• 19/02/2023 00:00

Decodificando valores: Los riesgos de la IA

“La solución es una regulación enforzada por un Gobierno balanceado y ético [...]”

Hace poco, Google anunció el lanzamiento de su plataforma de inteligencia artificial (IA) BARD, presionada por el avance de la compañía americana sin fines de lucro Open AI, que ya ha lanzado las plataformas Dall-e y ChatGPT. Estemos claros, IA no es tanto inteligencia, sino la síntesis de “big data” (una gran cantidad de información) catalogada e indexada por órdenes (algoritmos diseñados por humanos), para proporcionar un “output” (resultado) que pueda ser entendido de forma fácil y natural, como una conversación, o, en el caso de Dall-e, como una imagen.

Toda tecnología puede usarse para bien como para mal, aun cuando sus creadores consideraron un propósito positivo. La dinamita se inventó para facilitar la minería, la energía atómica para crear electricidad y el internet para mejorar la comunicación y transmisión de información. Pero estas tecnologías han traído consigo también extrema destrucción, agrietando avances sociales como aquellos de las revoluciones del siglo 18: libertad, igualdad y fraternidad. Ya somos testigos de cómo plataformas como Twitter y Facebook influyen en elecciones democráticas y cómo han traído una polarización que, de no ser regulada, podrá llevarnos a una tercera guerra mundial. Así la pregunta que debe preocuparnos es ¿cómo podemos evitar que el AI sea usado para mal?

Ya en 1942 el escritor de ciencia ficción Issac Asimov designó las tres leyes de robótica. Pero las leyes que necesitamos ya todavía no han sido definidas y que tienen que ver con el control y la acumulación del “big data” y los algoritmos que ya hoy influyen a qué contenidos nos exponemos (como en Facebook, Netflix) y hasta con quién salimos en un “date” (Tinder, i.e.). Pronto relegaremos decisiones aún más críticas sobre nuestras vidas, como qué profesión estudiar o con quién casarnos. Es posible que decisiones sociales y políticas críticas, como los impuestos a cobrar, la tasa de interés o una invasión militar sean consultadas con la IA.

Esta “consulta” trae consigo riesgos, pues dependemos de quién controla las respuestas y a quién le afecta, aún sin intención. Ya ocurrió que programas de reconocimiento facial (basados en IA), los cuales ayudan a atrapar a delincuentes, “denigraban” a personas de piel oscura, como descubrió el grupo liderado por Buolamwini en un laboratorio en MIT en 2018. Esta “discriminación” no se debió a un prejuicio digital innato, sino a las limitaciones en información y análisis de sus programadores, quienes “alimentaron” el sistema con mayor data de personas con piel clara. Así, es posible la IA traiga consigo la promoción de valores negativos como el racismo, las diferencias sociales y hasta traer una inequidad tan grande que puedan causar una revolución del grupo oprimido.

Si la IA no se diseña de forma transparente, accesible y sin prejuicios, la polarización aumentará y con ella la inequidad. Otro riesgo son las ocupaciones que se perderán. Ya consideramos los taxistas tienen sus días contados con el vehículo autónomo, pero también periodistas, y hasta médicos, poco a poco perderán relevancia. Y entonces, ¿qué harán?

Pero el mayor peligro es que corporaciones capitalistas o Gobiernos ricos puedan manipular a su población o aún peor, la de sus enemigos. Así como Facebook analiza nuestros intereses y a partir de esto nos promociona servicios (según quién les pague), debemos instar a nuestros Gobiernos a regular de forma balanceada su control sobre la data que almacenan y analizan sobre nosotros, permitiéndonos borrarla de así quererlo.

La solución es una regulación enforzada por un Gobierno balanceado y ético, así como lo establecieron los fundadores de los Estados Unidos hace 250 años, quienes, entendiendo la naturaleza humana adicta al poder, diseñaron un sistema político de balances en el que ningún grupo, ya sea el Legislativo, Ejecutivo o Judicial, tenga control absoluto. Ya hoy países “democráticos”, que no cuentan con este balance, son autocráticos con graves consecuencias.

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