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- 30/03/2026 00:00
Estudiosos y protectores de los primates neotropicales
La historia de la primatología neotropical no es la de unos pocos nombres en revistas de alto impacto ni la de grandes instituciones con presupuestos millonarios. Es, ante todo, una historia de pasión, resistencia y conexión profunda con los bosques. Una narrativa que evolucionó desde la curiosidad del explorador extranjero hasta el liderazgo inquebrantable de comunidades locales en Latinoamérica. Esta línea de tiempo no pretende ser exhaustiva, sería injusto intentar nombrar a los cientos de guardaparques, universidades, técnicos de campo, líderes indígenas y estudiantes y organizaciones que trabajan silenciosamente, pero sí busca reconocer a quienes, desde la ciencia, la política y la acción directa, han forjado el camino hacia una primatología con rostro y raíces latinoamericanas.
Todo comenzó en los años treinta cuando Clarence Ray Carpenter viajó a la Isla Barro Colorado y luego a las selvas de tierras bajas de Chiriquí en Panamá para estudiar monos aulladores y monos araña colorados en libertad, rompiendo con la tradición de laboratorio y enseñándonos a mirar el comportamiento social en las copas de los árboles. Décadas después, Philip Hershkovitz dio orden taxonómica al continente y demostró que sin una clasificación correcta la conservación es ciega. En la Amazonía peruana, John Terborgh reveló la complejidad de las interacciones ecológicas y cómo la fragmentación amenaza la supervivencia a largo plazo. Martin Moynihan, desde el Smithsonian, convirtió a Panamá en un epicentro de investigación, tendió puentes entre la ciencia norteamericana y la emergente comunidad latinoamericana y fue pionero en el estudio del comportamiento social y comunicativo complejo de primates tropicales.
Con el paso de los años la conciencia global se hizo sentir. Russell Mittermeier puso a los primates en el mapa internacional con la noción de “Hotspots” de biodiversidad, mientras Anthony Rylands, desde la UICN, transformó datos dispersos en política pública a través de rigurosas evaluaciones de la Lista Roja. En Brasil, Adelmar Coimbra-Filho demostró que la ciencia debía tener voz política para salvar a los titíes león en un Bosque Atlántico devorado por el azúcar y el café. Era la época de reconocer que el tiempo se agotaba y que la investigación debía convertirse en acción de conservación.
A partir de los noventa, Latinoamérica tomó la batuta y la primatología se transformó en conservación integral. Alejandro Estrada y Rosamond Coates-Estrada mostraron la resiliencia de los aulladores en paisajes fragmentados de México, mientras Linda Fedigan y Gustavo Gutiérrez-Espeleta elevaron el estándar en Costa Rica. En Colombia, Thomas Defler y una nueva generación consolidaron una escuela robusta, y en Brasil Karen Strier probó el poder del seguimiento a largo plazo con el muriqui. En Ecuador, Perú y Bolivia, nuevas voces conectaron ciencia con educación y comunidades, y en Venezuela, pese a la crisis, se mantuvo viva la llama del conocimiento. La investigación ya no era solo académica, se convertía en herramienta para la defensa de territorios y ecosistemas.
La nueva ola trajo consigo la conservación comunitaria y el liderazgo local. Noga y Sam Shanee en Perú marcaron un cambio de paradigma al demostrar que la conservación surge desde las bases. En Panamá, Proyecto Primates Panamá articuló ciencia, comunicación y fiscalización ambiental, visibilizando custodios locales como John Michael Garbis (QEPD) en Punta Burica. Las mujeres, desde Karen Strier hasta Ximena Vélez-Liendo, Stella de la Torre y Kathia Guerra, han liderado la batalla contra el tráfico ilegal y la investigación de campo, enfrentando barreras culturales y logísticas. La primatología se convirtió en un movimiento social que defiende tanto a los primates como a los hábitats que los sostienen.
Detrás de cada nombre reconocido existen cientos de guardianes invisibles. Son los guardaparques que arriesgan su vida frente a la tala ilegal, los técnicos que recorren senderos bajo la lluvia, las comunidades indígenas que protegen sus territorios entendiendo que el mono es un hermano y los funcionarios que sostienen sistemas con recursos escasos. En Colombia, comunidades afrodescendientes del Pacífico conservan al aullador en sus territorios colectivos; en Brasil, los quilombolas comparten sus bosques con el muriqui; en México, los ejidatarios protegen los últimos fragmentos de selva. Ellos son los verdaderos actores que defienden primates y hábitat neotropicales. La conservación real ocurre in situ y la llevan adelante las comunidades. Un ejemplo inspirador es Cirilo Lezcano, pionero comunitario de Península de Burica que, por iniciativa propia, construyó un puente mono para salvar a los primates de su región.
La historia comenzó con pioneros que abrieron caminos metodológicos, continuó con evaluadores que definieron la urgencia, se fortaleció con escuelas nacionales y hoy se nutre de un movimiento diverso donde científicos, comunidades y activistas confluyen. Marzo, Mes de los Primates Neotropicales, no se celebra con fiestas, se reflexiona con acciones concretas, cuadernos en las escuelas, cámaras trampa en el campo, decretos municipales y conversaciones incómodas en las ciudades. En cada fragmento de bosque que resiste, en cada aullador que canta al amanecer, en cada comunidad que protege antes que talar, está presente este legado. La pregunta no es si lograremos salvar a los primates neotropicales, sino si estaremos a la altura de quienes nos precedieron. Ellos ya hicieron su parte. La nuestra apenas comienza.
Por un planeta para todos, sigamos comprometidos con la protección de los primates y hábitat y la conservación de toda la naturaleza de la cual todos dependemos.