02 de Oct de 2022

Columnistas

En el pueblo donde yo nací

Sasardi Muladub fue el lugar donde se forjaron mis primeros años y donde mis padres me inculcaron la importancia de la educación y el amor a la lectura

Sasardi Muladub es una de las comunidades de la comarca Guna Yala que históricamente tuvo el nombre de isla Gallinazo. La habían bautizado con ese nombre por la abundancia de estas aves cuando llegaron los primeros pobladores a esta isla.

Yo nací en Sasardi Muladub rodeado del amor de mis padres. El escenario era muy distinto a lo que es ahora. Los comuneros se dedicaban a cultivar diferentes productos del campo como la caña, arroz, plátano, guineo, piña, otoe, yuca, etc. Dedicaban todo su tiempo a la agricultura para mantener a sus familias.

Mi padre me contaba que en el pasado las labores del campo iniciaban antes que amaneciera. Antes de las 6 de la mañana, la mayoría de los comuneros ya estaban en sus fincas para realizar los trabajos de limpieza y cultivo. Se dedicaban de lleno a la agricultura. Eso explica por qué, a pesar de que ellos no recibían ningún salario, comían bien y tres veces al día. En las mañanas era muy común desayunar chicha de plátano, que en kuna se conoce como madun, con un pedazo de aguacate o maíz asado. En el almuerzo, el mar proveía sus productos frescos. La comida típica, el dule masi, era el plato fuerte al medio día, que en realidad es la sopa de pescado. En las tardes, antes de despedirse del día, no faltaba el aguacate, el plátano asado con carne de monte, ya sea venado, saíno, conejo pintado o tapir. La carne abundaba en la región. El sábalo también abundaba en las costas de Guna Yala. Los habitantes practicaban mucho el trueque a pesar de que en cada hogar había suficiente comida. Era la forma de demostrar la unidad entre todos los habitantes. Intercambiaban los productos del campo sin ningún compromiso. Los habitantes afirmaban que Dios les había proporcionado las tierras para cultivarlas con el objetivo de vivir bien, en hermandad con todos los pueblos. Por eso, las tierras eran sagradas para ellos.

En el pueblo donde yo nací, a una hora en avión de la ciudad capital, seis horas o más por mar, ya cerca de Colombia, realicé mis estudios primarios y secundarios. A pesar de que mi padre no pudo culminar la premedia, junto con mi madre, que no fue a la escuela, me inculcaron desde pequeño la importancia del estudio y el amor hacia la lectura. Mis padres hablaban orgullosamente su idioma, y eso fue lo que también me inculcaron. Mis padres tenían claro el pensamiento de que en el futuro la situación cambiaría y nada sería fácil, que vendrían situaciones difíciles, que por eso tenía que prepararme para la vida. Y tenían mucha razón.

Muchas veces la cena era arroz con tuna, con frijoles, con salchicha en lata, o arroz con corn beef. Teníamos la opción de escoger entre esta variedad de platos. Actualmente, estas comidas siguen siendo parte de mi menú. (Por eso, cuando los hermanos gnäbes le ofrecieron arroz con tuna a los representantes del Ejecutivo, no me extrañó y no les faltaron el respeto, les ofrecieron lo que se consume en áreas apartadas).

Actualmente, el valor de la canasta básica equivale el doble o el triple en comparación con la ciudad. Un cilindro de gas de 25 libras cuesta 14 dólares, la libra de carne 6 dólares o más, y así los demás productos de la canasta básica. Con la rebaja del combustible y el congelamiento de los productos, la situación no cambiará en estos lugares lejanos. Esta situación afecta a todos, a los comuneros y a funcionarios que no son de ese lugar, que tienen que gastar el doble. Igualmente, la situación afecta a los docentes de otras provincias que llegan a cumplir con su loable labor de instruir y educar a la niñez de áreas apartadas del país.

En el pueblo donde yo nací vivieron dos grandes caciques, Inanaginya y su sobrino Inabaginya (1830-1938). Vivieron antes y después de la separación de Panamá de Colombia. El primero fue asesinado, el segundo, siguió sus ideales de seguir exigiendo al Gobierno de ese momento para que legalizara tierras mediante una reserva indígena, una vida justa para todos en la comarca. Ambos cantaron sobre la importancia de cultivar la tierra, porque esas tierras eran importantes y que en el futuro su valor crecería. Ahora, los mensajes de estos prestigiosos caciques cobran relevancia en tiempos difíciles. Más, cuando tenemos un Gobierno que prefiere cuidar el bolsillo de los ricos, que cuidar los mejores intereses de todos sus ciudadanos.

Ojalá que en el pueblo donde yo nací y en el resto de las comunidades indígenas, quienes son los más abandonados y tomados menos en cuenta, parte del 6 por ciento del PIB destinado a la educación, las escuelas se beneficien y no sigamos contando con más escuelas ranchos y escuelas abandonadas. Grande fue la lucha de los docentes, de los indígenas, que una vez más demostraron que cuando se trata de buscar los mejores intereses del país, el ideal más sublime para el bien común está siempre por delante.

Docente, investigador y ensayista