26 de Nov de 2022

Columnistas

La riqueza de un libro: negocios virreinales

¿Cuál era la ruta atlántica y del Pacífico de los libros virreinales? ¿qué era lo que se leía con tanta avidez en los territorios del virreinato peruano del cual fue parte Panamá hasta 1737? A juicio de los historiadores del s.XXI estas y otras preguntas son necesarias para acercarse desde una perspectiva antropológica a la mentalidad -e idiosincrasia- de los habitantes de las urbes virreinales

“La intervención de Diego Correa [perulero y comprador de libros por encargo] facilitó la exportación [desde Sevilla] de 2,341 ejemplares que alcanzaron un total de 859,248 maravedíes, con un valor medio de 10,8 reales por ejemplar. Es un volumen de exportación considerable, que nos da una idea aproximada del potencial de carga que podía llevar un mercader de la Carrera de Indias en 1605” (Rueda, 2014).

Una constatación como la expuesta dio paso a que surgiesen varias preguntas entre los entendidos ¿cuál era la ruta atlántica y del Pacífico de los libros virreinales? ¿qué era lo que se leía con tanta avidez en los territorios del virreinato peruano del cual fue parte Panamá hasta 1737? ¿si el flujo de libros mermaba, qué soluciones encontraban los mercaderes y libreros limeños para atender a su clientela? ¿los nuevos libros generaron el nacimiento de creaciones literarias autóctonas? ¿se trataba de libros en castellano o los había también en lengua vernacular local? ¿el mercadeo de libros estaba acompañado del comercio de instrumentos y piezas de imprenta? ¿se toleraba una producción local -americana- de copistas o ésta era clandestina? ¿Qué papel jugaba la llamada “literatura de cordel”? A juicio de los historiadores del s.XXI estas y otras preguntas son necesarias para acercarse desde una perspectiva antropológica a la mentalidad -e idiosincrasia- de los habitantes de las urbes virreinales.

Márquez (2010) indica que las rutas de los siglos XVI y XVII son conocidas a través de diversos derroteros y descripciones de viajeros. La travesía del Atlántico se hacía en fardos encerados para evitar que el papel y los libros se mojasen. Los puertos de Nombre de Dios o Portobelo (en Panamá) eran escalas y resultaba necesario descargar los bultos, llevarlos a Panamá, embarcarlos de nuevo y llevarlos al puerto del Callao. Los transportistas del istmo cobraban por el acarreo el 5% del valor de la carga. “En este trasiego comercial los mercaderes panameños jugaron un papel clave” (Rueda, 2014) destacando la figura de Juan de la Fuente Almonte. Algunos de los libros que llegaban en la flota de galeones se quedaban en Panamá, el istmeño Andrés Navarro los compraba y los vendía en el interior del territorio. Un caso similar es el del librero y editor alcalaíno Juan de Sarria (1605) que remitió 61 cajas que debía recibir en Panamá su hijo Juan, de los cuales ocho fardos se quedaron en el istmo. Dado que algunos libros llegaban mojados a Lima y era necesario reponerlos -porque ya habían sido pagados- se recurrió con frecuencia a los copistas y a las imprentas locales para reemplazar las páginas más dañadas. Ello generó un efecto colateral, la industria limeña de la encuadernación.

Kinkead (1984) señala que los libros eran pagados al contado por los peruleros, lo que les aseguraba precios moderados o bajos, así como un ritmo constante de “exportaciones”; por su parte, la plata peruana garantizaba liquidez a los libreros de Sevilla, Medina del Campo o Alcalá de Henares que, a su vez, financiaban nuevas creaciones.

Producto de sus investigaciones, Infantes (2010), Rueda (2010) y Pérez Gonzales (2013) sostienen que, inicialmente, la preferencia del público virreinal sudamericano se inclinó por las obras de entretenimiento (comedias, teatro no dramático), las novelas de caballería -que estaban prohibidas-y los poemas épicos. En 1594, el perulero Miguel de Ochoa despachó una carga de libros por la suma de 30 mil pesos ensayados con obras de Petrarca, Jerónimo de Contreras (aventuras), Vernaldo del Carpio, Francisco de Aldana, entre otras. En 1598, el perulero Juan González Moya repite casi el mismo patrón con una carga por valor de 19 mil pesos ensayados. El cambio de tendencia ocurre llegado el 1600. En los 488 libros destinados a Potosí por el mercader Alonso Reluz, se verifican muchos ejemplares de Amadis de Grecia (versión lisboeta del Amadis de Gauda), La Celestina y 192 devocionarios de Fray Luis de Granada. El mercader Juan López de Mendoza, por la misma época, envía lotes de libros por valor de 49 mil pesos ensayados mientras que el perulero Lope de Munibe remite a Domingo de Garo en Lima un lote por valor de 39 mil pesos ensayados, donde los libros de Fray Luis de Granada y Gaspar Astete se instalan entre las preferencias religiosas de los lectores virreinales. Entre 1610 y 1620 hay predilección por las obras de Lope de Vega, de Cervantes y las comedias de Francisco Agustín Tárrega. Acontece, nuevamente, un cambio de dirección, se pierde el interés por las novelas de caballería y por las de autores renacentistas. En opinión de Rueda (2014), “el clima crítico del estamento eclesiástico en contra de lecturas literarias banales” solo provocó que el interés del lector se desplazase hacia las cuartillas sueltas o menudencias impresas, la “literatura de cordel”, de fácil colocación por su menor valor. De otro lado, por las mismas décadas, la labor evangelizadora de la Iglesia impulsó la publicación de catecismos en lengua castellana y quechua.

La crisis del comercio trasatlántico generó un punto de inflexión para los comerciantes peruleros que serán reemplazados por mercaderes quiteños, el abastecimiento de libros disminuye considerablemente aun cuando en 1618 el encumbramiento del libro vivirá un breve auge (por ejemplo, el librero madrileño Antonio de Toro remitió libros por valor de más de 11 mil reales) para decaer nuevamente hasta 1643 en que Lázaro Colmenero devuelve la prosperidad a este comercio. 

Durante esas dos décadas de pausa con la Metrópli, la industria limeña de la encuadernación y de la copia creció grandemente convirtiéndose en abastecedora intra e intervirreinal de libros reeditados, así como de libros de factura ‘nacional’. Tendencia que se mantendrá en el s. XVIII y que explica la clandestinidad de los libros de la Ilustración gala. Las condiciones materiales del mercado del libro en el Perú dieciocheno estaban dadas para que bastase contar con un solo texto con las nuevas ideas francesas para tener luego cientos de reproducciones circulando en todas direcciones.