28 de Nov de 2022

Columnistas

El síndrome del nido vacío

El mejor legado que uno deja a sus descendientes es forjarlos en valores humanos y darles buena educación académica; así quedan bien equipados para enfrentar la dureza del mundo real

Tenemos la casa vacía de niños desde hace algunas semanas. Por fortuna, como pediatras, seguimos expuestos a ellos en el hogar hospitalario. Mis maravillosos hijos están ya estudiando o trabajando en el exterior y, sin duda, nos hacen mucha falta. Aún desconozco si estarán fuera de manera transitoria o si cimentarán su destino lejos de nosotros. El mejor legado que uno deja a sus descendientes es forjarlos en valores humanos y darles buena educación académica; con estos dos ingredientes familiares, sus alforjas quedan bien equipadas para enfrentar posteriormente la dureza del mundo real. Aunque uno siempre los ayuda económicamente hasta que logren su total independencia, el dinero no les asegura ni felicidad ni éxito futuro.

Si bien las épocas han cambiado y la pareja ya no suele ser lo que era, en términos de roles predeterminados, en especial ahora que la mujer no dedica su vida exclusivamente al cuidado de los hijos y a la administración del hogar, hay un momento en el que la crisis, individual y matrimonial, puede exacerbarse: cuando los hijos se van de la casa. El llamado “síndrome del nido vacío” se refiere precisamente a esta situación. Se trata de un trastorno que fue definido por primera vez en los años 70 por la psicoterapeuta neoyorquina Rose Oliver, quien se refirió al mismo como la “reestructuración de una relación”, específicamente la de la madre con sus niños cuando ella deja de cumplir con su rol maternal de crianza, un papel atávico del que no ha sido tan sencillo desprenderse.

El hombre, por su parte, que también con el tiempo ha empezado a despojarse del corsé tradicional de mero proveedor y se ha involucrado en alguna medida con las tareas domésticas, experimenta quizás el cambio con inferior impacto emocional, con menos manifestaciones sindrómicas, aunque existe mucha variabilidad en los sentimientos de cada progenitor en particular. Algunos sienten un vacío que genera tristeza, ansiedad, aburrimiento, insomnio o molestias somáticas; otros se alegran por la superación académica de los retoños; otros por la emancipación parental que otorga madurez a los muchachos; otros por el alivio que esto significa desde una perspectiva económica; y otros porque ahora tienen tiempo para renovar la vida conyugal y organizar planes turísticos, actividades deportivas, recreativas o artísticas, o incluso iniciar alguna carrera que había quedado como asignatura pendiente.

Los síntomas, por lo general, se presentan después de una o pocas semanas. En circunstancias habituales no debería durar más de seis meses, puesto que este es un período suficiente para acomodarse a la nueva forma de vida. Si se prolonga por más tiempo, la ayuda psicológica podría ser indispensable para superar el síndrome. Se debe reconocer que los hijos deben independizarse, pues se trata de un proceso biológico normal en la vida. Enfocarse en la pareja también puede ayudar a superar el vacío. Actualmente, mantener comunicación frecuente con los hijos a través de medios electrónicos se ha tornado mucho más fácil que antes y esta cercanía virtual también ayuda a aliviar los sentimientos de nostalgia.

A toda esta gama de sensaciones, se suma el desgaste que puede haber tenido la relación después de décadas o la presencia de conflictos preexistentes, talvez camuflados o amortiguados por “el bien de la familia”. Pero mientras las faenas laborales sigan intensas y los momentos compartidos se reduzcan a algunas horas al día y a los fines de semana, la crisis ocasionada por el nido vacío puede ser manejable. La cosa se pone difícil en el período de vacaciones, cuando la relación funciona a tiempo completo y son solo dos, como al principio, pero quizá con más deudas sentimentales y menos planes a futuro. Hay que gestionar bien las emociones cuando los hijos se van de casa, temporal o indefinidamente. Se puede entender como un proceso de duelo, donde hay que aceptar una ausencia y readaptarse a una nueva dinámica familiar. Como en cualquier duelo, si no se procesa adecuadamente podrían emanar trastornos en la salud mental.

Cabe destacar que este síndrome suele ser más común y deja un mayor vacío en hogares monoparentales o en familias con padres muy dominantes, porque, muchas veces, se hace de esas crianzas un proyecto de vida y cuando los hijos se van se pierde ese instinto de pertenencia y toca implementar una súbita modificación de metas e ilusiones. El vacío existencial porque los hijos abandonan la casa se suele producir más en padres que no han compaginado el cuidado de la prole con otras áreas de su vida, como la pareja, el trabajo, las amistades y los pasatiempos. La mayor preocupación de los padres inseguros es el temor a que sus retoños tengan dificultades para amoldarse y progresar lejos de ellos. De allí la importancia de educarlos en principios éticos y fomentar su autoestima para solventar cualquier desafío con suficiencia. No tengo ninguna duda de que los nuestros triunfarán por sí solos. Cabe recordar que “aunque las ramas de un árbol crecen en diferentes direcciones, sus raíces siguen siendo las mismas”…

Médico e investigador