El jugador panameño analiza el séptimo lugar de Panamá en el Mundial de Flag Football y detalla el proceso clasificatorio hacia Los Ángeles 2028
Nadie en Panamá lo llama por su nombre. Le decimos Rubén Blades, dos palabras cómodas que caben en un titular, así como en una distraída conversa. Su nombre, sin embargo, es más largo. La mitad que omitimos no es un adorno ni un capricho registral; es la parte que heredó de su madre, la que lo ata a una historia concreta, de gente concreta.
Podría parecer una minucia. No lo es. Este país tiene una destreza singular para quedarse con la porción manejable de las cosas y descartar el resto. Con los nombres lo hace por comodidad. Con las deudas lo hace por conveniencia. Y con este hombre lleva medio siglo haciendo ambas. De eso quiero hablar. No de música, porque no soy musicólogo. Tampoco de biografía, porque su vida está suficientemente documentada. Quiero hablar del honor, del agradecimiento así como del reconocimiento, que son tres cosas distintas y que este país confunde con frecuencia cuando no las omite del todo.
El honor obliga; no es un sentimiento, es un deber. Quien recibe queda constituido en deudor y la deuda, no pagada, se acumula como vergüenza. Reconocer en vida es un acto de hidalguía. Exige aceptar que otro nos ha dado algo que no supimos darnos, así como admitirlo mientras esa persona todavía puede escucharlo. Postergar esa admisión hasta el funeral no es prudencia ni sobriedad, sino cobardía administrativa. El homenaje póstumo tiene la ventaja de que no obliga a mirar a los ojos a quien se exalta.
No es culto a la personalidad, pues este exagera al vivo para dominar al pueblo. El reconocimiento hace lo contrario: fija en la memoria colectiva aquello que las generaciones futuras deben saber que ocurrió, que fue nuestro y que valió. Un país que no señala a los suyos condena a sus hijos a creer que aquí nunca pasó nada. Blades es un trovador contemporáneo, un bardo en el sentido antiguo del oficio: el que cuenta a la tribu quién es la tribu. Puso en sus letras el ser latino completo, con sus avideces y sus alegrías, con sus esperanzas, sus deberes, así como sus imperfecciones. No embelleció al pueblo ni lo caricaturizó. Lo escribió.
Ocurrió entonces algo que ningún ministerio planificó: ese repertorio, hecho de esquinas, de barrios, de personajes que cualquiera de nosotros ha visto pasar, se convirtió en bandera de una nación que ya no es la istmeña sino la latinoamericana. De Buenos Aires a Nueva York se canta a Panamá sin saberlo. Es la exportación cultural más eficaz de nuestra historia y no costó un centavo del erario.
Permítaseme un solo apunte sobre su obra, sin ánimo de convertirlo en el eje de estas líneas. La producción «Antecedente», de 1988, con la cual obtendría el Grammy en 1989, es un álbum cuyas piezas están dedicadas a Panamá así como a sus vivencias, sin perjuicio de que el conglomerado latinoamericano lo hiciera suyo por su altísima calidad musical y bailable. Aquello fue, en rigor, una biografía emocional del panameño. Pues bien: aquí, comparativamente, no se supo. No sería hasta diez años más tarde cuando ese disco pasó de ser un lanzamiento discográfico en el extranjero a convertirse en pieza central de la identidad nacional. Diez años. Y de toda esa producción, la única pieza que arraigó tempranamente entre nosotros fue «Patria», que vino como anillo al dedo para la entrega del Canal. Lo demás esperó. Lo demás siempre espera.
Predicó con el ejemplo y con su cuota de sacrificio. Papa Egoró sembró ilusiones en una generación entera de panameños. Siempre sostuve que el proyecto se defenestró, no por la derrota electoral y su honroso tercer lugar, sino porque se trataba de una propuesta de mediano y largo plazo, que demandaba el sacrificio total de su carrera, con presencia permanente en el país como eje inspirador del movimiento. No lo entendió a tiempo, mas con humildad lo aceptaría después, en cierto modo. Pocos hombres públicos han reconocido abiertamente el error propio con esa limpieza. Recordamos también su paso como Ministro de Estado. Salió con las manos limpias, lo que en Panamá es una anomalía estadística. Ponderar el contexto de su participación en aquel gobierno no es materia de estas reflexiones.
¿Por qué entonces la tibieza? Porque ha jugado en su contra la maledicencia de intereses económicos que, en su perversa venalidad, anulan conciencias de manera directa o indirecta. Porque honrarlo con la envergadura que corresponde obligaría a admitir la denuncia que sus versos contienen. La forma indirecta de anular resulta la más eficaz, ya que no exige que nadie imparta la orden: basta con el silencio bien distribuido, el comentario al margen y la duda sembrada en la sobremesa correcta. El hombre que cantó «Plástico» a quienes viven de la apariencia no podía esperar que esos mismos lo coronaran. Hay además una mezquindad más honda, que no responde a interés alguno. Es la incapacidad de reconocer el valor intrínseco de un ser humano que, con sus defectos y virtudes, constituye parte del folclore así como de la cultura nacional por la vía de su arte. Reconocer al otro obliga a medirse con él. Y esa medición, para muchos, resulta insoportable.
Que nadie alegue falta de herramientas. La condecoración Vasco Núñez de Balboa fue creada precisamente para distinguir a panameños insignes en las ciencias, las artes así como las letras. La Belisario Porras tiene la particularidad de conferirse únicamente a ciudadanos panameños. El Estado dispone de un mecanismo diseñado con exactitud para esta hipótesis; hasta donde pude indagar, jamás se las ha conferido. Ni una sola condecoración nacional. Tampoco sé si alguna vez le fue ofrecida y quizás la haya declinado; ese no es el punto. La heredad que entrega ya no le pertenece: es patrimonio de un pueblo, de modo que a ese pueblo le toca rendir los testimonios que se imponen.
Entonces no falta el instrumento. Falta la voluntad. Y la ausencia de voluntad, cuando el instrumento existe y el mérito es notorio, ya no se llama omisión: se llama miseria. Él no necesita esas condecoraciones; somos nosotros quienes, por vergüenza, necesitamos otorgárselas. A sus setenta y ocho años anunció que 2027 será su último año de giras. Después piensa radicarse en Panamá de manera permanente. Volverá a la esquina de la que nunca dejó de escribir. ¿A qué espera el país para agradecerle, como nación y en un homenaje de Estado: a que se muera?
Todavía estamos a tiempo de rendirle tributo con la solemnidad que corresponde, en vez de hacerlo en el obituario. A tiempo de que un Presidente le imponga una condecoración con el país entero mirando. Y a tiempo, también, de llamarlo por fin como se llama: Rubén Blades Bellido de Luna. Completo. Mientras esté aquí para oírlo.