

Pero el rasgo más triste de esta realidad es su impacto en las clases más pobres. Un análisis somero de salud pública demostraría que el quintil más pobre de la población tiene dos y hasta tres veces más probabilidades de morir de una enfermedad cardiovascular o de diabetes que el quintil más rico. Figurativamente, si nos montáramos en el Metro hacia la 24 de Diciembre, la esperanza de vida promedio disminuiría por cada parada al este de la estación de San Miguelito. En estas áreas es más difícil encontrar alimentos frescos asequibles y es más fácil comer comida chatarra en fondas y kioscos donde usan aceite quemado y grasas hidrogenadas. Además, es más difícil encontrar un espacio al aire libre para hacer ejercicio. Solo en el 2019 se produjeron más de 4 mil hurtos y asaltos en la ciudad de Panamá, la mayoría de los cuales ocurrieron en barriadas pobres y áreas rojas. En tales circunstancias, salir, y mucho menos caminar, es una perspectiva poco atractiva para cualquiera.

La pobreza en sí misma es un factor de riesgo subyacente de la mala salud que tenemos en el país. Y si seguimos analizando el problema, vamos a descubrir que las políticas de Gobierno que agravan la pobreza también agravan la salud. En otras palabras, las políticas que implementa un Gobierno pueden enfermar o sanar, dependiendo de si están bien o mal concebidas. Y vistas desde ese espejo, la comida chatarra es un problema político, porque han sido los Gobiernos y sus funcionarios incapaces los que han permitido que el vil mercantilismo se incruste en nuestra sociedad y agrave la salud y ensanche las desigualdades socioeconómicas de la población.

Hoy podemos aseverar que fue un error creer ciegamente en la benevolencia del mercado cuando en los años 80 se definieron políticas de Estado para desregular el sector agropecuario. Esas desregulaciones trajeron consigo consolidaciones perversas y aumentos desproporcionados en el poder del mercado que al final crearon distorsiones que hicieron que, por ejemplo, el maíz, la soya y el trigo se utilizara sin ningún control para fabricar alimentos ultraprocesados que son ahora la principal causa de los problemas de salud en la población.

De la noche a la mañana, el concepto de ganancias se convirtió en la principal prioridad de la industria de alimentos, y sin ninguna consideración se comenzó a abusar de materias primas de baja calidad, como el jarabe de maíz de alta fructosa. Igualmente, se permitió la distribución de comida chatarra en escuelas y de anuncios publicitarios en televisión a la hora pico de la audiencia infantil.

Políticas dañinas como estas claramente afectan nuestra salud y ahora es tarea de todos tratar de cambiarlas para resolver de una vez por todas la afectación que han causado.

Empresario